Desperdicio

Por: 
Miguel Gómez Martínez
09 de Agosto 2018
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El abandono del campo es resultado de una serie de falacias que se han fortalecido en Colombia desde los años 30.
Con 1’142.000 kilómetros cuadrados de superficie terrestre, Colombia dispone, mal contadas, de 114 millones e hectáreas. Los ministerios de Agricultura y de Medio Ambiente han, recientemente, definido la frontera agrícola del país.

Luego de eliminar los parques naturales, los bosques naturales, páramos, santuarios de fauna y flora, zonas de manglares y otras exclusiones, quedan 40 millones de hectáreas para el uso productivo, lo que representa 35 por ciento del total terrestre de Colombia. Si vemos las cifras de la Encuesta Nacional Agropecuaria (2014-2015), publicada por el Dane, cuyos datos no deben haberse modificado de forma sustancial, el 80 por ciento (32 millones de hectáreas) de esas tierras están destinadas al uso pecuario, 8 por ciento (3,2 millones de hectáreas) al sector agrícola, incluidos los cultivos, y 10 por ciento (4 millones de hectáreas) a bosques productivos.

Esta distribución es la mejor radiografía de la crisis del campo en Colombia. Utilizamos la tierra para alimentar al ganado, en lugar de producir bienes agrícolas cuya demanda crece a nivel mundial, siguiendo la dinámica demográfica expansiva.

En 32 millones de hectáreas tenemos algo más de 20 millones de cabezas de ganado (1,6 cabezas por hectárea en promedio). Nuestro modelo actual de ganadería de pastoreo es el producto de nuestra historia económica. Desde la Colonia, la abundancia de tierra implicó que su uso productivo no fuese caracterizado por el principio de productividad. La ganadería extensiva era lógica en un modelo en el cual la tierra sobraba y estaba en permanente proceso de expansión.

De los 3,2 millones de hectáreas dedicadas a la agricultura, un millón están destinadas a cultivos transitorios o barbecho y 2 millones a cultivos permanentes. De las siembras transitorias, el 58 por ciento es maíz y papa. De los permanentes, los más relevantes son el café y el plátano. En este país tropical, solo 100 mil hectáreas están destinadas a frutales.

Prisioneros del discurso ideológico centrado en la injusta distribución de la tenencia, hemos fomentado un modelo agropecuario caracterizado por un inmenso despilfarro del recurso. En el acuerdo en La Habana se formalizó que el Estado debe promover una agricultura de minifundio campesino, centrada en el modelo de ‘pancoger’. Es la mejor forma de garantizar que los campesinos seguirán siendo pobres y cada día menos productivos. ¿Sobre ese principio de baja productividad y tecnología es que, supuestamente, vamos a construir una nación en paz?

Los problemas del campo colombiano están centrados en la ausencia de paquetes tecnológicos adecuados para los cultivos de nuestras 54 regiones naturales. El mayor obstáculo para el campesino es la carencia de infraestructura para sacar sus productos de forma eficiente a los mercados.

Al agricultor lo castiga la manipulación de los precios de las mafias de las centrales de abasto, reflejo de la ausencia de verdaderas estructuras de comercialización. La pobreza del campo es la ausencia de suficientes distritos de riego, la inadecuación del crédito a las características de cada cultivo y la falta de capacidad asociativa para poder generar economías de escala.

El abandono del campo es el resultado de una serie de falacias que se han fortalecido en Colombia desde los años 30 del siglo pasado, y que nos llevaron a décadas de políticas erróneas, centradas en sucesivos fracasos de las reformas agrarias.

Miguel Gómez Martínez. Asesor económico y empresarial. migomahu@hotmail.com

 
Publicado en Portafolio. Agosto 7 de 2018