El mensaje de Francisco: pastoral y político

Por: 
José Félix Lafaurie
08 de Septiembre 2017
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A pesar de los comunicados de El Vaticano sobre el carácter pastoral de la visita del papa Francisco a Colombia, el presidente Santos no tuvo recato en disimular sus intenciones de “politizarla”, tratando de convertirla en bendición al Acuerdo Final con las Farc. Para ello no dudó en volver por sus fueros de columnista en El Tiempo, y hasta se resignó al espacio que le dieron en esa página trasera, a donde mandan a los que no caben en las icónicas páginas centrales de opinión.
Su columna es equívoca desde las primeras palabras, en las que persiste en identificar el Acuerdo Final como “de paz”, la misma estrategia engañosa del plebiscito, para afirmar luego que gracias a su firma el Papa nos honró con su visita.
 
Tampoco tuvo  problema en usar el nombre de Francisco para hacerle propaganda a sus programas de gobierno, ni en afirmar que el Papa encuentra un país lleno de esperanza, cuando los colombianos estamos derrumbados por el monstruo invasivo de la corrupción, por un estado que nos saca plata del bolsillo y por una situación de violencia por cuenta de los herederos de las Farc y de bandidos de toda laya, en inmensos territorios de narcotráfico a donde el gobierno prometió llegar y no llegó, y de donde las Farc dizque se fueron, pero no su control político y social, como tampoco se fueron la pobreza y el abandono.
 
El mensaje de Francisco es el de un pastor a sus ovejas –qué duda cabe– y así lo demuestra la acogida emocionada y profundamente espiritual de millones de fieles que alimentan su fe con sus palabras y con su sola presencia.
 
Pero es también un mensaje con inevitable efecto político, por cuenta de su inmensa capacidad de influencia sobre las comunidades humanas –la polis– alrededor del mundo. A lo que se referían las advertencias vaticanas era a que no se “politizara”, a que no se manipulara “politiqueramente” su mensaje, algo en lo que son expertos nuestros “políticos”, y de lo cual la columna del presidente es pieza magistral.
 
Como era de esperarse, el Papa habló de paz y reconciliación, y exaltó los esfuerzos por alcanzarlas, pero no se dejó acorralar en el apoyo al Acuerdo con las Farc. En la plaza de Armas pidió “no decaer en el esfuerzo de construir la unidad de la nación”, reconociendo  que hay “diferencias y distintos enfoques sobre la manera de lograr la convivencia” y que, por tanto, es necesario poner empeño “en reconocer al otro, en sanar heridas y construir puentes…”; un mensaje que debería hacer suyo el presidente, porque  “dar el primer paso” es empezar por respetar esas diferencias, por “reconocer al otro” y no satanizar como “enemigo de la paz” a todo aquel que piense diferente, como lo sufrimos en carne propia en Fedegán.
 
Allí mismo, ante las instancias del poder, pidió “leyes justas” que ayuden a superar los conflictos” y les recordó que “No es la ley del más fuerte, sino la fuerza de la ley, la que es aprobada por todos, la que rige la convivencia pacífica”. 
 
Y claro, en el país primer productor mundial de cocaína, Francisco advirtió, con particular crudeza, que “Una sociedad que se ve seducida por el narcotráfico se arrastra a sí misma en esa metástasis moral que mercantiliza el infierno”. Contundente.
 
Si el presidente quería reencaucharse con la visita papal, no lo logró. Si Francisco  buscaba calar en la conciencia de los colombianos, sí lo logró, con un hermoso mensaje pastoral y con un claro mensaje político.