Esclavo de sus palabras

Por: 
José Félix Lafaurie
17 de Marzo 2017
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Por su pertinencia, recojo la seguidilla de análisis de un columnista de El Tiempo en 1996, a raíz del Proceso 8.000 y la crisis de gobernabilidad del presidente Samper.
Por su pertinencia, recojo la seguidilla de análisis de un columnista de El Tiempo en 1996, a raíz del Proceso 8.000 y la crisis de gobernabilidad del presidente Samper.
 
El 1º de marzo escribía: “El problema de fondo, el que realmente afecta su capacidad para gobernar, es que perdió la credibilidad. Cualquier cosa importante que proponga el Gobierno, (…), será interpretada como una nueva cortina de humo u otro burdo intento de comprar apoyo político”.
 
Ese columnista era Juan Manuel Santos, que hoy no firmaría ese escrito, pues uno de sus muchos “problemas” es también la pérdida de credibilidad por la financiación de sus campañas de 2010 y 2014, al punto que la pregunta de moda en noticieros y redes es: ¿le cree a Santos: SÍ o NO? Hoy también la falta de credibilidad afecta su capacidad para gobernar, mientras su Unidad Nacional se desbarata con el trasteo de las lealtades prestadas –enmermeladas– hacia los mejores postores para 2018. Hoy también, cualquier cosa que proponga será interpretada como cortina de humo.
 
Los resultados de colaboración judicial de los países afectados por Odebrecht, anunciados para el 1º de junio, dirán si los USD400 mil dólares y los 150 mil de Interbolsa en 2010, son apenas la punta del iceberg de lo sucedido en 2014. Mientras tanto, un país fracturado en lo político por un Gobierno que desoyó la voluntad popular, en lo económico por el manejo improvidente de una bonanza y los onerosos compromisos del posconflicto, y en lo moral por la corrupción rampante, se enfrentará en 2018 a más de lo mismo, o a un timonazo hacia la recuperación de la credibilidad en sus instituciones, con la Presidencia a la cabeza.
 
Si no hay credibilidad no hay capacidad de convocatoria, y con la de convocar se pierde también la de gobernar. Por eso sonó desesperado el trino presidencial del 14 de marzo: ¡Convoco a los líderes del país  a una cruzada por Colombia!, poco después del video en que aceptó el “elefantito” de USD400 mil.
 
El país no le creyó que se acabara de enterar, y aún si le creyera, reclama la responsabilidad política que Santos le exigía a Samper el 22 de marzo de 1996: “La responsabilidad política de todo lo que sucedió en la campaña es una cosa. Otra son las responsabilidades jurídicas. Todo se ha concentrado sobre lo segundo, y todo el mundo se ha lavado las manos frente a lo primero, que es lo fundamental”.
 
Fue enconada su campaña por la dignidad de la presidencia y la falta de gobernabilidad. El  26 de enero, su columna –“Grandeza”– fue una emotiva carta  que culminó con una admonición con tufillo golpista: “Sea leal con su patria (…): retírese con grandeza y recibirá el reconocimiento de los colombianos y de la historia”.
 
El 2 de febrero insistió: “La salida del presidente Samper no es, ni mucho menos, la solución a la profunda crisis que envolvió al país. Es apenas una condición necesaria…”.
 
El 16 de febrero le restregó a Samper sus declaraciones de 1986 contra Betancurt: “Aquí pensamos que la palabra renunciar es censurable manifestación de debilidad y que la fortaleza de un gobierno, con el sol a las espaldas, se mide por su capacidad para cohabitar con el desprestigio y los errores de sus funcionarios sin caerse. Cuando lo cierto es que si un gobierno debe apelar a estos procedimientos para no caerse, no debe extralimitarse en su esfuerzo: ya está caído”.
 
Contundente. Hoy Santos cohabita con el desprestigio, y no solo es esclavo de su realidad sino de sus palabras.