Sensibles expectativas del mercado lechero

Por: 
Oscar Cubillos Pedraza
11 de Julio 2018
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Colombia podría verse muy afectando al iniciar 2019 cuando se renuevan los contingentes de importación de leche y sus derivados. Es urgente diseñar programas de consumo y exportación entre los eslabones de la cadena de valor y el sector público para evitar la ruina del sector.
En los últimos meses el sector lechero colombiano había tenido un relativo respiro pues el precio internacional de la leche en polvo entera se mantenía estable –superior a los USD3.200 por tonelada, lo que desincentivó algo su importación–. Sin embargo las condiciones externas parecen estar cambiando desde el segundo semestre del año, por lo cual Colombia podría verse muy afectada al iniciar 2019 cuando se renuevan los contingentes de importación.
 
En efecto, desde noviembre de 2016 la cotización de los tres principales exportadores y formadores de precio –Oceanía, Estados Unidos y la Unión Europea– se mantuvo por encima de USD3.000 por tonelada, al menos en el mercado de la leche entera. Tan poca atractiva ha resultado su importación en los últimos meses que los comercializadores colombianos optaron por traer leche descremada, siempre de menor precio.
 
Sin embargo, llama la atención la caída en la cotización de leche en polvo entera en la última subasta para Fonterra, que pasó de USD3.189, a mediados de junio de 2018, a USD2.905 por tonelada al iniciar julio. Una baja de 9%, y no diferente a la tonelada de descremada que pasó de USD2.003 a USD 1.913 en el mismo período.
 
Pero más preocupación resulta el comportamiento del mercado de futuros. Hasta enero de 2019 se observa igualmente una tendencia a la baja, tanto en leche en polvo entera como en descremada, alcanzando los USD2.839 en la primera y USD1.902 en la segunda, esto durante el segundo semestre de 2018.
 
Lamentablemente la expectativa es que los precios internacionales bajen, motivados por el crecimiento en la producción mundial de leche, superior al 2%.
 
A lo anterior se suma la presión para que el precio internacional del petróleo baje, lo que automáticamente incidiría en la capacidad de compra de los países que dependen de rentas petroleras, afectando la demanda de leche y, por tanto su precio.
 
Si al panorama internacional le agregamos la variable climática nacional –caracterizada en lo corrido del año por lluvias por encima de lo normal que han favorecido el incremento de producción de leche que seguramente superará los 7.094 millones de litros registrados en 2017– y la posición del gobierno de negociar al sector lechero en un TLC con Australia y Nueva Zelanda, el panorama de precios para el productor será bastante sensible en los próximos meses.
 
De hecho, ya empiezan a circular notificaciones de empresas lácteas colombianas anunciando que las bonificaciones voluntarias pagadas al productor se reducirán, o que se dejará de acopiar leche en diferentes días de la semana.
 
La solución la conocemos: mejorar el consumo interno de leche, especialmente en estratos bajos, y darle dinámica a nuestras exportaciones –que son marginales–. Empero, poco se articula la industria con la política pública para lograrlo, y las culpas siempre terminan en los mismos, el ganadero y la vaca, a pesar de ser los que hacen la tarea juiciosamente.
 
Lo que es claro es que la presión sobre el productor es cada vez más fuerte. Urgente resulta diseñar programas de consumo y exportación entre los eslabones de la cadena de valor y el sector público para evitar la ruina del sector.