El flagelo de los ataques raciales a granjeros en Sudáfrica

Por: 
AFP + CONtexto ganadero
02 de Enero 2018
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Los atracadores dieron una paliza a "Oki", antes de robar miles de rands de la caja fuerte. Él murió poco después en el hospital. Cada año, decenas de agricultores blancos mueren en Sudáfrica de forma violenta, aunque no existen estadísticas. Foto: AFP
Víctima de agresores negros, Robert "Oki" Turner, un granjero blanco de 66 años pasó a engrosar hace seis meses la larga lista de víctimas de uno de los legados envenenados del apartheid, los "asesinatos de agricultores".
 
"Lo golpearon con un gran tronco [...]. Yo escuchaba cómo se quebraban sus huesos". Debbie Turner cuenta en su residencia de ancianos la lenta agonía de su marido, a quien golpearon hasta la muerte en su granja de Sudáfrica.
 
Un cuarto de siglo después del fin del régimen segregacionista, el país vive una situación inquietante entre violencia, fracasos económicos y divisiones raciales.
 
"Hasta hace cuatro o cinco años vivíamos felices" en una granja de las montañas de Limpopo (noreste), recuerda Debbie.
 
Pero la violencia extrema de las grandes ciudades se extendió a las provincias, con atracos, tomas de rehenes y ejecuciones, a veces a cambio de botines ridículos, como un fusil de caza o un teléfono.
 
El pasado 14 de junio fue el turno de los Turner. En plena noche, unos hombres armados irrumpieron en su granja.
 
"No me violen"
 
"Me arrastraron dentro de la casa, me metieron bajo la ducha y quisieron violarme", cuenta la sexagenaria. Yo les dije: 'Tengan piedad, no me violen, tengo sida'". Los atracadores arrastraron después a "Oki" junto a ella y le dieron una paliza, antes de robar varios miles de rands de la caja fuerte.
 
Robert Turner murió poco después en el hospital.
 
Cada año, decenas de agricultores blancos mueren en Sudáfrica de forma violenta, aunque no existen estadísticas detalladas sobre estos crímenes.
 
La oenegé AfriForum, portavoz de la minoría blanca (9% de la población), ha hecho de este uno de sus combates preferidos.
 
"Sudáfrica es un país muy violento", reconoce su vicepresidente, Ernst Roets. "Pero estos ataques también tienen una causa política. Algunos dirigentes predican el odio contra los granjeros blancos y los acusan de todos los males".
 
En su mira está Julius Malema, jefe de la izquierda radical que exhorta a "hacerse con la tierra" de los blancos, o el presidente Jacob Zuma, quien en 2010 entonó el cántico revolucionario "disparen al granjero, maten al boer".
 
La agricultura sudafricana sigue controlada en gran parte por los descendientes de los colonos. Los agricultores blancos poseen 73% de las tierras, según un reciente estudio.
 
La misma condena
 
En un contexto de desempleo masivo, florecen los llamados a la "transformación radical de la economía" en beneficio de los negros.
 
"Los negros creen que les hemos robado el país", apunta el agricultor Gerhardus Harmse. "Pero somos nosotros los que lo construimos".
 
Esta posición extremista es muy activa. A finales de octubre, sus partidarios provocaron un escándalo al mostrar la antigua bandera de Sudáfrica en manifestaciones en las que los granjeros blancos reclamaban al gobierno medidas concretas de protección.
 
El ministro de la Policía, Fikile Mbalula, les negó cualquier trato de favor en un país con 52 muertos por violencia diarios, fundamentalmente negros.
 
"El asesinato de cualquier sudafricano debe condenarse de la misma forma", afirmó.
 
Los agricultores negros también sufren inseguridad, pero se niegan a unirse al combate de sus colegas blancos. "No aceptamos que algunos utilicen su estatuto de agricultores para difundir un discurso de extrema derecha", explica Vuyo Mahlati, presidente de la Asociación de Agricultores Africanos (Afasa).
 
Por sus propios medios
 
Al considerarse abandonados por el gobierno, muchos agricultores blancos garantizan su seguridad con sus propios medios, a veces patrullando por la noche armados con pistolas.
 
"Hay que protegerse [...] Queremos estar tranquilos", justifica Marli Swanepoel, de 37 años, después de comprar una granja aislada en Limpopo.
 
Otros se niegan a ceder ante el miedo. Como Hans Bergmann, atracado una mañana por hombres armados que le dispararon en el pie antes de vaciar su caja fuerte.
 
"Vinieron por el dinero [...] Todo el mundo cree que los agricultores son ricos", bromea este sexagenario. Pero "no voy a empezar a encerrarme. Así es la vida".
Debbie Turner tampoco claudicará.
 
"Estoy enojada con quienes mataron a mi marido [...] A veces quiero que los cuelguen", reconoce. También reprocha a la policía no haber detenido a los agresores.
 
Pero en recuerdo de su marido, Turner hizo una promesa: "Un día volveré a la montaña".