El despelote agrario

24 de Febrero 2014
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En Colombia a quien cuestione las políticas del Gobierno lo tildan de uribista o simpatizante del Polo. A mí me colgaron hace rato un letrero en el pecho de factible uribista por denunciar los continuos desaciertos de los ministros de agricultura de esta administración.
En Colombia a quien cuestione las políticas del Gobierno lo tildan de uribista o simpatizante del Polo. A mí me colgaron hace rato un letrero en el pecho de factible uribista por denunciar los continuos desaciertos de los ministros de agricultura de esta administración. Les quiero informar que a pesar del desprestigio de mi partido, aun me corre el azul de metileno por la sangre.
 
Lo que sucede es que el presidente de la República a veces no le deja a uno opción distinta a hacer llamados de atención. Fíjense esto por ejemplo: en menos de un mes anunció que el excodirector del Banco de la Republica, Juan José Echavarría está diseñando el modelo de competitividad de la caficultura para los próximo 20 años; que el exministro José Antonio Ocampo va a estructurar el portafolio de políticas públicas para el campo colombiano, cuyos resultados deben ser la carta de navegación para el sector (también para los próximos 20 años); que el DANE está adelantando el censo agropecuario para poder tomar las decisiones correctas en materia de política agropecuaria en los próximos 20 años y que el ministro de Agricultura Rubén Darío Lizarralde acaba de lanzar otra propuesta de revolcón institucional para incrementar el PIB, reducir la pobreza y duplicar el área sembrada en los próximos 10 años. (Columna: De 1990 a 2014, ¿un camino empedrado para el agro colombiano?)
 
Aquí entre nos, considero que todos estos anuncios son una cortina de humo para ocultar el fracaso de los tres ministros de agricultura de este Gobierno en el cumplimiento de las metas de crecimiento productivo establecidas en el Plan Nacional de Desarrollo. Así traten de maquillar la foto en instagram, la situación del agro en Colombia es de incertidumbre, ineficiencia, estancamiento y de falta de rentabilidad. La mayoría de nuestros agricultores y ganaderos están quebrados por falta de instrumentos públicos eficientes en la aplicación de tecnología, financiamiento, cobertura de riesgo y comercialización de sus producciones.
 
El ejemplo más claro de este despelote institucional es el siguiente: hace dos años le presenté al Gobierno una propuesta para el manejo del riesgo agropecuario que contenía los siguientes puntos: 1) Crear una Agencia Nacional de Seguros Agrarios como órgano de coordinación y enlace para las actividades vinculadas al seguro agrario. 2) Conceder subvenciones del 80% sobre el costo de la prima a los productores que contrataran la póliza de seguro. 3) Ofrecer coberturas multirriesgos, seguros de rendimiento e incluso seguros de ingresos. 4) Realizar una gestión ante las compañías aseguradoras para crear un consorcio bajo el sistema de COASEGURO, para gestionar todo el sistema de seguro agrario en Colombia.
 
Parece ser que la propuesta fue a parar al despacho del presidente Barack Obama, porque en la Ley de Gastos de Agricultura -que promulgó el pasado 7 de febrero- expandió el seguro federal sobre cosechas y puso fin a los pagos directos del Gobierno a granjeros. Mientras tanto nuestro ministro de Hacienda ha tenido que girar más de $2.8 billones en subsidios directos a cafeteros, paperos, lecheros, etc., para cubrir las perdidas ocasionadas por variación en el clima y fluctuación de precios de mercado. (Lea: Bienvenidos al “Pacto Electoral Agropecuario”)
 
El esquema actual de seguro agrario escasamente logró asegurar unas 60 mil hectáreas de 4 millones cosechadas en el país. De haber implementado el seguro propuesto, el Gobierno se hubiera ahorrado esos billones en y habría evitado los paros agrarios, pues quien da la cara después de contratada una póliza de seguros multirriesgo, es el sector asegurador.
 
Cuánto quisiera no volver a cuestionar las medidas del Gobierno Nacional, lamentablemente la inexperiencia de sus altos funcionarios me obligan hacerlo. Qué despelote!