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columna

¿Gobernar es decidir?

por: Miguel Gómez Martínez- 31 de Diciembre 1969

Gobernar es decidir sobre opciones, muchas veces inconvenientes. Rara vez el estadista puede escoger entre una opción impecable y una indeseable.

Gobernar es decidir sobre opciones, muchas veces inconvenientes. Rara vez el estadista puede escoger entre una opción impecable y una indeseable.   Pierre Mendès-France, primer ministro de Francia durante los años 50 del siglo pasado, definía de esa forma la labor de un gobernante. Gobernar es decidir sobre opciones, muchas veces inconvenientes. Rara vez el estadista puede escoger entre una opción impecable y una indeseable. Por lo general, tiene que decidir entre posibilidades que están lejos de ser ideales. Por ello, gobernar implica asumir el riesgo de no dejar contento a los que se verán beneficiados o perjudicados por la acción estatal.

El caso de los camioneros es un buen ejemplo. Partamos de la base de que la propuesta de los huelguistas es indeseable. Que el Gobierno determine un nivel de costos y luego controle los fletes para garantizar la utilidad de los transportadores es un esquema propio del chavismo. Solo imaginar las presiones de los camioneros y los usuarios a la hora de definir los costos y los fletes sería el escenario ideal para la politiquería y la corrupción. Solo la competencia garantiza la eficiencia.

Pero que los camioneros estén exigiendo un esquema inadecuado no quiere decir que la política de transporte de este Gobierno no sea un buen ejemplo de inconsistencia e improvisación. Los transportadores tienen razón cuando argumentan que es el Gobierno el responsable de una parte sustancial de sus costos con los impuestos incluidos en el precio del galón de gasolina, o en las tarifas de peaje. También es cierto que la política de chatarrización de camiones viejos no opera y que no hay control en las importaciones de equipos de transporte que son utilizados, en muchos casos, como mecanismos de lavado de dinero. Todo ello genera una sobreoferta de camiones que se traduce en una guerra de fletes. 

La ausencia de una política coherente se traduce en la crisis actual en la que los camioneros deciden jugar sus cartas al máximo, pues saben que el Gobierno es débil e inoperante. Han visto que, sometido a cualquier presión que afecte aún más su favorabilidad, cederá, así después, como es su tradición, no cumpla con lo acordado. 

Pero habrá ganado unos valiosos meses de cara al plebiscito por la paz, que es lo único que le importa a estas alturas del juego.

El problema del Gobierno es que no tiene resultados para mostrar en ninguna de las áreas importantes. Comercio exterior, agricultura, salud, educación, diplomacia, inversión extranjera, economía y justicia muestran resultados muy decepcionantes. El gabinete no gobierna porque el presidente tiene su cabeza en La Habana y nada de lo doméstico le interesa. No quieren molestarlo con asuntos que le aburren y además afectan su muy baja popularidad. Mientras tanto, los problemas se agravan hasta que estallan. Y lo peor es que esta actitud tiende a empeorar. Una vez se firme la paz y se gane el plebiscito, Santos no volverá a mirar al país y se dedicará a contar los días que le quedan.

En la Casa de Nariño han decidido que el mejor Gobierno consiste en no tomar decisiones y manejar los problemas reales apunta de titulares manipulados. De aquello del buen Gobierno no queda sino una fundación de aplausos y el recuerdo distante de un político que dijo, durante años, que dejaría un punto alto como gobernante eficaz y transparente.