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columna

Silencio en la noche

por: Fernando Londoño- 31 de Diciembre 1969

Alguien dijo que la guerra era una cosa demasiado seria para dejarla en manos de los generales.

Alguien dijo que la guerra era una cosa demasiado seria para dejarla en manos de los generales. Esa ironía no juega para los más grandes de la Historia, que al tiempo fueron inmensos políticos, grandes pensadores, colosales hombres de Estado. Ni para Temístocles o Alcibíades, ni para Alejandro Magno, ni para César, ni para Octavio Augusto, ni para Carlomagno, ni para Napoleón o Bolívar, o Churchill o De Gaulle, juegan estos viejos decires.

Pero es que hay momentos en que los generales piensan que lo hacen mejor callados, lo que obliga a suponer que no tienen nada por decir. En otras palabras, que son malos soldados.

Algo así es lo que no hoy nos pasa. En estas horas amargas, cómo y cuánto echamos de menos la voz de un Álvaro Valencia Tovar, o de Fernando Landazábal

Reyes, o de Harold Bedoya Pizarro o Jorge Enrique Mora Rangel. Nos sentimos huérfanos de mando, abandonados a nuestra suerte, perdidos en la noche más oscura.

Los generales Rodríguez y Lasprilla andan convencidos de que su primer deber es el silencio, y que las cosas de la guerra deben quedar en manos de sus jefes, Juanpa y Pinzón. Pues piensan muy mal. A Santos nadie le cree, como acaba de demostrarlo la última encuesta de Yanhaas, y a Pinzón se le pudiera creer todo, menos lo que concierne a la batalla misma, a la situación de las tropas, a la perspectiva de la guerra. Rodríguez y Lasprilla nos tienen abandonados, y así nos sentimos. Y nos parece que con su silencio abandonan el primero y fundamental de sus deberes.

Venimos de derrota en derrota, de paliza en paliza. La muerte de los policías en Córdoba, 3 reveses sucesivos y dramáticos en Arauca, oleoductos que vuelan por doquier, el Huila extorsionado y extorsionado el Caquetá, perdido el Pacífico –hasta la Isla de Gorgona-, dominado el Putumayo y ahora, para colmo, secuestrado un general, es apenas una corta revista a esta cadena de tragedias militares. Y los generales en silencio, y encendidas las voces  de cuantos opinan que eso nos pasa por no hacer las paces con Timochenko. Lo que equivale a decir que si no queremos más derrotas debemos entregarnos al enemigo.

En el caso del General Alzate, hay una cuestión insoslayable, decisiva, capital. El país reclama saber si ese gran general estaba cumpliendo órdenes superiores, o asumiendo un riesgo calculado en una operación de inteligencia o simplemente cometiendo una idiotez. Rodríguez y Lasprilla lo saben. Tienen que saberlo. Y su silencio hiere como un acero toledano. Las vidas de los grandes capitanes de la Historia no se siguen por sus correrías y sus luchas, sus triunfos o sus derrotas. Se siguen y se escriben por sus discursos y proclamas, por sus gestos de magnanimidad en las victorias, por sus palabras solemnes a la hora de las dificultades, sus llamados a la fe, cuando todos la han perdido.

Cuánto nos duele este silencio en las horas más duras que hemos atravesado en muchos años. Cómo duele y cuánto desconcierta. Porque es la comprobación de que no hay voz de mando, no hay liderazgo, no hay seguridad en lo que se hace ni firmeza para soportar las tragedias.

Seguramente que a Rodríguez y a Lasprilla les han ordenado que callen. Pero su silencio es desconcertante, catastrófico, intolerable. Y si sienten imposible el cumplimiento de su deber más sagrado, les recordamos que no es imposible su renuncia.