Las épocas de lluvia y verano, que durante décadas guiaron la producción agropecuaria, han dejado de ser predecibles, obligando a productores y ganaderos a replantear sus sistemas productivos.
Durante generaciones, los agricultores colombianos aprendieron a sembrar siguiendo un calendario casi exacto. Las lluvias marcaban el inicio de los cultivos y las épocas secas definían las cosechas.
Sin embargo, esa lógica climática que parecía inalterable comenzó a romperse y hoy el sector agropecuario enfrenta una realidad distinta: los ciclos productivos ya no son tan previsibles.
Así lo explicó Sergio Mejía Kerguelen, ingeniero agrónomo con maestría y doctorado en mejoramiento genético, quien trabajó durante 31 años como investigador de la Corporación colombiana de investigación agropecuaria (Agrosavia), y los últimos cinco como director regional.
Según indicó, las fechas tradicionales de siembra estaban estrechamente ligadas a los periodos históricos de lluvias.
“Históricamente en cada región del país se tenían épocas de siembra muy definidas, que normalmente coincidían con el inicio de las lluvias. En la región Caribe, por ejemplo, los cultivos de maíz, yuca, ñame y fríjol comenzaban a sembrarse entre finales de abril y mediados de mayo porque era cuando iniciaba la temporada lluviosa”, señaló.
Clima cada vez más impredecible
El especialista aseguró que la variabilidad climática y el cambio climático modificaron drásticamente esos patrones que antes parecían estables. Lo que antes era una época seca hoy puede convertirse en semanas de lluvias intensas, mientras que periodos históricamente húmedos pueden pasar varios días sin precipitaciones.
“Venimos desde hace varios años con un fenómeno de variabilidad climática que ha cambiado las épocas establecidas de lluvia y de sequía. Lo vimos recientemente con los excesos de agua que afectaron gran parte del país y que en Córdoba dejaron una tragedia que todavía estamos viviendo”, dijo.
Mejía explicó que, en contraste con otros años, la región Caribe prácticamente no tuvo verano prolongado. Aunque esto favoreció parcialmente a la ganadería por una mayor disponibilidad de forraje, también generó incertidumbre para los agricultores que dependen de condiciones más estables para sembrar.
“Hoy existe mucha incertidumbre porque llueve unos días y luego pasan 15 días sin llover. El productor no sabe si arriesgarse a sembrar o esperar. Esa irregularidad es la que más afecta la toma de decisiones en el campo”, aseguró.
Los cultivos más vulnerables son los llamados transitorios o de ciclo corto, entre ellos, maíz, sorgo, fríjol, yuca, batata y ñame. Muchos de ellos son fundamentales para la seguridad alimentaria de pequeños productores rurales.
Adaptarse, la nueva prioridad
Frente a este panorama, el investigador sostuvo que el sector agropecuario tendrá que enfocarse cada vez más en estrategias de adaptación. Entre ellas destacó la construcción de reservorios de agua, sistemas de riego suplementario y prácticas que permitan conservar la humedad del suelo.
“Tenemos que empezar a pensar en cosechar el agua que cae. El problema es que muchas veces llueve y el agua se pierde porque los suelos están compactados o descubiertos. Eso genera escorrentías, erosión y lavado del suelo”, explicó.
También advirtió que algunas prácticas agrícolas y ganaderas han empeorado el problema, especialmente el uso inadecuado de maquinaria y el deterioro físico de los suelos.
“Uno de los mayores problemas es que el agua no infiltra como debería. Tenemos suelos sellados por el mal uso de la ganadería y por el manejo inadecuado de maquinaria agrícola. Por eso vemos crecientes tan rápidas y pérdida de suelo fértil”, afirmó.
Para Mejía, la adaptación también implica transformar los modelos productivos tradicionales. Aseguró que hoy es indispensable integrar árboles en los sistemas ganaderos, utilizar coberturas vegetales y apostar por materiales genéticos más resistentes al calor y a la escasez o exceso de agua.
“No se concibe una ganadería en el trópico bajo donde el árbol no sea un actor fundamental. Los sistemas silvopastoriles ayudan a bajar temperaturas, conservar humedad y mejorar las condiciones productivas”, indicó.
Regreso al pasado climático, poco probable
Consultado sobre la posibilidad de que el clima vuelva a comportarse como hace décadas, Mejía fue claro en que difícilmente se recuperará esa estabilidad que conocieron generaciones anteriores.
“Los abuelos sabían exactamente cuándo sembrar, cuándo cosechar y cuándo llegaba el veranillo de San Juan. Yo creo que esa regulación tan estricta será muy difícil que vuelva, sobre todo en las zonas tropicales donde la variabilidad es cada vez mayor”, sostuvo.
El investigador explicó que el país enfrenta no solo alteraciones en las lluvias, sino también temperaturas extremas que afectan tanto a cultivos como a animales.
“Estamos pasando de periodos de lluvias intensas a épocas de calor extremo. Eso obliga a buscar variedades y genotipos, tanto vegetales como animales, mucho más adaptados a estas nuevas condiciones”, señaló.
Finalmente, ante la posibilidad de un fuerte fenómeno de El Niño en los próximos meses, insistió en la necesidad de prepararse desde ahora con almacenamiento de agua, sistemas de conservación de suelos y materiales adaptados.
“Pequeñas acciones como implementar coberturas, usar abonos verdes, asociar cultivos y conservar residuos vegetales pueden hacer la diferencia entre tener una buena o una mala producción”, concluyó.



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