Alejandro Galvis Ramírez

Por: 
Columnista invitado
19 de Enero 2021
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La sociedad santandereana, el sector empresarial y el periodismo colombiano, registran con sentimiento de enorme pesar la muerte de uno de los líderes más importantes que ha tenido el Departamento de Santander: Alejandro Galvis Ramírez. Un hombre nacido para la acción, que desde su temprana existencia supo entender la misión de su vida, para la cual se preparó y trabajó con esmero y dedicación admirables.

Por: Eduardo Durán Gómez

 

Hizo sus estudios secundarios en el colegio Santander, el único que lo recibió, pues la confrontación política de entonces, que tenía hondas repercusiones en todas las actividades posibles, le impidió acceder a cualquier otra institución educativa, dadas las profundas raíces liberales de su padre, Alejandro Galvis Galvis, que le significaron el rechazo de un sistema educativo a cargo de una mayoría confesional católica. De allí se trasladó a la universidad de Los Andes, en donde se graduó de economista, emprendiendo enseguida viaje a los Estados Unidos en donde se especializó en gerencia de diarios en la Universidad de Chicago e hizo una Maestría en Administración de Empresas en la Universidad de Michigan.

 

A su regreso a Bucaramanga, fue llamado para trabajar en el Banco de Bogotá y allí hizo sus primeras prácticas profesionales, que cumplió muy a gusto, pues era el trajinar sobre todo lo que había aprendido en sus ciclos de estudio.

 

Pero aquí fue cuando comenzaron sus profundas meditaciones sobre lo que sería el futuro, cuando contemplaba que su padre, el destacado político liberal Alejandro Galvis Galvis, ya entraba en años, presentándose la circunstancia de que a su inmenso prestigio político, de renombre en todos los escenarios de la vida nacional, como parlamentario, ministro, embajador, dirigente del partido, periodista, se unía una constante demanda de su accionar en todos esos altos círculos, mientras que la empresa periodística que había fundado en 1919, llamada en esos inicios La Vanguardia Liberal, requería de atención, ya que sus gastos superaban los ingresos, para lo cual tenían que llamar todos los meses a Galvis Galvis, para que aportara de su sueldo como parlamentario, los faltantes monetarios de la empresa.

 

'Cuco', como lo llamaron siempre sus allegados, pensó que al ser el hombre mayor de la familia, tenía un compromiso de velar por la empresa familiar y no vaciló en proponerle a su padre su vinculación a Vanguardia Liberal, para aplicar allí todos los conocimientos adquiridos en la universidad, y de paso dar una lucha por la supervivencia del periódico, que constituía la esencia para la reafirmación de la lucha política de su padre, pero que debía estar llamado para que fuera también un apoyo económico para la familia. Vanguardia debía seguir siendo un instrumento ideológico de los principios liberales, pero a su vez, era necesario que pudiera convertirse en una empresa con todas las formalidades, que soportara la modernización y también los planes de expansión futura. Además, pensó que, si era posible robustecer económicamente el periódico, esta situación le permitiría sostener con mayor éxito los embates políticos y podría de esta manera resguardar su independencia como medio de información.        

 

Mucho trabajo le costó convencer a su padre de la idea, pues él lo veía demasiado joven para un emprendimiento como ese, y además consideraba que quien manejara el periódico, debía ser también versado en los asuntos políticos, a los cuales “Cuco no les paraba bolas”. Finalmente accedió, y tal vez en esa decisión tuvo mucho que ver Alicia Ramírez de Galvis, su madre, a quien le había tocado vincularse al periódico, haciendo de todo, para tratar de sortear la difícil situación económica que lo asistía, y veía que, al tener a su hijo al lado, iba a significar un apoyo inmejorable en todas las actividades del diario quehacer.

 

Cuál sería su sorpresa, cuando apenas había transcurrido un par de meses, su padre lo llamó para decirle que tal vez no podía continuar su trabajo y que además no podía pagarle el sueldo que le había señalado, porque las utilidades de que le había hablado no se habían registrado. Mucho tuvo que ingeniárselas para lograr convencerlo de que el proyecto no podía ser a corto plazo, pues era imposible, pero que después de un tiempo prudencial, las cosas iban a cambiar. Le dijo además que él por ahora no requería del sueldo y que si quería se lo podía bajar. Cuando Alejandro Galvis Ramírez me contó esta historia, se le desgranaron las lágrimas de sus grandes ojos azules. “Pobre mi papá; en medio de todas las responsabilidades que tenía con el partido Liberal, con el Congreso de la República y con su familia, pensaba que la empresa periodística podría fracasar en las manos de su propio hijo”, me dijo entonces.

 

Terminó aceptando un plazo prudencial y desde entonces entendió que tenía que trabajar el doble para alcanzar objetivos en un menor tiempo. Su carácter se impuso, al igual que largas jornadas de trabajo, que comenzaban temprano en la mañana y solo terminaban en la madrugada. Ese esfuerzo lo convirtió en una constante durante toda su vida, a tal punto que solo se iba del periódico a la madrugada, cuando podía llevar el diario impreso en sus manos.

 

Ese hombre imponente, de 1,90 de estatura, tez blanca, cabellos rubios y grandes ojos azules, que cambiaba con facilidad de una enorme sonrisa a un rostro rígido y certero, fue el gran impulsor del diario, que supo diseñar a cabalidad su futuro y proyectarlo como una de las empresas periodísticas más importantes de Colombia.

 

Allí forjó su recio carácter, aprendiendo a salir casi de la nada, para abordar enormes retos y sacarlos adelante, materializando objetivos constantes de crecimiento. A la hora de pensar, parecía una máquina: sus ideas fluían con una enorme facilidad y su expresión parecía un volcán en erupción. Sacaba papeles, escribía, hacía dibujos y gráficos, y sobre una hoja aparte colocaba con impecable letra todas las conclusiones, poniendo en frente el nombre de los responsables y los tiempos de cada encargo.

 

Decía que la mejor hora para trabajar era cuando todos estaban durmiendo y no había teléfono ni citas para atender gente. En ese horario nocturno, despachaba todos los papeles y notas que Zorayda Uribe de D’Silva, su asistente y fiel servidora durante más de 50 años, le dejaba sobre el escritorio, en perfecto orden, con todas las anotaciones de rigor.

 

Al otro día, Zorayda recogía el enorme cerro de papeles, cada uno con sus indicaciones claramente escritas, que eran distribuidos en todos los departamentos del periódico. Cuando me correspondió ocupar la dirección del diario, al llegar en la mañana, encontraba el cúmulo de papeles con las debidas instrucciones; además, el periódico del día anterior lleno de subrayados y sugerencias sobre redacción, sobre ampliación de temas, sobre ideas para hacer entrevistas, reportajes y editoriales, o sobre metidas de pata de algún periodista.

 

Siempre me preguntaba con asombro, de dónde le salía tanta energía para soportar ese ritmo de trabajo y para poder atender tantas cosas al mismo tiempo. Al lado derecho de su escritorio colocaba una libreta en donde anotaba todo lo que se le iba ocurriendo, mientras hablaba con alguien de manera presencial o por teléfono, y esos apuntes después los repasaba con extrema meticulosidad y de ahí salían todos los demás papeles que remitía a los destinatarios.

 

Un motor de transformación

 

A Alejandro Galvis le correspondió todo el tránsito a la modernidad del periódico: pasar del linotipo a las modernas máquinas de impresión, adquirir los sofisticados sistemas de transmisión de datos, de fotografía, de fotocomposición, de armada electrónica, etc.

 

Me contaba que cuando llegó al periódico, se encontró con que casi todos los periodistas eran bohemios y le tocó ponerse a investigar cuáles eran los sitios que ellos frecuentaban para tomar, a donde los mandaba llamar, caída la tarde, con un fuerte requerimiento, para que trabajaran los materiales de redacción y no retrasar la impresión.

 

Ahí fue cuando pensó en la forma de apoyar un programa de formación de periodistas, no solo para profesionalizar la profesión, sino para que hubiera suficiente oferta, a la hora de contratación de personal especializado. Pensó en la Universidad Autónoma de Bucaramanga, UNAB, universidad que su padre había ayudado a fundar, y habló con Alfonso Gómez Gómez y Armando Puyana, para proponer la idea y ofrecerse a impulsar el proyecto, con la suerte de que su padre, Alejandro Galvis Galvis, fue galardonado por esos días con el premio a la Vida y Obra de un Periodista, por el acreditado concurso de periodismo Simón Bolívar. Galvis Galvis no vaciló en donar la importante suma de dinero del premio, para apoyar la iniciación del programa de periodismo. Así nació la primera facultad de comunicación social de la región.

 

También consideró que, siendo economista, estaba en la obligación de promover una facultad de esa especialidad en Bucaramanga, donde no existía, y le vendió la idea a la Universidad de Santo Tomás, la cual aceptó, con la condición de que él fuera su primer decano y además su profesor; reto que asumió con decidido entusiasmo.

 

Y así, como estos proyectos enunciados, fue también el motor de muchos otros. Siempre consideró que el periódico, además de un medio informativo, tenía que constituirse en un motor para impulsar el desarrollo regional. Vivía pendiente de proyectos empresariales, así como de la construcción de infraestructura para la región. Desde las páginas de Vanguardia de diseñaron muchas campañas para alcanzar proyectos, y él mismo terminaba llamando a los altos funcionarios para demandar atención para la región: “Nos tienen jodidos, sin inversión”, solía decir.

 

En muchas oportunidades le fueron ofrecidos cargos públicos: para ser ministro, embajador o gobernador, pero siempre rechazó esas nominaciones. Me correspondió ser testigo de excepción cuando el presidente Gaviria le ofreció una cartera ministerial, que de plano rechazó. Su pariente Virgilio Barco había hecho lo propio, y lo mismo le había contestado. A Gaviria, a renglón seguido de la oferta, le solicitó que no fuera a dejar a Santander sin representación. Gaviria le dijo que tenía una lista de posibles, y se la leyó; Alejandro enseguida le anotó “ese muchacho Luis Fernando Ramírez me gusta mucho, y ese fue el ministro.

 

Sus profundas meditaciones sobre desarrollo empresarial, lo llevaron a fundar una empresa de impresiones y publicaciones, cuya dirección le entregó a su esposa Clara Inés Blanco de Galvis, 'Clarita', compañera de todas estas luchas, que siempre estaba ahí presente en esas grandes decisiones que tomaba. Clarita asumió la responsabilidad en labores que alternaba también con la acertada dirección del suplemento literario del periódico, que se publicaba todos los domingos.

 

Promotor de una región

 

Alejandro Galvis Ramírez también desarrolló su pasión por la ganadería. Creó y dirigió la empresa El Madrigal, la cual le ha aportado un desarrollo muy importante a las diferentes razas bobinas, especialmente el Pardo Suizo, cuyos ejemplares han ido a acrecentar la raza en diversas regiones del país y han sido galardonados en las mejores ferias.

 

Participó activamente en el desarrollo de la Corporación Financiera de Santander, y desde allí apoyó el desarrollo empresarial de la región, propiciando capitales de trabajo que estimularan las más diversas iniciativas del empresariado.

 

Fue motor también de muchas asociaciones como Prosantander, en la cual se reunieron los santandereanos más notables, al lado de personajes como Carlos Ardila Lülle, Abdón Espinosa Valderrama, Jaime García Parra, Armando Puyana, Cecilia Reyes de León, entre otros, y comenzaron a impulsar en el alto gobierno los proyectos de infraestructura más importantes para la región, como la represa del Sogamoso, la transformación de la refinería de Barrancabermeja, la conexión vial con el puerto Petrolero, la Ruta del Sol, la vía a Cúcuta, la ampliación del acueducto de Bucaramanga, la reestructuración del aeropuerto de Palonegro, el Instituto del Petróleo, entre otras.

 

Perteneció durante muchos años a la junta directiva de Ecopetrol, en donde aprendió a conocer el sector energético del país, y desde allí fue el principal defensor de los intereses del Oriente Colombiano en materia de hidrocarburos.

 

Muchos reconocimientos le hicieron en las más altas esferas: el presidente Gaviria le otorgó la Cruz de Boyacá, el ministerio de Desarrollo Económico, la Orden al Mérito Industrial; el ministerio de Agricultura, la Orden al Mérito Ganadero; la Sociedad Interamericana de prensa, la Gobernación de Santander su máxima distinción y muchas entidades a nivel regional, nacional e internacional.

 

Pero su gran pasión fue el periódico, y tal vez por eso nunca se dejó separar de ese fundamental objetivo. En la Vanguardia se leía todos los textos, hasta los clasificados, lo cual lo habilitaba para opinar sobre cualquier situación que fuera publicada. A veces llegaba al medio día a mi oficina de la dirección del periódico y me decía “vengo de donde Zorayda; camine me acompaña a talleres a hablar con Rafael Valderrama, Roberto Franco y Leonor Santamaría, y mientras tanto que Isolina Ballesteros, la contadora, suba y me espere. Ellos constituían el referente fundamental y la columna vertebral del periódico, y el que menos llevaba allí trabajando podía contar ya 40 años, como quiera que habían sido contratados por el propio Galvis Galvis.

 

La admiración por su padre era infinita, y frente a cualquier decisión fundamental meditaba siempre en cómo hubiera pensado Alejandro Galvis Galvis, a quien le reconocía no solo su enorme talento, sino la capacidad de acción en todas las actividades que realizó, hasta convertirse en uno de los jefes históricos del Partido Liberal. A su madre, Alicia Ramírez de Galvis, también le guardaba un respeto muy apreciable por toda la influencia que había tenido en su formación: mujer de un gran carácter que, sumado a su belleza sin par, sabía atraer un sentimiento que cautivaba a primera vista, y con su inteligencia supo desenvolverse entre de los más altos círculos sociales y políticos, donde se le guardaba especial admiración.

           

 

Dentro de su círculo familiar, era consciente de su papel como el responsable de la empresa que a todos congregaba: Virgilio lo apoyó en varias oportunidades en labores específicas, pero su pasión fue la medicina y a eso se dedicó con marcado éxito hasta llegar a ser el ministro del ramo y motor de la renombrada clínica FOSCAL. A Silvia la vinculó después de sus estudios de Ciencia Política en la Universidad de Los Andes, para que fundara el departamento de Investigación del periódico. En él desarrolló una admirable labor de reconocimiento nacional, y a partir del atentado terrorista contra las instalaciones, asumió la dirección del periódico; junto con su hermano les correspondió emprender una labor de muy delicadas responsabilidades, frente a las difíciles circunstancias por las que atravesaba el país. Sus otras dos hermanas: Tina y Hortensia, siempre lo apoyaron en todas las iniciativas que logró encaminar.

 

Una valentía insuperable

 

Toda la pasión que experimentó por la empresa periodística, llevó a Alejandro Galvis Ramírez a auscultar otros proyectos en otras regiones del país: Se convirtió en el socio mayoritario de El Universal de Cartagena, de La Tarde de Pereira, del Liberal de Popayán, del Nuevo Día de Ibagué. También fue cofundador de la Agencia Nacional de Noticias Colprensa y presidió la Asociación Nacional de Diarios, Andiarios. Sin duda logró consolidarse como uno de los empresarios más importantes del país en el área periodística, en todos los tiempos.

 

En una oportunidad me comentaba Abdón Espinosa: “Qué sería de Santander, si pudiéramos tener unos cinco personajes de la talla de Alejandro Galvis. Tal vez estuviéramos a la par de Antioquia y seríamos imbatibles”.

 

Pero en medio de todo ese trasegar empresarial, le correspondió afrontar enormes dificultades: la aparición del fenómeno del narcotráfico significó a su vez una constante amenaza para la prensa, a la que querían acallar a cualquier precio. Vino el asesinato de periodistas como Guillermo Cano, director de El Espectador, y Vanguardia no fue ajena a esa terrible agresión. Sin embargo, la directriz de Alejandro Galvis fue siempre la misma “tenemos que resistir” y de esta manera el periódico fue declarado objetivo por parte del narcotráfico y de sus aliados, y el 16 de octubre de 1989, cuando apenas los primeros rayos de luz descubrían los velos del nuevo día, un carrobomba, con 80 kilos de explosivos, derribó toda la edificación del periódico. Alejandro llegó a la sede de Vanguardia de inmediato, y lleno de asombro, desconcierto y estupor ante el desgarrador escenario de ver convertida la edificación en montañas de escombros, dijo con la mirada altiva y el puño firme “Seguimos adelante” y en ese mismo instante comenzó a diseñar todo el operativo para que el periódico pudiera salir al otro día, gracias a que la rotativa se encontraba ubicada en un alejado sitio del fondo de la edificación. Al día siguiente, por entre las montañas de ruinas, salían los operarios con el periódico al hombro, para iniciar la distribución.

 

Ese era Alejandro Galvis Ramírez: nada lo aminoraba, nada lo detenía, nada lo limitaba. Parecía que desde lo más profundo de la entraña de su cuerpo, saliera una corriente de energía que todo lo transformaba. Además de una particular inteligencia, tenía un coraje y una valentía insuperables. Su condición de líder era innata; a donde llegaba siempre tomaba la iniciativa, siempre era el primero en esbozar ideas, el primero también en aunar y comprometer voluntades; la capacidad de convocatoria era insuperable, y tal vez por eso, ante las dificultades, solo veía oportunidades para resurgir.

 

El legado a las nuevas generaciones

 

Vinieron los tiempos de la sucesión; ya su sobrino Sebastián Hiller Galvis había ejercido con dedicación y acierto la dirección del periódico. Inicialmente su hijo Ernesto, de asombroso parecido físico al padre, y con un gran talento, fue llamado a ocupar la gerencia del diario, pero desafortunadamente, al poco tiempo, el destino jugó una mala pasada, y Ernesto perdió la vida en un absurdo accidente de tránsito. Un golpe demasiado grande para Alejandro, Clarita y toda la familia. Vino entonces su hijo Alejandro Galvis Blanco, 'Alex', quien hoy es el orientador y continuador de ese inmenso legado que con tanto talento su abuelo y su padre lograron construir. Él lleva ese reto en sus hombros y con un alto grado de compromiso defiende el legado de su abuelo y de su padre.

 

A Alejandro Galvis Ramírez lo caracterizó siempre la franqueza en su expresión. Decía las cosas tal como las pensaba y nunca reparaba en quién podía llegar a incomodarse; la convicción de sus expresiones lo llevaba a hablar sin tapujos, sin ataduras y sin eufemismos.

 

Pero, así como poseía un carácter recio e imponente, también lo asistía una simpatía especial que sabía expresar con su familia, con sus amigos, con sus funcionarios allegados. En esos escenarios era capaz de exhibir no solo afabilidad, sino también ternura. Llegaba uno a veces a pensar que no podía recibir un afecto tan especial como el que él sabía expresar. En una oportunidad me invitó a comer a su oficina. Después de dos horas de amena conversación, me preguntó por mi labor al frente de la gerencia regional del Banco Popular, a la cual le referí mi complacencia por lo que estaba haciendo. Él sonrió, levantó una copa de vino y me dijo: “Eso deje de joder allá y véngase y me ayuda a dirigir el periódico, que yo sé que a usted le gusta más esto que lo que está haciendo”. Al otro día me volvió a llamar, y al tercer día la alianza estaba sellada.

 

Allí estuve 10 años junto a él, y aprendí a conocerlo en su real dimensión. Antes había estado cuatro años ayudándole a Silvia, periodo en el cual trabajamos también al lado del Alejandro Galvis Galvis, y desde entonces nació una sólida amistad con toda la familia, en donde la vida me dio la oportunidad de apreciar y admirar a este hombre sobresaliente que hoy ha partido definitivamente, pero que ha sabido pasar con creces a la lista de los inmortales; por todo lo que representa su inmenso legado, la influencia de su portentosa personalidad y el alcance de su formidable obra. Los grandes hombres se miden por el tamaño y el impacto de sus acciones, y realmente el legado que nos deja Alejandro Galvis no tiene parangón en la historia reciente de nuestra región.

 

El departamento de Santander pierde a uno de sus grandes hijos; su familia a un miembro insuperable, y sus amigos, a un ejemplo de vida, el cual pudimos disfrutar en toda la esencia de su formidable espíritu.