El clamor por la igualdad

Por: 
Jorge Humberto Botero
25 de Febrero 2020
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En el mundo entero se protesta contra la desigualdad. No es claro cómo y hasta dónde combatirla.

En 1774 se efectuó una convocatoria pública en Francia para que se respondiera esta pregunta: “¿Cuál es el origen de la desigualdad entre los hombres, y si es respaldada por la ley natural?”.

 

Jean Jacques Rousseau llegó a la conclusión de que en el llamado “estado de naturaleza”, reinaba la igualdad entre los seres humanos, pero que esa condición originaria se había perdido en el proceso de socialización. O, como suele decirse, que el hombre primitivo era un “buen salvaje” al que la sociedad corrompe.

 

Caben tres comentarios; (i) que como ya desde Platón y Aristóteles los filósofos se habían ocupado de la justicia, la preocupación por la desigualdad es asunto de perenne reflexión; (ii) que la hipótesis de que los hombres en un estadio primitivo fuimos seres aislados, carece, a la luz del conocimiento científico actual, de sustento; siempre hemos sido animales sociales; (iii) y que como la realidad observada desde siempre es la desigualdad, hay que aceptar que somos por naturaleza -y no por pacto social alguno- desiguales.

 

La Constitución establece tres principios. El primero: Todos somos iguales ante la ley. No puede haber diferencia de trato, por ejemplo, para mujeres, homosexuales, indígenas o venezolanos. El segundo postula que es preciso mitigar las desigualdades extremas, o en el punto de llegada, que son las que gravitan sobre ciertas personas o grupos que “se encuentren en circunstancia de debilidad manifiesta”. Bajo esta categoría son legítimos los programas sociales de transferencias directas, en dinero o en especie, para sectores pobres. Es lo que se ha venido haciendo. Mientras en 2008 la pobreza afectaba al 42 % de los hogares, en el 2017 había descendido al 26.9%. Más de siete millones de personas salieron de pobres en ese lapso. Este resultado proviene, tanto de buenas políticas, tales como Colombia Mayor y Familias en Acción, como de un crecimiento económico que, durante un buen número de años, estuvo por encima del 4% anual.

 

La tercera regla constitucional es más compleja: “El Estado promoverá las condiciones para que la igualdad sea real y efectiva y adoptará medidas en favor de grupos discriminados o marginados”.

 

¿Querrá decir la primera de estas dos oraciones que la distribución del ingreso y la riqueza debe ser igualitaria? No, por cierto. Si esa fuera la lectura correcta, es evidente que la segunda regla carecería de sentido: ¿para qué actuar en pro de sectores desfavorecidos si el mandato fuera, a raja tabla, garantizar las mismas condiciones económicas para todos? Por lo tanto, la acción de las autoridades debe estar encaminada a mitigar la desigualdad. Esto nos lleva del Derecho a la política en búsqueda de una noción elusiva: la justicia social.

 

En efecto: la pobreza que muchos padecen es un mal absoluto, ¿lo será también la riqueza de la que bastantes menos disfrutan? Al respecto cabe afirmar que si el paradigma fuera una nivelación radical de las condiciones económicas, desaparecerían los estímulos para esforzarnos en ser más productivos. Por este motivo el sistema soviético colapsó estruendosamente en 1989; no redujo la pobreza que, al generalizarse, condujo a un resultado paradójico: una notable igualdad.

 

China aprendió la lección y adoptó, con éxito enorme, un híbrido que nadie pudo anticipar: dirigismo estatal y economía de mercado. De otro lado, si fuere menester garantizar esa igualdad aritmética, las restricciones en la libertad, que es un valor esencial, tendrían que ser enormes. La contracara del sistema instaurado en Rusia por Lenin y Stalin fueron los asesinatos y deportaciones masivas.

 

Otra dimensión interesante del tema consiste en que el desarrollo económico que desde fines del siglo XVIII la revolución industrial y el capitalismo hicieron posible, es la fuente, de manera simultánea, tanto de la reducción de la pobreza como del aumento de la desigualdad. El crecimiento exponencial de China y la India explica que entre 1980 y 2010 la pobreza en el mundo se haya eliminado para 800 millones de personas, cifra que equivale a reducir el problema a la mitad, aunque el costo ha sido una desigualdad creciente.

 

De lo anterior se desprende que es preciso diseñar estrategias que reduzcan la pobreza aunque nos queda una cuestión pendiente: ¿es deseable, en sí misma, una política redistributiva de riqueza e ingreso? La respuesta es sí dentro de ciertos límites imposibles de determinar a priori.

 

La razón deriva de que excesos de concentración tienen efectos políticos y económicos negativos: la concentración del poder en los ricos; y la restricción del crecimiento por déficit de consumo como consecuencia de que estos tienden a ahorrar una porción mayor de su ingreso que los pobres. De ahí que el paradigma adecuado sea reducir la pobreza y, al mismo tiempo, garantizar la equidad social; es decir, una menor desigualdad.

 

El alcance preciso de esta fórmula debe ser establecido en los procesos propios de la democracia representativa. En algunos países (pero no en los Estados Unidos) ha sido posible conciliar crecimiento y acotamiento de la desigualdad. De ahí la importancia de seguir, hasta donde sea posible, programas sociales tales como los adoptados por Noruega, Suecia o Dinamarca, entre otros.

 

Armado con este arsenal teórico intenté hacer pedagogía con un grupo de personas que practican un ritual interesante: caminar juntas por las calles cantando melodías simples que repiten sin cansarse. Me ignoraron olímpicamente. Abordé luego un grupo que imagino muy sensible a los riesgos del coronavirus pues sus integrantes marchaban con el rostro cubierto; me sorprendió igualmente constatar que deben ser aficionados a la mineralogía. Lo digo porque cargaban en sus mochilas enormes cantidades de piedras. Me miraron de manera intimidante. Por último, me acerqué a unos señores que, por alguna razón, consideran que las vías públicas, que antes fueron para transitar, se han convertido en parqueaderos. Me fue aún peor. Ser pedagogo -hube de concluir- es muy complicado.