Fundamentalismo democrático

Por: 
Luis León
22 de Noviembre 2020
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Que nadie se lleve a engaño con el título y se olvide de la más mínima tentación de pensar que este artículo y todos sus razonamientos tienen la más remota intención de cuestionar…

… la Democracia como la forma de organización del Estado más cercana y menos imperfecta de todos los valores de libertad, derechos humanos, igualdad, tolerancia y paz social que los hombres nos hemos dado.

 

La única pregunta que soportaría la pertinencia es si la sacralización de la Democracia no esconde una luz verde y daltónica que permite que en su nombre se estén mimetizando las prácticas más antidemocráticas y cuestionables en el juego político.

 

En términos semánticos podríamos preguntarnos si la vieja RDA (República Democrática alemana) o la República Democrática del Congo podrían pasar los mínimos requisitos para merecer tal denominación o que Cuba se pueda autoreferenciar como una socialdemocracia. (Ni siquiera Maduro tiene dudas en reconocer a Venezuela como un país democrático)

 

El término se torna tan líquido que incluso existen rangos e índices de calidad democrática, como el de la Unidad de Inteligencia de la prestigiosa revista The Economist, que establecen categorías entre los 195 estados miembros de la ONU (incluyendo a Palestina y la Santa Sede) y nos dividen entre Democracias plenas, Democracias imperfectas, Regímenes híbridos y Regímenes autoritarios.

 

Nos podríamos columpiar desde los más intolerables controles de la libertad de expresión hasta las normativas más libertarias y laxas en la autodeterminación de género y nos resultaría rigurosamente complicado establecer líneas divisorias para saber dónde empieza y termina la verdadera democracia.

 

No sé si cabría pensar con Carl Schmitt que “todos los conceptos políticos significativos de la teoría moderna del Estado son conceptos teológicos secularizados”. Es decir, un nuevo dogmatismo cuasi-religioso de la “voluntad popular”, como si la voluntad general se elevara a voluntad divina y como si la voz del pueblo fuera la voz de Dios. Como si existiera tal cosa, la voz del pueblo (con mayúscula) como voluntad armónica.

 

Porque no existe tal unidad del pueblo, …el pueblo siempre está dividido, repartido en múltiples partes enfrentadas entre sí, (partidos políticos, gremios, grupos, lobbies, sectas, creencias religiosas, clases), que nos fragmentan y polarizan en un circo mediático de opinadores, influencers, youtubers, actores, comentaristas, deportistas, sociólogos, politólogos y hasta cantamañanas de todo pelaje y condición. Hasta tal punto que, hoy en día, se nos antoja difícil entender la democracia sin la televisión, la prensa y las Redes Sociales.

 

Es como si lo que imperara fuera, más bien, una “ideología democrática” que nos vende a la Democracia como el valor supremo. Oímos a partidos de derechas hablar de “cumbres de la democracia” lo mismo que partidos de izquierdas hablan de “manifiestos a favor de la democracia”. ¿Es que hemos convertido la palabra Democracia en una palabra fetiche que todos podemos utilizar como propaganda ideológica y partidista?

 

Ya no sabemos calibrar si Trump es menos demócrata que Biden o si, quizás, Maduro puede ser tan demócrata como Duque, puesto que todos manejan la misma bandera ideológica de la Democracia porque todos se sienten representantes del pueblo y de la gente como una unidad armónica que no existe.

 

Y si hubiese dos orillas nada impide para que los de un lado y los del otro nos sintamos profundamente demócratas y la “cosa pública” se convierta en un enloquecido juego de tahúres populistas donde lo que importa es el escenario de las emociones, y las piruetas demagógicas y propagandísticas en Twitter, Instagram y Facebook hacen que cualquier rufián de lo políticamente correcto pueda parecer todo un hombre de Estado.

 

Y la alerta para el que se siente auténtico demócrata es esta peligrosa indefinición del término y de nuestro sistema de gobierno con el que una izquierda indefinida corrompe su sentido, desviándolo a un despotismo populista y demagógico en el que solo ellos son demócratas y todo lo demás es fascismo. Este es el relato con el que tensionan la sociedad y se quieren autoproclamar como los únicos demócratas, aunque lo que proclamen políticamente sea lo más antidemocrático.

 

Desde un malentendido y maniqueo fundamentalismo democrático quieren sacralizar y legitimar cualquier derecho en nombre de “todo el pueblo” o de “la gente”, inocular ese nuevo socialismo tan igualitario, ecologista, feminista, animalista, vegano, LGTBI y anticapitalista que nos convierte a todos los demás en peligrosos fascistas y antidemócratas.

 

Con esta nueva bandera del socialismo populista muchos terroristas han cambiado el fusil por un escaño para emponzoñar y envilecer nuestro parlamentarismo y seguir disparando odio y mentiras.

 

La Democracia es corrompible, como cualquier sistema político, y hay quienes desde una falsa y peligrosa “ideología democrática” pretenden corromper todos sus fundamentos y convertir, a los que de verdad la entendemos y la amamos, en los perniciosos fascistas que la amenazan.

 

Pero las amenazas no nos silenciarán porque Churchill ya nos advirtió que “una mentira le da media vuelta al mundo mientras la verdad aún se está poniendo los pantalones”.

 

Luis León.

(…desde algún rincón de Madrid)