Hábitos de consumo

Por: 
Oscar Cubillos Pedraza
30 de Mayo 2019
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La influencia médica, publicitaria e incluso la moda, afectan lo que consumimos, o no, de “x” producto. No es ajeno a tales situaciones lo que ocurre en la compra de carnes y lácteos pues generalmente son temas imperativos de decisión la salud, la apariencia e incluso la moral.

Por ejemplo, y apelando solo a mi memoria, en la década de los 80 y 90 los médicos no recomendaban comer carne de cerdo pues podía generar cisticercosis, o grave aumento de colesterol al ser carne muy grasosa.

 

Tales mitos, con el tiempo, el mayor uso de tecnología, los avances médicos y la mayor calidad productiva fueron desestimados. Hoy la carne de cerdo hace parte de la dieta diaria de millones de personas en el mundo, especialmente los chinos.

 

Pero así como para algunos productos fue levantado el mito, a otros llegaron nuevas creaciones imaginarias. En el caso de la leche bovina se le atribuyó el ser muy grasosa, generar sobrepeso e intolerancias. Entonces llegó el invento de la leche de soya que no es leche, o la leche de almendras que no es leche, o la leche de coco que no es leche. En fin.

 

Es claro que la publicidad en muchas ocasiones sale a promocionar cosas que no son, pero con las estrategias del marketing creemos que sí lo son, o al contario. Volviendo al mismo ejemplo de la leche, la moda actual dictamina que el queso es un producto fitness y vale la pena consumirlo. Aclaremos: ¿la leche es mala y el queso es bueno? La realidad es que todos los productos lácteos son buenos y necesarios para un adecuado nivel de nutrición.

 

El mismo marketing ha hecho algo parecido con los productos cárnicos y para ello dos ejemplos. La carne vacuna de origen colombiano es muy saludable pues nuestros animales mantienen una dieta basada en pastos. En otras palabras, nuestros bovinos son vegetarianos, a diferencia de los animales de países como EE.UU. que son criados en confinamiento en donde su dieta tiene un componente de granos y otros productos útiles para el rápido engorde.

 

Aun así, muchas personas están dispuestas a pagar tres o cuatro veces más por el mismo corte de carne de origen EE.UU. No debería ser más costoso el nuestro: ¿falta de mercadeo saludable y promoción?

 

El otro ejemplo tiene que ver con que ningún ser humano sobrevivirá con una dieta que deje al margen la carne roja, pues contribuyen a la creación de hemoglobina y tienen un alto contenido de vitamina B12, necesarios para el buen funcionamiento físico.

 

Sin embargo, la moda actual –en ciertos niveles de edad especialmente millennials y centennials– está centrada en que los vegetales dan la totalidad nutritiva. Por supuesto, las decisiones de estas generaciones para no consumir carne también están centradas en un tema de bienestar animal: la moralidad como factor de decisión.

 

La moral es entonces otro factor que influye en los hábitos de consumo. No consumir carne en Pascua o Semana Santa disminuye el consumo. ¿Realmente iremos al purgatorio por comer carne vacuna en días santos? La influencia social y cultural nos hace creer que sí, pero realmente no.

 

Sin duda, todos los días estamos expuestos a situaciones externas que influyen en nuestras decisiones, aunque existe una interna de gran peso que es determinante en el consumo, y es la salud. Aclaremos de nuevo: la carne y la leche son útiles para nuestra salud, ya otra discusión será la de los productos procesados.

 

Por ejemplo, el consumo de carne en Argentina y Uruguay es cercano a los 60 kilos por persona al año, mientras que el nuestro es de unos 20 kilos. Sin embargo, el índice de presencia de enfermedades gastrointestinales es más altos en Colombia.

 

No es lo que comes, sino la calidad de los que comes, resulta importante que como consumidores estemos informados, seamos exigentes y evaluemos con profundidad y conocimiento los propios hábitos de consumo.