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Homenaje festivalero

Por Festival Vallenato - 18 de Abril 2016

La decisión de la Fundación del Festival de la Leyenda Vallenata de homenajear, en su versión 49 de 2016, a los Hermanos Zuleta, es una buena oportunidad para reflexionar, con ánimo constructivo, por supuesto, sobre el sentido y los alcances de estas exaltaciones que de tiempo atrás viene haciendo la Fundación a las figuras cimeras de nuestra música vernácula.

La decisión de la Fundación del Festival de la Leyenda Vallenata de homenajear, en su versión 49 de 2016, a los Hermanos Zuleta, es una buena oportunidad para reflexionar, con ánimo constructivo, por supuesto, sobre el sentido y los alcances de estas exaltaciones que de tiempo atrás viene haciendo la Fundación a las figuras cimeras de nuestra música vernácula.   Sin ahondar en detalles, la sensación que le queda a un observador desprevenido es que los mencionados homenajes terminan siendo más un artificio de relaciones públicas y de exposición mediática del Festival a través de los homenajeados, que un reconocimiento integral y profundo a su legado musical y a sus vidas, como debería. Es decir, salvo el merecido despliegue publicitario que se les hace a lo largo y ancho de la temporada festivalera nada sustantivo queda para la posteridad.   En ese orden de ideas, con los Hermanos Zuleta que tienen méritos de sobra, además de los consabidos decretos y condecoraciones, debiera pensarse, por ejemplo, en una edición de lujo de sus canciones inolvidables o en un arreglo sinfónico de las mismas; en un libro de gran formato con las mejores ilustraciones fotográficas y análisis a fondo del significado de Poncho, como cantante; de Emilianito, como acordeonero, y de ambos como compositores; en un gran documental que haga un recorrido por sus vidas desde sus orígenes hasta el presente; en un monumento que más que una réplica de su apariencia física lo sea de su arte musical; o, en fin, de distinguir con sus nombres a alguna de las instituciones de la cultura, bien sean públicas o privadas.   De lo que se trata es que, como consecuencia de este homenaje, por sus productos y sus resultados, a cualquiera que se interese por conocer cuál ha sido el aporte artístico y cultural de los Hermanos Zuleta, le quede claro que no solo son 2 de los más grandes de la historia del vallenato, sino figuras estelares de la música popular colombiana.   Con el mismo ánimo de que el festival sea cada vez mejor, también vale la pena recapacitar sobre otro tema, sin duda, de aristas más complejas que el de los homenajes, cual es la creciente y rampante privatización de la fiesta y la mayoría de los espectáculos, lo que la ha tornado excluyente e inaccesible para el pueblo raso, configurando la terrible paradoja de que una expresión musical, antaño proscrita en los clubes sociales de Valledupar por su origen popular, hoy no pueda ser disfrutada por ese mismo pueblo que la creo y le dio vida, porque no tiene como pagar el acceso a ese gran club en que se ha convertido el Parque de la Leyenda.   La demostración palmaria del espíritu lucrativo que hoy prevalece en el Festival es la  disposición de que solo el 20 % del aforo del parque- el 80 % restante es para boletería de alto costo-  es para la ubicación del público “en general” y a pesar de ello, se le asigna un precio que en todo caso, no guarda proporción con el salario mínimo legal mensual vigente. Esta política de acceso al principal escenario del Festival marca una diferencia ostensible con otras expresiones culturales como: El Festival Nacional de Música Colombiana en Ibagué, el Petronio Álvarez en Cali, el Carnaval de Barranquilla e incluso el Festival Francisco el Hombre en Riohacha, donde las clases populares no tienen restricción en su concurrencia por ser actos artísticos o folclóricos gratuitos, o al menos accesibles en proporción inversa a la dispuesta para el festival vallenato por sus organizadores.   A este respecto, si bien es entendible que los altos costos de los conciertos programados por la Fundación no permiten que estos sean gratuitos; el solo hecho de que el Parque sea producto de una multimillonaria inversión de recursos públicos, en desarrollo de los mandatos previstos en los Art. 7 y 8 de nuestra Constitución Política, ello obliga a buscar alternativas en las que se equilibren las cargas facturando a precios de mercado a quienes tienen capacidad de pago y cobrando lo mínimo o subsidiando el acceso a las gentes de menores recursos. Esto, si la Fundación quiere seguir, como todo parece indicarlo, con el actual modelo de festival en el que los conciertos con las grandes estrellas internacionales de la industria de la música, son mucho más importantes para la organización del evento que los concursos y demás actos programados para los intérpretes vallenatos, género que se supone es la razón de ser del mismo.   Son muchos los temas del Festival que tenemos hoy, además de los aquí referidos, que ameritan una discusión y un análisis a fondo. Pero esa necesidad imperativa rebasa con mucho los linderos de estas digresiones. La ocasión propicia para hacerlo, una vez culminado el festival de este año, sería el advenimiento de la quincuagésima versión que se cumplirá en 2017. El arribo a sus 50 años de existencia hace obligatorio, no solo para la Fundación que hoy lo organiza y regenta, sino para todos los sectores de la sociedad vallenata en su conjunto; un gran debate sobre el pasado, el presente y el futuro del festival de lejos más importante de todos los géneros musicales de Colombia y frente al cual la UNESCO nos emitió un imperativo mandato de conservar sus expresiones auténticas o autóctonas al declararlo patrimonio cultural e inmaterial de la humanidad.