Nada cambia

Por: 
Miguel Gómez Martínez
03 de Diciembre 2019
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Indigna que tantos gobiernos hayan sido incapaces de entender que, sin infraestructura, un país no crece.

Como todo colombiano, he transitado por el paso de La Línea entre Calarcá y Cajamarca en varias ocasiones.

 

Cuando era pequeño, no podía entender cómo mis héroes de infancia, Miguel Samacá o Rafael Antonio Niño, podían subir esas empinadas cuestas en bicicleta durante la Vuelta a Colombia. Joven rebelde, me maravillaba la hermosura del paisaje y las diferencias tan visibles entre la naturaleza de una vertiente de la cordillera y la otra.

 

Ya adulto y viajado, habiendo podido recorrer otros países por geografías difíciles, me preocupaba la ausencia de obras de ingeniería básicas que permitieran mejorar el tránsito y la velocidad.
 

Hace pocos días hice nuevamente el viaje terrestre entre Ibagué y Armenia. A la ida tardé cinco horas y diecisiete minutos para recorrer los noventa kilómetros. Es cierto que estuve una hora y media detenido en el peaje por un pequeño derrumbe.
 

Al regreso me fue mucho mejor pues solo me demoré cuatro horas y doce minutos en el mismo trayecto. El derrumbe seguía, pero la espera fue de tan sólo veintisiete minutos. En ninguno de los trayectos el promedio de velocidad fue superior a los 30 kilómetros por hora.
 

En esta ocasión no pensé en mis héroes ciclistas ni en la belleza de la naturaleza. Solo pasaba por mi mente la pérdida de productividad que representaba para un país su déficit de infraestructura.
 

Trataba de calcular lo que le ha costado al país, la ineficiencia de su red logística. Pensaba en los documentales de los túneles construidos hace más de medio siglo entre Italia y Francia, entre Suiza e Italia, entre España y Francia.
 

Pensaba en el túnel debajo del Canal de la Mancha que Napoleón inició con miras a invadir a Inglaterra y que hoy es una realidad. Pensaba en los túneles que hizo el dictador Pérez Jiménez para unir a La Guaira con Caracas o en las buenas autopistas que he recorrido en Ecuador, Panamá, República Dominicana, México o Chile.
 

Puede ser triste, pero en ese momento me di cuenta que nada sustancial ha cambiado en esa vía desde hace cincuenta años cuando mi padre me llevó al eje cafetero. Es la misma vía incómoda, anticuada y peligrosa que me maravillaba cuando era adolescente. Es la misma, con unos pocos viaductos adicionales, que he recorrido toda mi vida. Entendí por qué no podemos exportar y por qué las importaciones resultan tan costosas. Todo lo leído en los informes sobre la caída en la productividad total de los factores estaba delante de mis ojos.
 

Y me entró una profunda indignación con tantos gobiernos incapaces de entender que, sin infraestructura, un país no puede crecer al ritmo que permita obtener el desarrollo.

 

Me indignó la mediocridad de la ingeniería colombiana que sigue sin poder enfrentar los retos geológicos que pueden vencer los otros países vecinos que están sobre la misma cordillera. Me acordé de tantos escándalos de corrupción con los contratos de infraestructura. Y entendí por qué el Consejo Nacional de Competitividad afirma que la productividad de Colombia entre el 2000 y el 2018 descendió en un 17 %.
 

Miguel Gómez Martínez
Asesor económico y empresarial
[email protected]

 

Portafolio, noviembre 26 de 2019