Sergio Fajardo está siendo víctima de las Fronteras Invisibles

Por: 
Carlos Alonso Lucio
04 de Abril 2021
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Este tema de hoy he debido tocarlo en mi columna de hace ocho días. Lo tuve en mente, pero el alud de hechos de violencia de la semana pasada me llevó a escribir sobre el vacío de estrategias de seguridad que nos tiene entrampados.

Este tema de hoy he debido tocarlo en mi columna de hace ocho días. Lo tuve en mente, pero el alud de hechos de violencia de la semana pasada me llevó a escribir sobre el vacío de estrategias de seguridad que nos tiene entrampados.

 

Lástima no haberlo hecho antes, cuando no había aparecido la decisión en contra de Sergio Fajardo que tomó la fiscalía. Así, mi argumento central no se hubiera visto distraído por asuntos de orden judicial que suelen ser tan aburridos.

 

Conozco a Sergio desde hace treinta años largos, cuando era un joven profesor de matemáticas de la Universidad de Los Andes. Nosotros recién habíamos hecho la paz del M-19 y con él y con un amigo suyo de la facultad de economía compartíamos tertulias sobre el momento político y sobre lo que pensábamos que debería ser un itinerario de construcción de la democracia y la lucha contra la corrupción.

 

Casi que desde entonces no nos sentamos a conversar. Nos hemos encontrado en un par de ocasiones y nuestras charlas han sido más a la ligera que cualquiera otra cosa. Sin embargo, obviamente, he estado al tanto de lo que ha sido el desarrollo de su liderazgo a lo largo todos estos años.

 

Sobre Sergio me hago y me respondo dos preguntas que considero claves frente a todo candidato:

 

¿Es un dirigente político?

 

Sí, claro que sí. No solamente por su trayectoria sino porque hay un sector importante que cree en él y lo sigue.

 

¿Es un dirigente de la democracia?

 

Sí, claro que sí. Él no representa ningún peligro para nuestra democracia. Por el contrario, es un líder que le aporta y la enriquece.

 

Estas dos preguntas que parecieran tan sencillas, en Colombia no lo son. Por un lado, porque con la judicialización de la política que hoy campea se ha venido dando el fenómeno de la transfiguración mediática de los líderes en criminales degradando con ello la relación de los ciudadanos con la política. Y por el otro, porque en las Américas hemos tenido que sufrir las experiencias de candidatos que se valieron, abusando si se quiere, de las reglas del juego democráticas para después traicionarlas. Para la muestra Chávez y Trump.

 

Me parece útil aclarar, en función de mi argumento, que no he votado por Sergio ni tengo pensado hacerlo. Discrepo de muchas de sus lecturas sobre el país y considero que problemas tan graves como el de la inseguridad que nos carcome requieren de un talante diferente al frente del Estado.

 

Pero una cosa es una cosa y otra cosa es otra cosa. La discrepancia no me afecta en lo más mínimo el respeto que le tengo y la admiración por su meritoria trayectoria.

 

Lo digo porque desde hace algunas semanas vengo observando en las redes sociales una terrible y sistemática lapidación contra su persona y eso me hizo recordar una de las peores versiones de la violencia que se vive en los barrios marginales de las ciudades.

 

Las tales Fronteras Invisibles. Resulta que a las bandas delincuenciales que ejercen verdaderas dictaduras contra la gente se les ocurrió inventarse que, de la noche a la mañana, una calle cualquiera debía ser una frontera por la que no podrían seguir pasando los habitantes, ni las mujeres, ni los niños, ni nadie. Ni los de aquí para allá ni los de allá para acá. ¡El que pase se muere!

 

Y eso es, tal vez, lo único en que se ponen de acuerdo las bandas de allá y las de acá. En que la gente común y corriente, las comunidades inermes, deben hacerles caso. Centenares de muchachos han sido asesinados así, cuando pasan, ingenuos y sin darse cuenta, por esas fronteras de la arbitrariedad que les han impuesto los rufianes.

 

Pero lo increíble no se queda allí. Es que estamos viendo cómo las barras bravas de algunos sectores de la política también están imponiendo las Fronteras Invisibles en el debate público.

 

En el caso de Sergio Fajardo estamos viendo cómo las barras bravas de un sector vienen disparándole desde hace rato por el solo hecho de no haber querido someterse a su propuesta que llaman el Pacto Histórico.

 

¿Qué no le dicen, de qué no lo tildan, qué insulto no le escupen encima?

 

Que fascista, que corrupto, que traidor, que cualquier cosa que se les ocurra.

 

No señores. Eso hay que pararlo. Eso va contra lo que deben ser el respeto y la dignidad imprescindibles en la democracia.

 

No me cabe la menor duda de que Fajardo sabrá responderle a la fiscalía y ejercerá su defensa con todo derecho.

 

Por lo pronto, todos los demócratas, comenzando por los que no compartimos sus tesis, debemos defender su dignidad y su condición de dirigente político de la democracia colombiana.