¿Todo vale?

Por: 
Miguel Gómez Martínez
08 de Agosto 2020
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No podemos comprometer la capacidad de la economía de superar este trance con medidas irresponsables que pueden agravar los costos sociales.

La pandemia ha cuestionado muchas de nuestras certezas. Es lo más positivo de este duro período. Nos obliga a analizar los conceptos que nos parecían como inamovibles y que ahora parecen cuestionables.

 

La economía no ha sido la excepción. Hay varios ejemplos que vale la pena analizar. La idea de un choque de oferta y de demanda simultáneos no parecía probable pues, por lo general, era una de las dos fuerzas del mercado la que generaba la crisis. La pandemia coincidió con una etapa de muy baja inflación y por lo tanto el margen de maniobra de los bancos centrales para impulsar la reactivación de la economía por medio de las tasas de interés es muy reducido. El escenario de la deflación está rondando muchos países como en la Gran Depresión de los años treinta del siglo pasado.

 

En esta ocasión el sector financiero no ha sido el origen de la crisis y, hasta el momento, no hay preocupaciones por su estabilidad y solvencia. También es evidente que la circunstancia actual nos demostró que la velocidad de impacto en una economía muy globalizada es mucho más alta de lo previsto y puede ser tan sólo de algunas semanas.

 

Ante la insuficiencia de la política monetaria, todos los gobiernos se tornaron hacia el gasto público. Las medidas han estado muy concentradas en mantener el nivel de ingreso de quienes enfrentaron la cuarentena. En una segunda etapa, la activación de medidas de gasto público es cada vez más fuerte. La idea de un inmenso gasto público contra-cíclico que pueda paliar la debilidad de la crisis es para muchos la respuesta ideal.

 

Pero aparecen las realidades que no pueden ser desconocidas, por muy excepcionales que sean las circunstancias. La pandemia no sólo produjo una caída de la actividad económica. También tiene un efecto inmediato sobre el recaudo. El déficit fiscal puede duplicarse o triplicarse dependiendo de la duración del fenómeno. La financiación requerirá un esfuerzo de endeudamiento cuyas proporciones todavía son difíciles de estimar.

 

Los políticos han encontrado en la actual coyuntura un espacio abonado para exigir todo tipo de medidas, algunas válidas, pero otras francamente insensatas.
 

 

La idea de que "lo que hay que hacer es gastar" es una falacia. Hay que gastar bien. No sobra recordar que el gasto público es muy ineficiente por su rigidez y lentitud de implementación. Está caracterizado por serias dificultades legales y graves problemas de corrupción.

 

Desperdiciar recursos en programas que ya funcionaban mal antes de la pandemia no es la solución ni ayudará a la recuperación económica. Alivios en tarifas de servicios públicos, costos financieros, arrendamientos, cotizaciones sociales son medidas acertadas, pero no pueden ser sino temporales pues su costo puede terminar por agravar la crisis que buscan paliar. Y todos sabemos que en nuestro país lo temporal es lo único permanente.

 

Tampoco es cierto que solo cuente el presente y “después veremos”. La pandemia se superará. No podemos comprometer la capacidad de la economía de superar este trance con medidas irresponsables que pueden agravar y extender aún más los costos sociales de la crisis.

 

Miguel Gómez Martínez
Presidente de Fasecolda
[email protected]

 

Portafolio, agosto 04 de 2020