En las redes sociales de los miembros del Gobierno Petro, en RTVC y entre activistas afines al oficialismo se repite una idea: que la caída del dictador y criminal de lesa humanidad Nicolás Maduro tendría como único propósito que Estados Unidos se apodere del petróleo venezolano. La afirmación ha sido reforzada por sectores del chavismo y del petrismo en Colombia, especialmente tras las declaraciones de Donald Trump, quien señaló que su gobierno acompañará la situación hasta que se produzca una transición democrática y pacífica en Venezuela.
Más allá de la discusión sobre la legalidad o legitimidad de cualquier operación de la captura, la realidad es otra y resulta incómoda para esa narrativa: del petróleo venezolano ya se apoderaron, desde hace años, Cuba, China, Irán, Rusia, Nicaragua y el entramado del Petrocaribe. Durante décadas, el régimen chavista utilizó el crudo como moneda de pago para silenciar denuncias, financiar otras dictaduras, comprar armamento, sostener aparatos represivos y enriquecer a su élite política.
Venezuela posee las mayores reservas probadas de petróleo del mundo, estimadas en 303.000 millones de barriles. Sin embargo, desde la llegada de Hugo Chávez al poder en 1999, PDVSA dejó de operar como empresa energética para convertirse en la billetera del régimen. El petróleo dejó de ser un motor de desarrollo y pasó a ser un instrumento de control político, diplomacia ideológica y endeudamiento opaco.
Las consecuencias fueron evidentes. El país pasó de producir más de 3 millones de barriles diarios a comienzos del siglo, a cerca de 700.000 barriles diarios en 2019 y, apenas, alrededor de un millón en 2025, producto del abandono de la industria, la corrupción estructural y el impacto de las sanciones. El llamado “Socialismo del Siglo XXI” no transformó la renta petrolera en bienestar social, sino en una economía rentista internacional, donde el crudo se usó como ficha de negociación para maquillar el saqueo que hoy tiene a uno de cada tres venezolanos fuera de su país.
El vínculo con China marcó un punto de quiebre. Desde 2007, el gobierno de Chávez firmó acuerdos de préstamos por petróleo con bancos estatales chinos por más de 50.000 millones de dólares, pagados directamente con crudo. Millones de barriles salieron del país sin pasar por el presupuesto público ni traducirse en infraestructura o desarrollo. Con la caída de los precios del petróleo a partir de 2014 y el deterioro de la producción, el régimen profundizó esta dependencia. Parte de esos recursos comprometidos a futuro se destinó a compras de armamento y a una política exterior confrontacional, incluida la escalada de tensiones con Colombia, consolidando una mayor deuda y una creciente influencia china sobre decisiones estratégicas venezolanas.
El vínculo con Cuba es uno de los ejemplos más claros del uso político del petróleo venezolano. Desde el año 2000, con la firma del Convenio Integral Cuba–Venezuela, Caracas se convirtió en el principal proveedor energético y de recursos de la dictadura castrista, intercambiando crudo por servicios en seguridad y defensa, con denuncias de presencia de unidades de inteligencia y contrainteligencia cubana en Venezuela, escoltas en los primeros anillos de seguridad de Maduro y, prestación de servicios de medicina y educación.
A lo largo de los años, los envíos fluctuaron según la capacidad de PDVSA y el impacto de las sanciones, con registros cercanos a 34.000 barriles diarios en 2024, repuntes de 42.000 en febrero de 2025 y un pico de 52.000 barriles diarios en septiembre de 2025. Más allá de las cifras, el patrón es constante: petróleo venezolano utilizado para sostener política y económicamente al régimen cubano, mientras en Venezuela se profundizaba la crisis energética, fiscal y social.
Otro instrumento clave fue Petrocaribe, creado en 2005 para suministrar crudo en condiciones preferenciales a países de Centroamérica y el Caribe. En su etapa de mayor actividad, el programa movilizó entre 90.000 y 120.000 barriles diarios, más de 30 millones de barriles al año, utilizados como palanca diplomática más que como cooperación sostenible. Países como Haití, Jamaica, República Dominicana, Nicaragua, Belice, Granada, Dominica, Antigua y Barbuda, San Vicente y las Granadinas y Santa Lucía se beneficiaron del esquema. A cambio, muchos mantuvieron silencios, abstenciones o posiciones favorables al régimen venezolano en escenarios como la OEA frente a denuncias por violaciones de derechos humanos.
Finalmente, la relación con Irán no se construyó sobre desarrollo energético ni cooperación transparente, sino sobre supervivencia mutua bajo sanciones internacionales. Desde 2020, ambos regímenes profundizaron acuerdos de intercambio (swaps), mediante los cuales Venezuela envió petróleo y fuel oil a empresas iraníes a cambio de combustibles, diluyentes y asistencia técnica para mantener operativa una industria colapsada. Entre 2021 y 2024, los envíos fluctuaron con promedios de 30.000 a 40.000 barriles diarios, realizados con opacidad, a través de intermediarios y rutas diseñadas para evadir sanciones.
En conclusión, cuando hoy se acusa a Estados Unidos de querer apoderarse del petróleo venezolano, se ignora deliberadamente una verdad incómoda: el petróleo ya fue entregado, hipotecado y utilizado por el propio régimen chavista. No para el desarrollo de Venezuela, sino para sostener un proyecto autoritario, comprar lealtades y financiar su permanencia en el poder. Esa, y no otra, es la verdadera historia del petróleo venezolano.
Eso no exime a Estados Unidos de su responsabilidad histórica y política de garantizar una transición democrática real, ni de acompañar a un nuevo gobierno legítimo para que abra sus puertas al mundo, facilite el retorno de millones de ciudadanos y siente las bases de una prosperidad duradera, sin interferir en el uso ni en la propiedad de los recursos naturales de Venezuela.
Venezuela no puede convertirse en una Irak 2.0 ni en un Afganistán 2.0. Hoy, más de 20 millones de venezolanos viven en pobreza multidimensional, según Human Rights Watch, en el país con las mayores reservas de petróleo del mundo. La caída del régimen no es el final de la historia: es apenas el comienzo de una tarea inmensa.


/?w=256&q=100)

