Vuelve: “La culpa es de la vaca…”

Por: 
Eduardo Nates López
19 de Noviembre 2020
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Uno de los problemas que más ensombrecen el panorama mundial actual, sin duda ninguna, es el cambio climático. Y, a su vez, este, amenaza directamente la seguridad alimentaria…

Todas las organizaciones regionales, internacionales, subcontinentales, continentales, intercontinentales y orbitales tienen el tema en lugar prioritario de sus agendas. Por supuesto, las ONG pequeñas, medianas y grandes, también.

 

Es decir: el mundo entero está pendiendo de ello. Y, a decir verdad, es mucho más el bombo que han tenido los anuncios que los avances reales logrados, especialmente en las grandes potencias, responsables en gran medida de la producción industrial y los servicios pesados que causan los Gases de Efecto Invernadero, GEI.

 

Detengámonos en una primera estadística sobre este punto: según la Agencia de Protección Ambiental de los Estados Unidos, las principales fuentes de emisión de GEI en ese país, son: La producción eléctrica (28 % de las emisiones), el transporte (28 %) y la industria (22 %). La agricultura y la ganadería aportan apenas un 9 % de emisiones, cifra esta, a la que la ganadería contribuye con un escaso 3,9 %!!

 

Vamos, entonces, aclarando responsabilidades y exonerando a las vacas de una supuesta “enorme” culpa que no tienen y que los ignorantes les han ido adjudicando, en una clara confirmación de la tesis de un excelente libro sobre liderazgo de Lopera y Bernal, muy leído, que tiene bastantes ediciones y que viene al tema como anillo al dedo. Su gran corolario es su propio título: “La culpa es de la vaca”, (que sucede siempre, cuando el hombre es incapaz de reconocer su propia culpa.)

 

Obviamente aparecen algunos “ambientalistas de nuevo cuño”, dándoselas de sabios y asumiendo unas teorías más “revoltosas” que revolucionarias, buscando sustentar posiciones politiqueras, que lo único que han hecho es daño, en muchas ocasiones y en diferentes partes del mundo. Indudablemente, en este país también los hay... Son los “ambientalistas criollos”. Por ejemplo, el Cauca mismo ha sido víctima de personajes de este tipo, que han logrado frustrarle el justo y centenario anhelo de llegar por tierra hasta su costa pacífica, realidad que los demás departamentos del andén Pacífico sí han alcanzado. (Chocó ya casi lo logra. Solo queda taponado el Cauca).

 

Es la misma irracional y torpe actitud que por estos días de pandemia se ha visto entre los pseudo-líderes que atrapan a los incapaces de cuidarse de manera autónoma, frente a la amenaza del coronavirus. Pregonan la urgencia del cierre total y exigen del gobierno el “toque de queda”, en vez de asumir la propia responsabilidad de las prevenciones y cuidados. Porque, según ellos, “la culpa siempre es del gobierno”. Arguyen sin vergüenza: “Que no se debe mover la economía, para que no haya contagios…” Algo así como: “Que se muera el consumo, aunque resulten muertos los consumidores…”

 

Históricamente se ha considerado el consumo de carne de un pueblo o de un país, como un parámetro importantísimo para medir el grado de desarrollo de su comunidad; su bienestar en algo fundamental como el nivel de nutrición de sus gentes y su calidad de vida. En Estados Unidos, Australia, Nueva Zelanda e inclusive Argentina, el consumo per cápita de carne puede estar por encima de los 80 kg/persona/año y en fuerte contraste, en Etiopía, Ruanda y Nigeria está alrededor de 8 kg/persona/año. En Colombia en 2019, el consumo per cápita de carne se situó en 18,6 kg/año.

 

¡Cuánto quisiéramos para nuestro pueblo, que esta cifra fuera mucho mayor!, Y que la capacidad adquisitiva lo permitiera. Sería además una efectiva manera de impulsar las cadenas productivas agropecuarias nacionales y, por ende, el bienestar de nuestros campesinos, caballito de batalla por el que se rasgan las vestiduras los promotores del proyecto de Acuerdo en el Concejo Distrital “del día sin carne”, que son militantes de la Colombia Humana y de la izquierda recalcitrante, que de manera desconcertante se escudan en argumentaciones técnicas y políticas contradictorias.

 

Como dijo el presidente de Fedegan, José Félix Lafaurie: “las discusiones sobre una propuesta de esta clase deben ser objeto de un debate serio”. Estos temas son cruciales y probablemente van a extrapolarse al resto del país. No pueden tratarse al calor de argumentos tan de fondo (bajo) como el “madrazo” de la “concejal animal-lista” Andrea Padilla…