La compra inesperada de una finca en Norte de Santander llevó a Édgar Arévalo a transformar su sistema productivo. Con manejo racional del pastoreo, árboles y genética adaptada, desde el fenómeno de El Niño de 2010 no ha vuelto a sufrir escasez de forraje.
La historia de Édgar Arévalo Casadiegos, tercera generación de ganaderos de su familia por parte de su padre y actual presidente del Comité de Ganaderos de Norte de Santander (Coganor), no comenzó heredando una gran hacienda ni siguiendo un plan empresarial cuidadosamente diseñado. Empezó por simple casualidad.
Hace más de dos décadas, mientras buscaba animales para comprar junto a un compadre, llegó a una finca ubicada en zona rural de Chinácota. Los bovinos que encontraron no cumplían con las expectativas comerciales, pero algo diferente llamó su atención: la tierra.
Luego de varios procesos, la unidad productiva llamada El Cedro Las Virginias pasó a sus manos. “Antes se llamaba Hacienda El Mono porque en la finca nace la quebrada El Mono que suministra agua a la vereda San Miguel”, dijo.
Modelo que no funcionaba
Cuando recibió el predio, encontró una producción lechera que en su época había sido reconocida en la región. Sin embargo, los resultados productivos no correspondían a la reputación que había construido años atrás.
La finca producía alrededor de 450 litros diarios de leche, una cifra importante para la época, pero los costos eran elevados y el sistema dependía permanentemente de insumos externos.
Además, la mano de obra se convirtió en uno de los principales problemas.
"Conseguir personal era cada vez más difícil y la finca demandaba mucho trabajo", asegura.
La situación lo llevó a buscar alternativas diferentes.
El verano que cambió su visión
La transformación comenzó antes del año 2010, cuando llegaron las primeras capacitaciones sobre cercas eléctricas y manejo racional del pastoreo.
Arévalo decidió dividir los potreros y empezar a controlar más rigurosamente los tiempos de ocupación y descanso de las praderas.
Los resultados aparecieron rápidamente. Antes los animales permanecían durante semanas en un mismo potrero. Las nuevas divisiones permitieron aumentar los períodos de recuperación de los pastos y mejorar su capacidad productiva.
Pero la verdadera prueba llegó con el intenso fenómeno de El Niño de 2010.
"Ese fue el verano más duro que he vivido. Ahí entendí que el camino era por el manejo de los potreros y no por depender de la compra de comida", afirma.
Desde entonces comenzó una transformación gradual del sistema productivo.
Menos insumos y más observación
Con el paso de los años dejó de utilizar herbicidas e insumos químicos.
En lugar de eliminar la vegetación que aparecía en los potreros, comenzó a observar cómo respondían las plantas, cuáles consumían los animales y cuáles contribuían a proteger el suelo.
Descubrió que especies consideradas malezas ayudaban a conservar la humedad y favorecían la recuperación de las praderas.
Aparecieron gramíneas nativas y forrajeras que antes no eran visibles debido al manejo convencional.
"Entendí que muchas de esas plantas se regulaban solas y que el ganado podía ayudar a controlarlas", explica.
Comenzó a observar la aparición de pastos que antes no estaban presentes en sus potreros, como estrella, decumbens, avena forrajera, kikuyo y yaraguá.
La Hacienda El Mono cuenta con 170 hectáreas, de las cuales 65 corresponden a potreros manejados mediante rotación.
“Tengo cinco lotes de ganado: dos de vacas en producción de leche, uno de animales de levante, otro de animales horros y uno de novillas que están para toro”, resaltó.
El protagonismo de los árboles
Otra de las decisiones clave fue incorporar árboles en todo el sistema productivo.
Implementó cercas vivas, corredores biológicos y áreas de protección.
La finca alberga eucaliptos, alisos, especies nativas y diferentes árboles adaptados a las condiciones de Norte de Santander.
Los resultados, asegura, son evidentes: Debajo de la cobertura arbórea, el suelo conserva más humedad y mantiene forraje disponible durante períodos prolongados de sequía.
"La tierra funciona como una esponja. Aunque arriba haya resequedad, abajo sigue conservando humedad", explica.
Animales adaptados a la finca
La transformación también llegó a la genética. Tras años de pruebas, cruzamientos y observación, encontró que los mejores resultados no siempre provenían de los animales de mayores producciones sino de aquellos capaces de adaptarse a las condiciones reales de la finca.
Comenzó a trabajar con Holstein puro, Jerhol y Normando, pero no tuvo el resultado que esperaba y las hembras no se preñaban.
Ahora basa su actividad en tres razas criollas: BON, Velásquez y Hartón del Valle. Además, realiza cruces entre ellas y también con Red Sindi.
Su objetivo cambió. Ya no busca vacas récord en producción de leche, sino animales fértiles, eficientes y capaces de mantenerse productivos con los recursos disponibles.
Actualmente maneja 130 bovinos y del ordeño obtiene 150 litros diarios que comercializa a $2.000 por litro.
Hoy mantiene un sistema en el que la producción depende de la calidad del suelo y de las praderas.
Para él, la principal evidencia de que va por buen camino es sencilla.
"Desde el verano de 2010 no me ha vuelto a faltar comida para el ganado", concluye.
Al transformar la producción lechera incorporando nuevos paradigmas de fertilidad del suelo, selección genética con adaptación al medio, mejores índices reproductivos y oferta forrajera suficiente, la rentabilidad se ve favorecida a pesar de la disminución en volumen de leche diaria.



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