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Violencia lo llevó a abandonar la montaña, pero regresó y creó su marca de café

Melanny Orozco 11 de Junio 2026
⁠Cómo un médico termina siendo agricultor y caficultor en el Cesar, con su propia marca de caféFoto: Finca_laserrania - Banco de imagenes Magnific“Soy caficultor de tercera generación. Es algo aprendido de herencia, de parte de mi abuelo y de mi papá”, recordó en diálogo con CONtexto.

Esta es la historia de Ricardo López, optómetra en Valledupar que también es caficultor de tercera generación y creador de Café Serranía. CONtexto reconstruye su memoria familiar, el retorno a la Serranía del Perijá y una apuesta productiva que combina café, ganadería y relevo generacional en una zona que hoy él mismo describe como un territorio de paz y con mucho potencial.


Los fines de semana, cuando deja su consultorio en Valledupar, Ricardo López, de 42 años, cambia la bata de optómetra por el camino hacia la montaña. Sube a la finca La Serranía, en el Cesar, para revisar los cafetales, caminar entre distintos tonos de verde y continuar un proyecto que comenzó en 2020, cuando decidió regresar al campo junto a su padre para reconstruir una tradición familiar que la violencia había obligado a interrumpir. Hoy es el fundador de la marca Café Serranía.

Pero Ricardo no volvió solo a sembrar café. Regresó a una tierra que un día su familia tuvo que abandonar por cuenta de la violencia en la región y lo hizo por memoria, herencia y una convicción que hoy lleva como estilo de vida pues, para él, el campo también puede ser empresa, hogar y futuro.

“Soy caficultor de tercera generación. Es algo aprendido de herencia, de parte de mi abuelo y de mi papá”, recordó en diálogo con CONtexto.

Y con esa frase resume buena parte de su historia porque antes de convertirse en profesional, egresado de la Universidad de La Salle, y de abrir su consultorio en la capital del Cesar, Ricardo ya tenía sembrado el amor por la caficultura.

La esencia de su vida rural parece sencilla, pero es profunda: “uno vuelve al campo cuando entiende que la tierra no solo produce cosechas, también guarda afectos, enseñanzas y raíces”, explicó. (Lea en CONtexto ganadero: Café, cacao y ganado lideran el desarrollo en ganadería del Cesar)

Relató que cuando era niño su familia salió de la Serranía del Perijá por la zona de Codazzi. No fue una decisión fácil ni voluntaria. “Nos tocó irnos de la Serranía del Perijá porque había mucha violencia y amenazas”, recordó.

Lo que siguió fue que su padre decidiera apartarse del campo y Ricardo siguiera su camino académico.

Sin embargo, la distancia no borró el vínculo. Con los años, cuando la zona comenzó a recobrar la tranquilidad, padre e hijo decidieron retomar la pasión que había quedado suspendida.

“Llegó la paz a las montañas y mi papá y yo decidimos retomar nuestra pasión: la caficultura”, reiteró.

Desde entonces, Ricardo vive entre dos mundos. En la ciudad atiende pacientes. En la montaña atiende cafetales. A veces sube cada semana; otras, cada quince días. Siempre que puede va con su hijo porque sabe que el amor por la tierra se enseña a tempranas edades y con el ejemplo.


Empezar de cero


La finca La Serranía no llegó como un sueño terminado, sino como un desafío. Ricardo contó que retomaron al campo en 2020 y que la propiedad tenía cafetales arábigos viejos, ya lejos de su mejor etapa productiva. “Prácticamente fue empezar de cero”, explicó.

Entonces tuvieron que hacer soca, resiembra, limpieza, abonamiento y nuevas inversiones. El proceso ha sido costoso en tiempo, recursos y trabajo. Aun así, nunca pensó en desistir y ha valido toda la pena.

“Cuando tienes una meta clara y tienes pasión por lo que haces, no dudas”, aseguró.

Esa paciencia aprendida en el campo también se convirtió en una forma de ver la vida.

Para Ricardo, la tierra enseña que los buenos resultados toman tiempo, que nada serio se construye de afán y que no se deben dejar los proyectos a mitad de camino. (Lea en CONtexto ganadero: La guía que todo caficultor necesita, de semilla a floración sin perder calidad)


Producto con amor


Ricardo reconoció que todavía no mide su producción en toneladas, sino en el lenguaje más cercano del caficultor: por latas y por hectárea. Su meta está entre 200 y 300 latas de café lavado por hectárea, en una cosecha que llega una sola vez al año y puede durar entre dos y tres meses, dependiendo del comportamiento del fruto y del clima.

Esa realidad también le ha enseñado que el café no perdona los tiempos: si falta lluvia, si el mucílago no se desarrolla bien o si la cosecha no acompaña, los cafés especiales también lo sienten.

En ese camino, uno de los aprendizajes más importantes ha sido entender que no toda variedad sirve para cualquier tierra. Ricardo amplió que su padre lo ayudó a evitar un error costoso: sembrar un café que no fuera apto para la altura de La Serranía.

“Es igual como con el ganado. Si tú estás sobre el trópico caliente, tienes que comprar animales que estén adaptados a eso”, sostuvo.

Para él, conocer la finca, la altura, el clima y el material que se siembra no es un detalle técnico, es la diferencia entre construir un proyecto sostenible o perder años de trabajo.


Diversificar para resistir


Aunque el café es el centro de su historia, Ricardo también ha incursionado en la ganadería. Compra algunos machos, los lleva a engorde y los vende, una actividad que, según dice, le ha funcionado bien, aunque reconoció que los precios varían de un año a otro.

Para él, diversificar no es una moda, sino una necesidad. La cosecha cafetera llega una vez al año y vivir de un solo ingreso puede ser difícil.

Por lo anterior, recomendó complementar con otros cultivos o con animales. “Hay que diversificar”, afirmó. “Vivir de un solo ingreso todo el año puede ser complicado”, remató el optómetra.


El legado


Hoy Ricardo describe la Serranía del Perijá como un lugar tranquilo, bonito y con potencial turístico y productivo. Una zona que, según él, ya no está marcada por el miedo de antes, sino por caminos pavimentados, restaurantes, montañas y oportunidades.

Sin embargo, lo más importante no está solo en los cultivos. Está en lo que quiere transmitir. “Hay que enseñarles el amor por el campo desde a las nuevas generaciones”, dijo, para insistir en la importancia de transmitir el legado desde tempranas edades.

Y es que ese amor se lo enseñó su padre, y ahora él intenta sembrarlo en su hijo. Tal vez por eso, cuando habla de la finca no se refiere únicamente a hectáreas, producción o variedades. Habla de pertenencia.


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