Miguel Torres Badín, amigo cercano de García Márquez, revive anécdotas íntimas y recuerdos de las últimas parrandas del Premio Nobel de Literatura en Cartagena. A petición del ganadero y miembro de la junta directiva de Fedegán, publicamos esta semblanza escrita por el periodista Gustavo Tatis Guerra y publicada en El Universal.
Por Gustavo Tatis Guerra.
Artículo original del periódico El Universal, publicado el pasado 18 de enero de 2026, que usted puede consultar en este enlace.
Miguel Torres Badín (Cartagena, 1948) es probablemente el más discreto de los viejos amigos de Gabriel García Márquez; fue el anfitrión de sus últimas parrandas y el amigo cercano en la aventura de compartir, entre tres, el pago de una casa que parece un templo frente al mar, en El Laguito.
Los tres amigos eran Alejandro Obregón, García Márquez y Miguel Torres Badín. Concebida como una casa de amigos que se reunían a tertuliar y parrandear, se convirtió en la casa más visitada en los últimos años por el autor de Cien años de soledad.
El garaje de la casa fue arrendado por Miguel Torres Badín al célebre fotógrafo italiano Divo Cavicchioli, quien llegó a la ciudad como camarógrafo del filme Quemada, de Gillo Pontecorvo, se enamoró de la chocoana Trinidad y tuvo una hija cartagenera bautizada por García Márquez con el nombre de Safo, como la poeta griega. Los padrinos fueron Gabo y Obregón. Divo y su esposa crearon el restaurante Donde Divo, que fue el punto de encuentro de personajes de la cultura de Cartagena de Indias y el mundo.
“El primer encuentro con Gabriel García Márquez no fue trascendental”, dice Miguel Torres Badín. Toda su casa está llena de recuerdos con Gabo, y en su inmensa biblioteca se hicieron las últimas parrandas con el escritor. Al entrar allí, se ve, entre todos los sofás, uno blanco bajo la línea de libros del estante derecho, donde se sentaba Gabo. Allí se celebraron muchos cumpleaños y tertulias. La última fue en 2013 con Gabo, y allí el escritor se puso de pie, aferrado a Leandro Díaz, y salió a bailar La diosa coronada, interpretada por Ivo Díaz.
Miguel Torres Badín junto a Gabriel García Márquez en Cartagena, en la última parranda del escritor en 2013. Aparece Mercedes Barcha, Rodrigo y Gonzalo García Barcha, junto a Torres Badín y el resto de invitados. Foto: Cortesía Miguel Torres Badín - El Universal
Torres Badín es un anfitrión diligente, impecable, generoso, que no deja ningún detalle olvidado con los amigos que atiende. Es feliz cocinando para ellos. Sus ojos grandes y expresivos en su semblante sonreído se asemejan a Picasso. No tiene ínfulas de nada. Su pasión es ser útil. Participa en iniciativas sociales y humanísticas, que favorecen a familias vulnerables, en la ciudad y en el campo.
“No hubo nada extraordinario, aunque sí se dio en circunstancias especiales. Su hermano, Jaime García Márquez, estudiaba Ingeniería Civil en la Universidad de Cartagena, con un tío mío, Antonio Badín Milet, hermano de mi madre, en cuya casa yo vivía. Allí conocí a Jaime, quien para todos sus compañeros era “el hermano de Gabriel García Márquez”.
Además de su padrino. “En aquel entonces, él no era aún el escritor universalmente famoso, ni mucho menos multimillonario. Era tan pobre como nosotros. Ya había escrito algunas obras, tenía cierta fama, era corresponsal de El Espectador, pero era natural que yo lo conociera en los encuentros que tenía con su hermano, quien lo llevaba a la casa de mi tío. Esto ocurrió hacia la época en que se casó con Mercedes, alrededor del año 1958”. Entre los retratos de Gabo hay dibujos y pinturas, incontables ediciones de sus libros. El mar golpea en las escalinatas del patio y entra la brisa que sacude las trinitarias de la terraza. Sobre la mesa, el anfitrión tiene cavas de cerveza, vino, ron y whisky.
“Cuando conocí a Gabo, ya había leído su primera novela, La hojarasca, y Relato de un náufrago. Con el tiempo, regresó con más frecuencia a Cartagena, y lo incorporamos a unas tertulias que sosteníamos con varios amigos, entre los que asistía Alejandro Obregón, Héctor Rojas Herazo, Walter Denis, Divo Cavicchioli, Arturo Faciolince, entre otros. Solíamos reunirnos en los restaurantes de Walter Denis y en otros que improvisaba Divo Cavichiolli. Gabo y Obregón quedaron deslumbrados con el talento culinario de Divo Cavicchioli, quien vino como fotógrafo en la filmación de la película Quemada. Los dos decidieron apoyar a Divo.
El italiano empezó a buscar una casa para alquilar y montar un restaurante que también sirviera como sede de nuestras tertulias. Se presentó ante la empresa de alquiler Araújo y Segovia, pero al ser extranjero le exigieron fiadores reconocidos. Divo habló con Gabo, con Alejandro Obregón y conmigo y los tres le servimos de fiadores. Así se consiguió en arriendo la casa donde cada contertulio tenía un locker con su trago favorito y donde todos los sábados nos reuníamos. Divo Cavicchioli cocinaba preferentemente comida italiana. El arriendo lo pagábamos Alejandro Obregón, García Márquez y yo. Cuando alguno de ellos salía al exterior, al regresar Alejandro solía pintar un cuadro para Divo, quien lo vendía para cubrir los gastos del arriendo cuando yo no estaba.

Gabo en su última parranda, con su amigo Miguel Torres Badín. Foto: Cortesía - El Universal
En algún momento, a Gabo se le ocurrió que, para evitar tantas complicaciones, yo debía comprar la casa. Así lo hice. Esa casa, que hoy sigue siendo mía, es donde vivo actualmente. En ella, Divo organizó en el garaje un pequeño restaurante y Gabo traía personalidades destacadas: el doctor Belisario Betancur, Héctor Rojas Herazo, entre muchos otros. Divo se casó con Trini, su cocinera, una chocoana negra, gruesa, que tenía una sazón para la cocina, y tuvo con ella una hija que Gabo sugirió llamar Safo. Fueron sus padrinos el mismo Gabo y Alejandro Obregón. El presidente Betancur también se ofreció de padrino.
Divo era un gran jugador compulsivo en los casinos. Allí perdió lo poco que tenía. Se mudó para el barrio Blas de Lezo y allá murió. Durante la presidencia del doctor Betancur, la guerrilla secuestró a su hermano. A Divo se le ocurrió hablar con Gabo para que intercediera ante Fidel Castro, de quien se sabía que tenía influencia sobre la guerrilla colombiana. Desde esta casa, Gabo llamó a Fidel Castro para pedirle ayuda con la liberación del hermano del presidente.
Al día siguiente, estando yo en la casa, entró una llamada de larga distancia al teléfono fijo de Telecartagena. Al contestar, preguntaron por Gabo. Cuando dijeron que llamaba Fidel, pensé que era una broma de Alberto Borda Martelo y respondí con incredulidad. Pero del otro lado de la línea escuché claramente: “Sí, soy Fidel Castro”. Reconocí su voz y, algo aturdido, solo atiné a decir: “Comandante”.
Le expliqué que Gabo no vivía allí, pero que lo localizaría. Durante mucho tiempo conservé el recibo telefónico donde aparecía registrada aquella famosa llamada desde Cuba”.
Es apenas el comienzo de una historia fascinante.
El artículo fue publicado en este enlace.



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