Miguel Angel Lacouture

Agricultura se escribe con “A” de agua y “D” de drenajes

Por Miguel Ángel Lacouture Arévalo - 19 de Mayo 2026


Colombia no puede seguir enfrentando cada fenómeno climático con subsidios de emergencia mientras abandona la infraestructura que garantiza producción, agua y seguridad alimentaria. El próximo fenómeno de El Niño amenaza con golpear duramente la carne, la leche y el bolsillo de millones de colombianos, en un país distraído en debates ideológicos mientras el campo se seca y la seguridad alimentaria entra en riesgo.

Mientras el Gobierno anuncia $146.000 millones para enfrentar el fenómeno de El Niño, el campo colombiano vuelve a enfrentarse a la misma tragedia de siempre: actuar cuando la emergencia ya ha explotado. El problema no es ayudar al productor en medio de la sequía; el problema es que el Estado colombiano sigue confundiendo política agropecuaria con asistencialismo.

Llevamos décadas hablando de soberanía alimentaria, reforma agraria y apoyo al campesino, pero seguimos ignorando lo elemental: sin agua, drenajes, vías, crédito y comercialización, la tierra sola no produce riqueza. Produce pobreza administrada políticamente.

Eso lo he sostenido durante años y hoy la realidad vuelve a darme la razón.

En Colombia prácticamente desaparecieron las estaciones tradicionales. Ya no vivimos entre invierno y verano, sino entre fenómenos de El Niño y La Niña, cada vez más extremos y frecuentes. Y frente a esa realidad climática, el país sigue reaccionando tarde.

El impacto sobre la ganadería puede ser devastador.

El fenómeno de El Niño entre 2023 y 2024 dejó pérdidas multimillonarias para el sector ganadero colombiano, afectando especialmente la producción de leche y provocando mortandad de animales en varias regiones del país. Hoy el riesgo es incluso mayor porque venimos de un período de recuperación productiva que podría verse abruptamente frenado por una nueva sequía prolongada.

En 2025 Colombia alcanzó cifras históricas en producción de leche gracias a mejores condiciones climáticas y disponibilidad de pasturas. Pero precisamente allí está la advertencia: cuando el clima falla y no existe infraestructura hídrica suficiente, la producción se desploma, aumentan los costos de suplementación, se deterioran las praderas y el pequeño y mediano productor queda completamente expuesto.

Y cuando cae la producción ganadera, el golpe no se queda en el campo.

Sube el precio de la leche, carne, alimentos básicos.

Se deteriora la nutrición de millones de familias.

Y aumenta la dependencia alimentaria de Colombia en un contexto internacional cada vez más incierto.

Por eso preocupa profundamente que el país continúe atrapado en debates que hoy poco aportan a resolver la urgencia productiva nacional. Mientras el campo enfrenta la amenaza climática más seria de los últimos años, buena parte de la discusión pública se concentra en la Jurisdicción Agraria, un debate jurídico e ideológico que, aunque importante para algunos sectores, en nada resuelve el problema inmediato de producción, agua y seguridad alimentaria que se aproxima.

El país parece más concentrado en discutir quién resuelve los conflictos sobre la tierra que en garantizar que esa tierra produzca alimentos.

Y allí está el verdadero error estratégico.

Porque la verdadera reforma agraria no consiste únicamente en entregar hectáreas ni en crear nuevas estructuras judiciales; consiste en garantizar que esas hectáreas produzcan riqueza, empleo y alimentos.

Porque entregar tierra sin agua es condenar al campesino al fracaso.

Entregar tierra sin distritos de riego es sembrar frustración.

Entregar tierra sin vías terciarias es aislar la producción.

Entregar tierra sin crédito es inviabilizar la empresa rural.

Y entregar tierra sin comercialización es dejar al productor a merced de los intermediarios.

La Represa El Cercado, sobre el río Ranchería en La Guajira, simboliza perfectamente esa desidia nacional. Una obra llamada a transformar productivamente la región terminó atrapada entre burocracia, abandono y falta de voluntad política. Mientras millones de metros cúbicos de agua siguen subutilizados, productores y comunidades enteras enfrentan sequías recurrentes.

Aquí aparece la contradicción más grave del discurso oficial: se habla de soberanía alimentaria mientras se abandona la infraestructura que la hace posible.

La soberanía alimentaria no nace de discursos ideológicos ni de repartir tierras peladas.

Se construye con reservorios, distritos de riego, drenajes, vías terciarias, crédito competitivo y mercados funcionales.

Israel lo entendió hace décadas.

Brasil lo entendió.

Estados Unidos lo entendió.

Pero Colombia todavía cree que el agro se salva repartiendo subsidios cuando la sequía ya destruyó los cultivos y golpeó los hatos ganaderos.

Hoy más que nunca debemos entender una verdad elemental: el agua será el principal factor estratégico del desarrollo agropecuario en el siglo XXI.

Por eso insisto, una y otra vez, en algo aparentemente simple pero profundamente trascendental:

La agricultura se escribe con A de agua y con D de drenajes.

Todo lo demás es discurso.

@lacoutu

Noticias Relacionadas