Julia Inés Lema Vélez, zootecnista, Magister en Cambios Globales y Riesgo de Desastres
En muchas fincas ganaderas, el verano no comienza cuando deja de llover. Empieza cuando los potreros pierden fuerza, los jagüeyes bajan de nivel y el productor comienza a preguntarse si el alimento alcanzará para sostener el hato durante las próximas semanas, o como en la gran mayoría de las ocasiones, el mismo productor no es consciente de eso. Es ahí donde se hace evidente una realidad que el sector ha vivido repetidamente: las sequías no solo afectan el clima, también ponen a prueba la planeación y la capacidad de adaptación de cada sistema productivo.
Hoy, el IDEAM y el Ministerio de Ambiente han advertido sobre una alta probabilidad de llegada del fenómeno de El Niño durante el segundo semestre de 2026, con posibles efectos asociados a disminución de lluvias, aumento de temperaturas, incendios forestales y estrés hídrico. Y aunque estos eventos hacen parte de la variabilidad climática del país, cada vez resulta más sus impactos económicos cuando la preparación llega tarde o simplemente no existe.
En ganadería, muchas pérdidas no aparecen de un día para otro. Son silenciosas y progresivas. Comienzan con la reducción en la disponibilidad de pasto y terminan afectando el peso, la reproducción, la producción de leche, la salud animal y, finalmente, la rentabilidad de la finca.
Uno de los primeros signos de un verano fuerte es la pérdida de condición corporal del ganado. A medida que disminuye la calidad y cantidad de las pasturas, los animales dejan de consumir la energía mínima necesaria para mantener su desempeño productivo. En sistemas de producción de carne, significa menores ganancias diarias de peso y retrasos en la salida de animales al mercado, cada kilo que el animal deja de ganar termina representando dinero que la finca deja de producir.
En las ganaderías de leche, principalmente en las lecherías tropicales, el panorama suele ser aún más complejo. Las altas temperaturas generan estrés térmico y disminuyen el consumo de alimento. Además, vacas con menor condición corporal presentan más dificultades reproductivas, aumentando el intervalo entre partos y reduciendo la eficiencia del sistema.
Un bovino expuesto a altas temperaturas incrementa considerablemente sus requerimientos hídricos precisamente cuando las fuentes comienzan a disminuir. Cuando no existen reservorios suficientes, sistemas de almacenamiento o protección adecuada de nacimientos y quebradas, rápidamente aparecen problemas sanitarios, estrés y deterioro productivo.
Es en este momento cuando muchas fincas entran en una dinámica costosa de improvisación. La falta de reservas forrajeras obliga a comprar alimento de emergencia justo cuando los precios aumentan por la alta demanda regional. Heno, silo, concentrados o subproductos agrícolas terminan convirtiéndose en costos elevados que pudieron haberse reducido mediante una planificación anticipada.
Y aunque el invierno eventualmente regrese, las pérdidas no desaparecen de inmediato. Esa es una de las realidad menos visible de las sequía. La recuperación cíclica del hato suele ser lenta: las pasturas necesitan tiempo para regenerarse, los animales tardan semanas o meses en recuperar condición corporal y los indicadores reproductivos pueden permanecer afectados durante largos periodos afectando directamente la rentabilidad de los predios aun habiendo finalizado el verano.
Por eso, un verano mal manejado no afecta solamente una temporada; puede comprometer buena parte del siguiente ciclo productivo.
En situaciones más severas, la falta de preparación incrementa incluso el riesgo de mortalidad animal, especialmente en terneros, vacas en producción o animales debilitados.
Se ha demostrado que las fincas que enfrentan mejor los periodos secos no necesariamente son las más grandes o las que tienen mayores recursos, sino aquellas que incorporan la gestión del riesgo como parte de su planeación productiva. Conservar forrajes durante épocas de abundancia, almacenar agua, ajustar oportunamente la carga animal, implementar sistemas silvopastoriles y proteger las fuentes hídricas son medidas que hacen una diferencia enorme cuando llegan los meses críticos.
La asesoría técnica constante, la capacitación permanente del recurso humano y la gestión del riesgo no deben verse como un gasto adicional ni como un asunto exclusivo de las entidades públicas. En realidad, son las principales herramientas que podrán garantizar la sostenibilidad y rentabilidad para el productor.
Hoy el país ha recibido anticipadamente señales claras sobre un posible escenario de sequía. La pregunta ya no es si el verano llegará, sino qué tan preparados estaremos y que habremos hecho cuando llegue.
Porque en ganadería, muchas veces el problema no es el verano. El verdadero problema es enfrentarlo sin planificación.


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