“El triunfo electoral abre una oportunidad histórica para transformar el sector agropecuario colombiano. Pero el éxito del nuevo gobierno no se medirá por los discursos ni por las promesas de campaña. Se medirá por su capacidad para convertir la tierra en productividad, la productividad en riqueza y la riqueza en bienestar para millones de familias rurales.”
Terminó la contienda electoral. Colombia eligió un nuevo Presidente con nueva visión para el país. Como muchos colombianos, respalde su propuesta porque consideré que representaba una alternativa distinta para el desarrollo rural. La campaña quedó atrás. Comienza la hora de las responsabilidades.
El campo colombiano no necesita más diagnósticos. Necesita ejecución.
Durante décadas el debate agrario se concentró en la propiedad de la tierra. Quién la tiene, quién la entrega y quién la recibe. La realidad demuestra que la prosperidad rural depende de algo mucho más profundo: la capacidad de convertir cada hectárea en una unidad productiva capaz de generar empleo, ingresos y oportunidades.
Allí es donde el nuevo gobierno tiene la oportunidad de marcar una diferencia histórica.
La primera tarea debe ser revisar la institucionalidad agropecuaria. El productor rural enfrenta hoy una maraña de entidades, trámites y procedimientos que ralentizan la inversión y encarecen la producción. Colombia necesita un sector agropecuario más eficiente, con menos burocracia y más capacidad de ejecución. Cada peso destinado a estructuras administrativas innecesarias es un peso menos para vías terciarias, riego, asistencia técnica o financiamiento productivo.
La segunda tarea, y probablemente la más importante, es impulsar una verdadera revolución de infraestructura productiva.
Durante años se confundió reforma agraria con entrega de tierras. Sin embargo, una escritura por sí sola no produce alimentos. Sin agua sigue siendo una hectárea seca. Sin vías sigue aislada. Sin crédito sigue limitada. Sin mercados sigue condenando al tenedor a la pobreza.
Pensemos en este ejemplo: Entregar una finca sin cercas a un pequeño ganadero puede convertirlo en propietario, pero difícilmente lo convertirá en productor exitoso. Sin cercados adecuados no existe manejo eficiente de potreros, no hay rotación, no hay mejora productiva y no hay protección real de la inversión. La tierra existe, pero no produce.
Lo mismo ocurre cuando se adjudican predios sin reservorios de agua, sin distritos de riego, sin drenajes, sin electrificación, sin conectividad o sin asistencia técnica. El título genera expectativa; la infraestructura genera resultados.
Considero que la reforma agraria debe evolucionar hacia un modelo de productividad. Antes de entregar nuevas tierras, el país debería garantizar que cuenten con condiciones básicas para producir. Agua, drenajes, vías de acceso, energía, conectividad y acompañamiento técnico deberían ser requisitos previos y no promesas posteriores. El éxito de una política rural no debe medirse por el número de escrituras entregadas, sino por la cantidad de familias que logran vivir dignamente de la tierra.
La tercera tarea es abrir el campo a la inversión. Colombia necesita atraer capital nacional y extranjero mediante alianzas público-privadas, concesiones, fondos de desarrollo rural y esquemas asociativos que permitan acelerar la construcción de infraestructura productiva. Países como Israel demostraron que la productividad no depende únicamente de la cantidad de tierra disponible, sino de la capacidad para gestionar el agua, incorporar tecnología y garantizar inversión permanente.
La cuarta tarea es consolidar la vocación exportadora del agro colombiano. Carne bovina, lácteos, frutas, café y numerosos productos agroindustriales tienen el potencial de conquistar nuevos mercados. Pero para lograrlo se requiere seguridad jurídica, infraestructura logística, financiamiento y una política pública que convierta al productor en protagonista del crecimiento económico nacional.
El campo colombiano tiene tierra, productores, vocación y mercados. Lo que ha faltado es una estrategia coherente que transforme ese potencial en riqueza.
Apoyé una propuesta porque creí que entendía esta realidad. Ahora espero que el nuevo gobierno la convierta en hechos.
Porque Colombia ya pasó demasiado tiempo discutiendo quién debía tener la tierra. Llegó la hora de garantizar que esa tierra produzca.
Cuando cada hectárea tenga agua, cercas, vías, crédito, tecnología y acceso a mercados, no solo ganará el campo. Ganará Colombia
Miguel Ángel Lacouture Arévalo
@lacoutu.
Nota final: El respaldo electoral ya fue otorgado. Ahora corresponde exigir resultados. Que los próximos cuatro años se midan menos por discursos y más por hectáreas productivas, productores prósperos y familias rurales viviendo mejor. El campo colombiano no necesita más promesas; necesita ejecución.


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