El reporte oficial presentado el 31 de julio de 2026 por IDEAM y el Ministerio de Ambiente, vuelve a encender los reflectores sobre nosotros en la Amazonía colombiana.
Las cifras oficiales del Monitoreo de la Superficie de Bosque y Deforestación, correspondientes a la vigencia 2025, señalan que la deforestación nacional alcanzó las 119.483 hectáreas, de las cuales el 65% (77.805 ha) se concentraron en nuestra región amazónica. En este balance, el departamento del Caquetá, responsable en 2025 del 25.4% de la deforestación nacional, registra un incremento preocupante del 20.4%, pasando de 25.263 hectáreas deforestadas en 2024 a 30.414 hectáreas en 2025, en municipios como Cartagena del Chairá (16.983 ha) y San Vicente del Caguán (5.976 ha) encabezando, desafortunadamente, el primero y segundo puestos de la tabla nacional.
Para el IDEAM las principales causas directas de la deforestación durante 2025, a escala nacional, fueron “la praderización para el acaparamiento de tierras, la ganadería extensiva y el desarrollo de infraestructura de transporte, seguidas en orden de importancia por los cultivos de uso ilícito, la expansión agrícola (industrial y de pequeña escala), la extracción de madera (tala ilegal), la extracción ilícita de minerales y los fenómenos naturales (chagras de viento y remoción en masa)”.
En relación con el panorama del desarrollo de vías, el revelador análisis geográfico de la FCDS y la investigación periodística de Mongabay Latam, documentan la existencia de más de 28.000 kilómetros de carreteras construidas en la Amazonía colombiana. Una distancia equivalente a recorrer 28 veces la ruta de Bogotá a Cartagena.
Ante estos hallazgos, es urgente desmontar la narrativa simplista que responsabiliza en segundo lugar al pequeño ganadero tradicional caqueteño, aun cuando su ganadería lleve el apellido de “extensiva” y resignificar en tan deshonroso podio de los vectores de la pérdida de bosque y biodiversidad, a la apertura indiscriminada de vías ilegales, buena compañera del acaparamiento a gran escala y su consecuente proceso de especulación de tierras.
Como lo señala la FCDS y el Panel Científico por la Amazonía, las carreteras informales son la "fuente de deforestación primaria" y el principal detonante del devastador efecto “espina de pescado”, consistente en que a partir de una vía sin control ambiental, nacen numerosos ramales (y subramales), responsables de la fragmentación del frágil ecosistema y, de contera, de un incremento (¿artificial?) del valor de la tierra.
Estos datos evidencian que en una franja de tan solo 5 kilómetros alrededor de cinco grandes ejes viales informales, la pérdida acumulada de bosque superó las 342.000 hectáreas, triplicando la deforestación, en comparación con el radio de un kilómetro. Solo entre enero y mayo de 2025 se encendieron más de 805.000 alertas de deforestación en estas áreas de influencia vial.
No es el pequeño campesino con su machete el que abre 159 kilómetros de carreteras ni el que financia trazados de más de 1.900 kilómetros para atravesar la selva amazónica. Es más, un riguroso estudio de la revista científica Nature, que analizó las transformaciones de la Amazonía colombiana entre 1985 y 2019, concluyó de forma categórica que la conversión masiva de bosques hacia coberturas de pasto no ha sido impulsada por los pequeños ganaderos ni por la economía campesina, sino por grandes terratenientes con el objetivo de asegurar expectativas sobre el valor futuro de la tierra y especular en mercados ilegales.
Las “manchas” continuas de grandes áreas de selva profunda, recién taladas, con vacas introducidas, no responden a una lógica de producción ganadera real ni al sustento de una familia campesina, sino a un mecanismo de "sellado de propiedad" u ocupación de facto para sanear su posesión, por lo que sería entonces más conveniente llamarla antes que ganadería “extensiva”, ganadería “especulativa”. Confundir la economía campesina de subsistencia con la especulación criminal es una imprecisión que deshonra y vulnera al poblador rural del Caquetá. El país debe entender, con absoluta claridad, lo que ocurre en el territorio: la supuesta "ganadería extensiva" que arrasa con hectáreas de selva primaria en la frontera agrícola, no es actividad ganadera en sentido estricto. Son la fachada y la herramienta de camuflaje utilizada por grandes acaparadores e inversionistas ilegales de tierras.
Desde el Comité Departamental de Ganaderos no podemos, ni queremos y menos aún pretendemos, eludir la gravedad de la situación ambiental. Sin embargo, tenemos la responsabilidad técnica y social de hacer un alto en el camino para evitar un sesgo narrativo que, sin diferenciar “extensiva” de “usurpadora”, se repite año tras año y que le hace daño a miles de familias rurales que sobreviven honestamente de la producción de carne y leche en el Caquetá.
Frente a este escenario, de la otra orilla, existe el verdadero ganadero del Caquetá. Es aquel productor de tradición, heredero de la vocación pionera del departamento, cuya familia habita la finca, paga impuestos, genera empleo rural y entiende que la fertilidad del suelo y el ciclo hídrico dependen directamente de la salud del bosque remanente.
Esta ganadería caqueteña por el contrario, es hoy el principal aliado de la conservación en las áreas ya intervenidas, intensificando el uso de sus praderas, rescatando el árbol como protagonista de la finca mediante su conservación o siembra, haciendo división sostenible de sus potreros, protegiendo su cuenca hídrica y liberando áreas para la regeneración natural.
El Comité de Ganaderos no se ha quedado en la queja testimonial. Por el contrario, ha liderado una respuesta histórica que demuestra que sí es posible transformar la actividad pecuaria en un motor de restauración climática. Con su “Pacto Caquetá Cero Deforestación y Reconciliación Ganadera” desde el 2013, ha promovido la reconversión productiva y el compromiso verificado de no ampliar un metro más de potrero sobre el bosque natural, en un proceso que hoy acumula 33 mil hectáreas bajo el modelo de RESERVA NATURAL DE LA SOCIEDAD CIVIL, a partir de la “evangelización” de 320 familias de ganaderos que hoy, orgullosos, afirman que dejaron de serlo, ¡para convertirse en “reserveros”!
¡La ganadería del Caquetá no es el enemigo de la selva! Es, cuando se ejerce con vocación, información y respeto por la tierra, la mejor barrera viva para defender la Amazonía colombiana. El compromiso de nuestro gremio es indiscutible: seguir optimizando la producción de carne y leche con abordaje de cadena de valor y la diferenciación que nos confieren herramientas como la Denominación de Origen Protegida “Queso del Caquetá”, nuestra marca colectiva “QC®” y los sellos de particularización, al lado del principal activo regional: ¡la gente caqueteña!


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