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La minería, otra tragedia nacional

Por - 05 de Mayo 2014

La pavorosa tragedia de Santander de Quilichao, en la que un número todavía por precisar de nuestros compatriotas fue devorado por una montaña de lodo y piedra, nos obliga a plantearnos otro de los grandes temas nacionales.

La pavorosa tragedia de Santander de Quilichao, en la que un número todavía por precisar de nuestros compatriotas fue devorado por una montaña de lodo y piedra, nos obliga a plantearnos otro de los grandes temas nacionales. Y como todos ellos, a verificar, una vez más la anarquía, el desgobierno, el abandono en que el presidente Santos tiene todas sus tareas primordiales.

Sabíamos desde los bancos de la escuela que Colombia es un país minero. Que las riquezas de sus entrañas geológicas son colosales. Que podría producir cantidades enormes de minerales y de hidrocarburos, si tuviera una política de desarrollo que mereciera ese nombre. Pero nada de eso  aprovecha y va como un pelele arrastrado por la corriente de los hechos, consumido en la hoguera de las improvisaciones más absurdas y de los abandonos más crueles.

Es inconcebible que sean las Farc las promotoras de la minería a grande escala en Colombia. La que trata de hacerse a derechas, con capitales limpios, con responsabilidad social y conciencia de la protección ambiental, se pierde en el vacío. Las exigencias  burocráticas, los desórdenes promovidos por los empresarios del caos, la ineptitud oficial, dicho todo en una sola frase, hace de la gran minería un imposible y de la minería artesanal legítima una actividad cargada de riesgos y de incomprensiones. (Columna: El campo en cero, el Gobierno también)

Pero la minería empujada por los bandidos tiene dimensiones colosales. Basta ver la magnitud de las excavaciones  de esta mina pirata, para que se vea el tamaño del entuerto. Nuestros ríos se pierden, nuestras montañas colapsan, nuestros bosque tutelares mueren ante el devastador avance de las hordas enemigas.

¡Y con cuáles equipos ejecutan su tarea criminal! Basta mirar lo que nos muestran los noticieros, para que nos demos cuenta de la naturaleza del desastre. Máquinas gigantescas al servicio de la destrucción de Colombia. Excavadoras inmensas, legiones de infelices que ganan su sustento al servicio de los depredadores de nuestra riqueza, es lo que pasan ante nuestros ojos sin pudor, sin asomo de vergüenza, sin noción de lo que esas escenas dantescas significan.

Y como en todo lo grave que en Colombia pasa, un gran ausente, que es el Gobierno Nacional. El ministro de Minas anda en quién sabe cuáles aventuras politiqueras y el presidente Santos cuidando su rebaño electorero. Ya se olvidó de los compromisos que asumió sobre el combate a la minería ilegal. Lo que lo desborda, que es todo, sencillamente no existe.

Cuando al alcalde de Santander de Quilichao le preguntaron por sus omisiones, contestó que el asunto no era suyo, porque allá mandaban los alzados en armas. Como en toda Colombia pasa. Vivimos sometidos a la tiranía de los delincuentes, la peor de todas las posibles.

En la cuestión minera nos estamos jugando la vida. Porque nos están arrebatando la tierra, nos están quitando el agua, nos están desbaratando la Patria. Y esto no ocurre a la sombra, en zonas ignoradas o en actos circunstanciales, sin importancia. No. Esto pasa a una escala desconcertante, apabullante, gigantesca. La tragedia de Santander de Quilichao bastaría para medir la magnitud de la tragedia.

Por cosas como éstas tenemos que decir, otra vez, que Colombia no es viable con cuatro años más de este ritmo frenético hacia el abismo. Evitar la reelección de Santos es cuestión de vida o muerte.