Augusto Beltran Segrera

La próxima década de la carne: más productividad, menos emisiones y nuevos desafíos

Por Augusto Beltrán Segrera - 23 de Julio 2026


Cada año, las Perspectivas Agrícolas de la OCDE y la FAO ofrecen una radiografía de hacia dónde se dirige la producción mundial de alimentos. La edición 2026-2035 confirma que la ganadería seguirá siendo un componente esencial de la seguridad alimentaria global, aunque enfrentará un entorno más exigente en materia de productividad, sostenibilidad, sanidad y comercio.

El mensaje del informe es contundente: el mundo necesitará producir más alimentos, pero deberá hacerlo con una mayor eficiencia. Mientras la producción agroalimentaria mundial crecerá un 13 % durante la próxima década, las emisiones agrícolas de gases de efecto invernadero aumentarían apenas un 6 %. Esta diferencia demuestra que la innovación y el desarrollo tecnológico están permitiendo desacoplar, cada vez más, el crecimiento productivo del impacto ambiental.

No es un cambio menor. Es la evidencia de que la sostenibilidad no depende de producir menos, sino de producir mejor.

En el caso de la carne, el consumo mundial continuará creciendo, aunque a un ritmo inferior al de la década anterior. El consumo per cápita alcanzará cerca de 30 kilogramos por habitante en 2035, impulsado principalmente por los países de ingresos bajos y medios, donde el crecimiento económico y la urbanización continúan elevando la demanda de proteínas de origen animal.

En contraste, en las economías desarrolladas el consumo muestra una mayor estabilidad, influenciado por factores demográficos, cambios en los hábitos alimenticios, mayores preocupaciones ambientales y el incremento relativo en el precio de las carnes rojas. Sin embargo, lejos de anunciar el declive de la ganadería, estas tendencias reflejan una recomposición de la demanda mundial más que una disminución estructural del consumo.

Otro aspecto particularmente relevante es la evolución de los precios. Las proyecciones indican que los valores reales tenderán a moderarse respecto de los máximos recientes, especialmente en la carne de cerdo y de aves, gracias a importantes avances en productividad. En cambio, la carne bovina y la ovina mantendrán mercados relativamente firmes debido al menor ritmo de crecimiento de la oferta, las limitaciones biológicas propias de los sistemas de rumiantes y las mayores exigencias ambientales.

Para América Latina, el panorama resulta especialmente favorable.

La región continuará consolidándose como uno de los grandes proveedores mundiales de carne gracias a su disponibilidad de recursos naturales, su capacidad para producir alimentos para animales, la modernización de sus sistemas productivos y una creciente incorporación de tecnologías. En ese contexto, Colombia reúne condiciones que le permiten aspirar a un papel mucho más relevante en los mercados internacionales.

Pero las oportunidades no se materializan por sí solas.

La competitividad de los próximos años dependerá cada vez menos de la expansión de los inventarios ganaderos y mucho más de la capacidad para aumentar la productividad, incorporar innovación, garantizar la sanidad animal y demostrar sostenibilidad.

La bioseguridad ocupa hoy un lugar central en esa ecuación. Enfermedades como la fiebre aftosa, la peste porcina africana y la influenza aviar han demostrado que la condición sanitaria de un país determina tanto su capacidad productiva como su acceso a los mercados internacionales. La vigilancia epidemiológica, la vacunación, la trazabilidad y la regionalización ya no son únicamente herramientas sanitarias; son activos estratégicos para competir en el comercio global.

Al mismo tiempo, la inteligencia artificial comienza a transformar la cadena cárnica. Los sistemas de monitoreo de precisión, la alimentación inteligente, la detección temprana de enfermedades, la clasificación automatizada de canales y la analítica de datos están mejorando la eficiencia de las explotaciones y optimizando los procesos industriales. La tecnología dejará de ser un factor diferenciador para convertirse en un requisito de competitividad.

Las perspectivas también advierten sobre riesgos que no pueden subestimarse. La variabilidad climática, el incremento de los costos de producción, las tensiones geopolíticas, las nuevas exigencias ambientales y la volatilidad de los mercados seguirán condicionando las decisiones de inversión y los flujos comerciales. A ello se suma la evolución de las políticas comerciales y sanitarias, que cada vez incorporan más requisitos relacionados con sostenibilidad, bienestar animal y trazabilidad.

En este escenario, Colombia tiene una oportunidad histórica. La fortaleza de sus sistemas ganaderos basados en pasturas, los avances en sostenibilidad, el mejoramiento genético, el fortalecimiento sanitario y el creciente reconocimiento internacional de su producción constituyen ventajas que deben traducirse en una mayor presencia en los mercados de alto valor.

La ganadería colombiana no puede limitarse a responder a las nuevas exigencias; debe anticiparse a ellas. Invertir en productividad, innovación, bioseguridad y apertura sanitaria no solo permitirá aumentar la competitividad, sino consolidar al país como un proveedor confiable de carne bovina en un mercado internacional cada vez más selectivo.

Las Perspectivas Agrícolas 2026-2035 dejan una enseñanza que trasciende las cifras. El futuro de la ganadería no estará determinado por el tamaño de los hatos, sino por la capacidad de producir más con menos, de adaptarse a un entorno cambiante y de responder a consumidores que demandan alimentos seguros, sostenibles y de alta calidad.

Quienes comprendan esa realidad y actúen desde ahora serán los protagonistas de la próxima década. Colombia tiene las condiciones para ser uno de ellos. El desafío consiste en convertir ese potencial en una estrategia nacional de competitividad que fortalezca al productor, amplíe los mercados y consolide a la carne bovina colombiana como un referente internacional.