Lloran los acordeones

Por: 
Augusto Beltrán
15 de Octubre 2013
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Las Farc, que hoy promueven una romería de desmemoriados y sapos hacia la Habana, tienen antecedentes que repugnan. Desbarataron sueños ilusiones y familias.
Han asesinado no solo a indios sino a  caciques. A nadie le niegan una muerte violenta. En estos días, precisamente,  el país recuerda conmovido el crimen de Consuelo Araujo, Cacica por excelencia. 
 
Ella, que ejerció fecundo liderazgo en ese entrañable Valle  de Upar, tiene un sitial en el altar de la patria, y  perenne reconocimiento de los colombianos que tanto la hemos admirado.
 
Valledupar es especial. No hay otra tierra que tenga como religión querer al visitante. Ni donde se prodiguen tanto en  manifestaciones de cariño. Es un código de conducta ancestral, una cultura de integración patriótica.  (Lea: Víctimas de las Farc creen en la reparación solo con hechos)
 
Cualquier pretexto que nos obligue a visitarles se convierte en un ritual de grato esparcimiento. El problema es de ubicuidad. Hay que  estar a la misma hora en diferentes sitios para  participar en reuniones que abruman, y deleitan.   
 
Un permanente homenaje de simpatía a la amistad. La alegría, su  sentido del humor. Quien va a Valledupar se siente mejor que en ninguna otra parte.
 
Quieren y distinguen a sus artistas cómo a semidioses. Estos tienen una especial condición. Mientras en todas partes la fama les hace distantes, allá son quienes primero abren sus casas al  amigo que visita su tierra.
 
Parece una competencia que consagra los mejores anfitriones. Es bueno contrastar eso, con la mezquindad de los colombianos para  corresponder invitaciones. Claro que en esa egoísta categoría está fuera de concurso el " dejáte ver......" de los santafereños. Pero todos en Colombia somos desatentos. Los cartageneros porque vivimos con la ciudad llena todo el año, si nos dedicamos a ser atentos, nos quedaríamos sin tiempo para otra cosa. (Columna: El acuerdo oculto de Santos y las Farc)
 
La prodigalidad y las atenciones  en el Valle no pueden compararse con nada. Los vallenatos son así. No pueden comportarse de otra forma. Sus referencias en la desmesura son  la Sierra nevada, y las crecientes del Cesar.
 
Pero también son inmensas las agallas de los paramunos cuando llegan al Cesar, comen como caimanes los que están a dieta, y beben a morir los abstemios. Esa generosidad vallenata no es calculada, ni es exclusiva de sus altos estratos. Todos son generosos y amables, trabajadores y entusiastas.
 
Ahora se duelen y sorprenden con la ingratitud  de algunos amigos prominentes en altas posiciones del Estado. Pero no hay razón para alterarse. Cada quien está en lo suyo. Un grupo humano que se enorgullece de hacer felices a sus visitantes y otro que se vale de ello. Unos quieren, otros se dejan querer. (Columna: Cuba, armas y Farc)
 
Un alma grande como la de Consuelo mucho significa en el Concierto Nacional. Su personalidad adquiere mayor dimensión con el  paso de los años. Los colombianos nos resistimos a olvidarla. Lloran los acordeones.