Que al sector rural le hace falta mucha infraestructura… es verdad; que al agropecuario le hace falta riego, crédito, asistencia técnica, seguridad… es verdad; que le falta bienes de capital, investigación e innovación, trazabilidad, fomento al consumo interno y a las exportaciones … es verdad. Son las mismas falencias y necesidades que los productores exponen al inicio de cada gobierno, con la esperanza de que sus solicitudes y propuestas sean escuchadas y merezcan ser incluidas en los planes de desarrollo y ejecutadas durante el período de administración gubernamental. Sin embargo, al cabo de los cuatro años el balance de sus peticiones es muy pobre o prácticamente nulo.
Para romper ese ciclo, los productores se han dado cuenta que deben buscar ellos mismos sus soluciones. En solitario o en grupos, los gremios salen a maletear buscando mercados externos, participando en ferias y encuentros internacionales —aunque en algunas oportunidades han encontrado el apoyo del gobierno— y, para la parte técnica, echan mano de conferencistas, giras internacionales, convenios o invitaciones, pues los aportes del gobierno son insuficientes y dispersos.
Todo eso está bien y necesario, pero también hay que mirar de la cerca hacia adentro. ¡Mirarnos el obligo! Hay que explorar el avance de indicadores de eficiencia en el uso del suelo, e indicadores productivos y reproductivos del hato, y el uso de tecnología, que, pese al esfuerzo de los gremios, se tienen datos escasos, pero necesarios para compararnos, útiles para formular políticas y principalmente para evaluar la marcha del negocio. Y a partir de allí saber dónde estamos parados competitivamente.
Por ejemplo, una lectura comparativa en productividad por vaca en lactancia a nivel internacional, nos muestra la brecha de eficiencia de nuestro país con sus principales competidores. Mientras Colombia registra una producción de alrededor de 3.200 litros/vaca/año (2025), en Argentina es de 7.000; en Chile, un poco más de 6.000; en Uruguay, 5.600; en Costa Rica 4.500; y en México alrededor de 3.500 litros/vaca/año. Frente a Estados Unidos la brecha es gigantesca. Con más de 9 millones de vacas este país logra una productividad promedio de 10.830 litros/vaca/año, ¡3.4 veces la de Colombia¡, explicado por la aplicación de sistemas intensivos, genética avanzada y alimentación balanceada (portal Todolechería).
Lo anterior para no hablar de productividad en términos de hectáreas, que en el caso de Colombia es de 4.500 litros/año, aunque vale la pena destacar casos puntuales como el de Alpina que, en sus fincas y asociadas, es de 15.600 litros/ hectárea, es decir 3,5 veces más que el promedio de Colombia.
Hay un video, que circula en Instagram, de Estancias del Lago en Uruguay, que muestra un modelo de eficiencia e innovación y sostenibilidad, que es ejemplo y la ubica como la primera de América Latina. Esta empresa tiene más de 13.650 vacas en lactancia que producen 550.000 litros de leche por día (41 litros/vaca/día), enfocada en sólidos para producir leche en polvo para exportación. Esa es la dimensión de la brecha de competitividad que tiene Colombia. En ganadería de carne sucede otro tanto.
Si bien por allá en el documento Ganadería Colombiana: hoja de ruta 2022-2026 se enunció tímidamente el tema de la cuarta revolución industrial, lo cierto es que el estado del arte de la ganadería colombiana obliga a la adopción de tecnologías propias de la cuarta revolución industrial como herramienta de eficiencia operativa y rentabilidad probada. Estamos hablando de la integración de IoT y blockchain. Según la web de IBM, el Internet de las cosas (IoT) permite a los dispositivos de Internet enviar datos a redes privadas de cadenas de bloques para crear registros de transacciones compartidas a prueba de manipulaciones.
Hay un artículo interesante publicado por CONtexto ganadero en 2024 “En Colombia, tecnología blockchain” que explica en forma simple su aplicación a la trazabilidad y el valor agregado que genera para productores y consumidores con solo documentar cada detalle del ciclo productivo, incluyendo: producción en la finca (información específica sobre cada animal, como su estado de salud, historial de alimentación y condiciones de bienestar); recolección de leche (medición de parámetros relacionados con volumen, calidad y condiciones de almacenamiento); y procesos industriales (registros detallados de los insumos aplicados, temperaturas de procesamiento, puntos de control y resultados de pruebas de calidad).
En fin, es muy grande la tarea que es necesario hacer al interior de las fincas. Si bien tener vías, inversiones en capital fijo, disponibilidad de crédito, etc., que son un valioso aporte, el productor deberá hacer uso de estas tecnologías para cerrar brechas de productividad y eficiencia. No hay que olvidar que empresarios de otros países han dado unos grandes pasos lo que exige redoblar los nuestros. En Estados Unidos se ha despertado nuevamente el interés por el tema de la leche, han aumentado su hato y están incrementando el número de plantas procesadores para producir quesos y derivados, lo mismo que en Argentina. Es una señal que no podemos obviar, máxime que nuestras importaciones de lácteos y derivados vienen paulatinamente copando una porción mayor de nuestro mercado, y más aún, cuando ingresamos a un gobierno pro mercado libre.
Pedir al gobierno la construcción de infraestructura productiva rural, crédito y seguridad, está bien y necesario, pero hay que mirar de la cerca hacia adentro y examinar el uso de tecnologías y el avance de indicadores de eficiencia y productividad, útiles para formular políticas y principalmente para evaluar la marcha del negocio y la competitividad.


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