Julia Inés Lema Vélez

Un plan de contingencia no sirve si se queda guardado en un cajón

Por Julia Inés Lema Vélez - 29 de Julio 2026


Julia Inés Lema Vélez, zootecnista, Magister en Cambios Globales y Riesgo de Desastres

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En los dos artículos anteriores hablamos de la importancia de que las explotaciones pecuarias cuenten con un plan de contingencia y de cómo el Decreto 2157 de 2017 ofrece una metodología clara para construirlo. Sin embargo, existe un aspecto que muchas veces pasa desapercibido y que determina el éxito o el fracaso de cualquier plan: la implementación.

Con frecuencia se piensa que el trabajo termina cuando el documento queda escrito. Se imprime, se archiva y pocas veces vuelve a consultarse. Pero una emergencia no se enfrenta con un documento; se enfrenta con personas capacitadas y preparadas para actuar.

Un plan de contingencia solo tiene valor cuando quienes trabajan en la finca conocen su contenido, entienden cuál es su responsabilidad y saben cómo responder ante una situación que pone en riesgo los animales, la producción o la seguridad de las personas.

El Decreto 2157 de 2017 no se limita a orientar la identificación de amenazas o la elaboración de procedimientos. También plantea la necesidad de hacer seguimiento, evaluar la efectividad de las medidas implementadas y actualizar permanentemente la información. La gestión del riesgo es un proceso dinámico porque los riesgos también cambian.

Las condiciones de una finca no son las mismas año tras año. Se construyen nuevas instalaciones, aumenta o disminuye el número de animales, cambian las fuentes de agua, se incorporan trabajadores, aparecen nuevas amenazas o, sencillamente, la experiencia demuestra que algunos procedimientos pueden mejorarse. Si el plan permanece igual durante varios años, es muy probable que deje de responder a la realidad del predio.

Por esta razón, una de las primeras recomendaciones es revisar periódicamente el plan de contingencia. No se trata de modificarlo constantemente, sino de verificar que la información siga siendo válida. Los contactos de emergencia, el inventario de animales, la ubicación de equipos, los responsables de cada actividad y la disponibilidad de recursos deben mantenerse actualizados para evitar improvisaciones cuando ocurra un evento.

Un aspecto fundamental es la capacitación.

No basta con que el propietario conozca el plan. Todas las personas que participan en la operación de la finca deberían saber cómo actuar frente a una emergencia. Un trabajador que identifica oportunamente un incendio, reconoce los primeros signos de una inundación o sabe cómo movilizar los animales de manera segura puede marcar una diferencia durante los primeros minutos de respuesta.

La capacitación fortalece la capacidad de tomar decisiones bajo presión. En una emergencia no hay tiempo para leer procedimientos ni para discutir qué hacer. Las acciones deben ejecutarse de forma organizada, coordinada y segura.

Por eso, los simulacros son una herramienta poco utilizada, pero de enorme valor. Realizar ejercicios sencillos permite comprobar si las rutas de evacuación son adecuadas, si los responsables conocen sus funciones, si los equipos están disponibles y si existen dificultades que no han sido identificadas durante la elaboración del plan de contingencia.

Lejos de ser una pérdida de tiempo, los simulacros permiten descubrir errores antes de que una emergencia real los convierta en pérdidas económicas o en riesgos para los animales y las personas.

El seguimiento también implica aprender de la experiencia. Cada sequía, inundación, incendio o emergencia deja enseñanzas que deberían incorporarse al plan. Analizar qué funcionó, qué decisiones fueron acertadas y qué aspectos necesitan fortalecerse hace parte de la mejora continua y permite que la finca responda cada vez mejor a nuevas emergencias.

Este proceso no depende únicamente del productor. La articulación con médicos veterinarios, zootecnistas, asistentes técnicos, UMATAs, secretarías de Agricultura, consejos municipales de gestión del riesgo y organismos de respuesta fortalece la preparación y facilita el acceso a información, capacitación y apoyo técnico cuando las circunstancias lo requieren.

La gestión del riesgo no termina cuando se escribe un documento. Comienza cuando el plan se convierte en una herramienta viva, conocida por todos, revisada periódicamente y fortalecida con cada experiencia.

En un contexto donde los fenómenos climáticos son cada vez más frecuentes y las exigencias continúan creciendo, prepararse ya no consiste únicamente en tener un plan de contingencia. El verdadero desafío es mantenerlo actualizado, ponerlo en práctica y lograr que haga parte de la cultura de trabajo de la finca.

Porque un plan de contingencia no cumple su función cuando está archivado en una carpeta. Lo demuestra el día en que una emergencia ocurre y cada persona sabe exactamente qué hacer para proteger los animales, reducir las pérdidas y recuperar la producción.