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Un niño y su caballo, unidos en la misión de honrar el campo colombiano

Melanny Orozco 28 de Agosto 2025
Herencia campesinaFoto: CortesíaDetrás de Julián hay una historia familiar marcada por el amor a la tierra.

Julián, un pequeño campesino de Nocaima (Cundinamarca), ha hecho del campo su mundo, y de los caballos, su pasión. Su historia refleja el valor de mantener vivas las raíces agrícolas y la importancia del relevo generacional en el campo colombiano.


Julián Andrés Pérez Romero, un niño campesino de Nocaima, Cundinamarca, vive rodeado de montañas, potreros y animales.

Desde muy pequeño, se ha conectado profundamente con la vida rural, cuidando con ternura a su caballo Corinto y participando activamente en las labores del campo. (Lea en CONtexto ganadero: Jóvenes ganaderos siguen el legado de sus padres en Santander)

Su historia representa a una nueva generación que, en medio de la modernidad y el huida rural, decide quedarse y cuidar lo que otros abandonan, la tierra y sus tradiciones.

Entre potreros y alientos de tradición, la rutina de Julián Andrés no tiene nada de citadina, pues alimenta a Corinto, su caballo, lo ensilla con paciencia y sale a cabalgar como parte de su día a día.

Lo que para muchos niños es una postal de vacaciones, para Julián es vida cotidiana: “Llevo (a mi caballo) a comer, lo ensillo. Vivo con mis papás, mi hermana, mi abuelito, y a mí me gusta salir a las cabalgatas”.

Para este pequeño, Corinto no es un simple animal, sino que es su compañero, su amigo, casi un hermano. (Lea en CONtexto ganadero: Cómo atraer a los jóvenes y sus nuevas ideas a trabajar en el sector agropecuario)


Amor a la tierra y las tradiciones


Detrás de Julián hay una historia familiar marcada por el amor a la tierra. Su padre, Edson Yair Pérez Rodríguez, también creció en el campo y reconoce con emoción que su hijo ha heredado ese mismo vínculo que lo unió desde joven a la naturaleza.

De acuerdo con Pérez Rodríguez, “yo soy una persona también de campo, el abuelo es una persona de campo y él le incentivó mucho el amor por los caballos, por las plantas, por todo lo que tiene que ver con el agro. Gracias a Dios le aprendió. Lleva eso en la sangre”.

Esa transmisión de saberes y afectos no es casual, sino que es una cadena que sostiene al agro colombiano. La tierra no solo se trabaja, también se respeta. Es por eso que quienes la aman desde niños, la cuidan toda la vida.

Julián no solo vive el campo, también quiere invitar a otros niños a conocerlo y valorarlo. Teniendo en cuenta esto, su mensaje “para todos los niños colombianos que les guste el campo, es que vengan a Nocaima a conocerme a mí y a conocer a mi caballo”.

Sus palabras son un grito de esperanza en medio de una realidad que muchas veces margina al campesino. Porque cuando un niño defiende su raíz, está diciendo que aún hay futuro para el agro, que la desconexión urbana con la ruralidad no tiene por qué ser definitiva.


La decisión de quedarse


De acuerdo con Pérez Rodríguez, “la tierra es sagrada”. Este padre sabe que el agro no se sostiene solo con políticas públicas, sino también con amor genuino por lo que representa. Es por esta razón que insistió en que “apoyen a los niños que les gusta el campo, apoyen a nuestros campesinos, impulsen ese amor por los animales, por el campo”.

En la actualidad, muchos jóvenes abandonan el campo por falta de oportunidades. La historia de Julián reveló que aún existen personas que deciden quedarse, sembrar, cuidar y resistir desde sus raíces. Este niño, con botas llenas de barro y palabras sinceras, representa un modelo de resiliencia rural que merece ser apoyado y replicado.

Finalmente, preservar este tipo de realidad implica acción. Si como sociedad no respaldamos a las familias campesinas, si no dignificamos su labor ni fomentamos el arraigo de los jóvenes a la tierra, corremos el riesgo de perder no solo una forma de vida, sino un conocimiento ancestral invaluable.

Si quiere conocer más de su historia, vea la siguiente publicación (si no la visualiza, refresque la página):


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