Con más de 500 años de adaptación al trópico, el país posee ocho razas bovinas criollas y dos razas colombianas de origen sintético (desde la Romosinuano de las sabanas del Sinú hasta la Lucerna del Valle del Cauca) las cuales representan un patrimonio genético invaluable. A ellas se sumaría una onceava raza: el Campuzano o Guajirero. CONtexto se las presenta una por una.
Cuando un toro romosinuano descansa tranquilo bajo el sol intenso de la Costa Atlántica, mientras otras razas buscan desesperadamente la sombra, no está desafiando las condiciones del clima: está expresando siglos de adaptación al trópico colombiano y haciendo lo que su naturaleza le dicta.
Cinco siglos de selección natural y adaptación al medio del trópico colombiano convirtieron a este animal (y a siete razas criollas más) en lo que expertos y ganaderos llaman una ventaja competitiva real que el país todavía no ha aprendido a valorar del todo.
A estas ocho razas criollas se suman dos razas colombianas de origen sintético, que completan el inventario bovino autóctono del país.
CONtexto consolidó que Colombia cuenta con ocho razas bovinas criollas: Romosinuano, Blanco Orejinegro, Hartón Del Valle, Chino Santandereano, Sanmartinero, Criollo Caqueteño, Criollo Casanareño y el Costeño Con Cuernos. Se habla de razas criollas porque descienden del ganado ibérico traído por los conquistadores españoles y se formaron por selección adaptación natural al territorio colombiano durante siglos (no por cruzamientos técnicos dirigidos).
Distinto es el caso de las dos razas colombianas: Velásquez y Lucerna, que, como ya se mencionó, son sintéticas creadas en Colombia mediante cruces direccionados. Por eso se denominan colombianas, no criollas.
Los ganados criollos tienen, por lo general, tonalidades rojizas a excepción del blanco orejinegro, son de tamaño mediano, orejas pequeñas y ombligos y prepucios cortos y cuentan con el gen de pelo corto que los hace muy resistentes a los climas tropicales.
A estas diez razas reconocidas podría sumarse una onceava: el ganado criollo Campuzano, que rondaba las sabanas del alto Cesar y La Guajira, pero cuya población no ha sido formalmente establecida al día de hoy.
Cada una de estas razas nació en un rincón específico del territorio nacional y se formó a partir del ganado traído por los conquistadores españoles, y fueron cruzándose y adaptándose durante generaciones a las condiciones locales de suelo, clima, humedad, disponibilidad de forraje e, incluso, presencia de depredadores y parásitos tropicales.
Pese a su valor, la mayoría de ganaderos colombianos desconoce estas razas o las asocia erróneamente con baja productividad. El estigma de lo criollo (la idea de que si es de aquí es inferior) ha sido uno de los principales obstáculos para su desarrollo.
María Andrea Ospina, presidenta de Asocriollo, lo resume así: "las razas criollas y colombianas deben evaluarse desde la eficiencia integral del sistema, y no únicamente desde indicadores aislados de producción por animal".
Una raza por cada territorio
El Romosinuano es quizás la raza criolla más conocida, junto con el Blanco Orejinegro. Originaria del Valle del río Sinú, en la Costa Norte. Su nombre ya lo dice todo: romo, por la ausencia de cuernos, y Sinuano, por su geografía de cuna.
Su rusticidad, fertilidad, longevidad y mansedumbre al igual que su buen desarrollo muscular y su alta calidad de carne, la convierten en una de las razas con mayor habilidad combinatoria para cruzamientos en producción de carne con razas como Brahaman y Nelore.
En las zonas de clima medio de los Andes colombianos habita el Blanco Orejinegro (también llamado ganado antioqueño), cuyo nombre describe su rasgo más llamativo: pelaje blanco sobre piel y orejas negras.
Esa pigmentación le confiere una tolerancia notable a la radiación solar y a ectoparásitos como el nuche y las garrapatas. De gran fertilidad, mansedumbre y buena producción láctea se ha usado muy bien en ganaderías de lechería de trópico bajo en cruces con Holstein, Pardo Suizo o Jersey.
Existe una línea más lechera y una inclinada a la producción de carne pues su desarrollo muscular es mayor, haciéndola una gran opción para cruces doble propósito.
El costeño con cuernos comparte región con el romosinuano pero es, paradójicamente, una de las razas criollas de menor población y más escasa difusión en la actualidad.
Se distingue por su alta fertilidad, resistencia a enfermedades, excelente habilidad materna y capacidad para aprovechar forrajes de baja calidad, características especialmente valiosas en zonas marginales y con condiciones climatológicas difíciles para otras razas.
El chino santandereano, originario de la Cordillera Oriental, comparte clima y vocación con el Bon: tolerante a variaciones climáticas extremas, con sobresaliente fertilidad y habilidad materna. Es así mismo una raza con un bajo inventario en la actualidad.
En el Valle del río Cauca, entre las cordilleras Occidental y Central, se desarrolló el hartón del valle, cuya denominación viene del parecido de sus cuernos con el plátano hartón. De buena fertilidad, a pesar de las condiciones propias de su entorno, es un animal de buena producción láctea y gran habilidad materna.
En la Orinoquia colombiana conviven dos razas. El sanmartinero, con su alzada de 1,30 m en hembras y 1,35 m en machos, aproximadamente, se desenvuelve con soltura en las planicies del piedemonte llanero.
El Criollo Casanareño, también llamado ganado llanero, es símbolo de los llanos orientales y referente de resistencia extrema. Es un ganado de hocico delgado y pezuñas muy duras que le permiten su subsistencia en las sabanas inundables del Casanare y Arauca.
En el pidemonte amazónico, el Criollo Caqueteño (con cercanía genética al sanmartinero, hartón del valle y al romosinuano) representa un biotipo identificado más recientemente que guarda en su ADN la capacidad asombrosa de producir en las montañas caqueteñas bajo climas calurosos y de alta humedad.
Completaría el panorama el Guajirero o Campuzano, raza forjada en la península de La Guajira, uno de los entornos más áridos y exigentes del país.
Aunque existen referencias históricas de este ganado en las sabanas del alto Cesar y La Guajira (referente de adaptación extrema), su población no ha sido establecida formalmente, lo que la mantiene como una posible onceava raza criolla a la espera de reconocimiento oficial.
Junto al Campuzano, y cerrando el panorama del bovino nativo colombiano, se ubican las dos razas sintéticas colombianas: la lucerna, formada con base en cruzamientos de hartón, Holstein y Shorthorn, nombrada así por la hacienda que la vio nacer en el Valle del Cauca; y la Velásquez, creado a partir del Romosinuano, en cruzamientos con Red Poll y Brahman Rojo por el médico veterinario José Velásquez en la hacienda África, en La Dorada, Caldas.
Estas razas, como parte de razas criollas, guardan todo el potencial de adaptación.
Eficiencia que se mide en la finca
La pregunta que muchos ganaderos se hacen es concreta: ¿producen tanto como una raza importada? La respuesta, según los expertos, requiere cambiar la pregunta. Ospina aseguró que "su principal ventaja económica radica en que producen bajo condiciones donde otras razas requieren mayor inversión en alimentación, manejo sanitario, infraestructura, porque presentan mayor fertilidad, longevidad, habilidad materna, temperamento y adaptación al trópico, lo que reduce costos y mejora la rentabilidad del negocio".
Milena Suárez, directora ejecutiva de Asocriollo, plantea que un toro criollo tiene mayor lívido y fertilidad, fruto de su adaptación, aun en condiciones climáticas difíciles.
La tasa de preñez elevada, que llega frecuentemente a un 80 u 85%, se traduce directamente en más nacimientos, por consiguiente, más kilos en terneros destetos y más lactancias o litros de leche y, a largo plazo, en más ingresos económicos para el ganadero.
La longevidad es otro argumento poderoso. Suárez reveló que en predios asociados a Asocriollo es posible encontrar "vacas con 20 años pariendo en condiciones muy buenas, con su condición corporal excelente", lo que significa más crías a lo largo de la vida reproductiva del animal y, en consecuencia, más rentabilidad.
En tiempos de ola de calor, agregó, los animales criollos se ven pastando en confort, mientras otras razas sufren de estrés térmico.
El reto de cambiar la narrativa
Pero el mayor obstáculo no es productivo: es cultural. La palabra "criollo" como sinónimo de inferioridad o de segunda clase, ha pesado durante décadas sobre estas razas.
Suárez es enfática: "la palabra criollo no quiere decir que sea malo, esa interpretación nos ha estigmatizado un poco pero sí quiere decir que es lo nuestro y, por ende, que es bueno".
A ese estigma se suma la falta de registros concretos en muchas ganaderías. Ospina señaló que "todavía persisten mitos y desconocimientos sobre su potencial productivo" y que el camino para superarlos pasa por la generación de información técnica sólida, la evaluación genética y la visibilización de casos exitosos de productores que ya apuestan por lo criollo.
El cambio climático añade urgencia al debate. Con eventos climáticos cada vez más extremos en el trópico colombiano, Ospina ve en las razas criollas una respuesta estructural: "apostar por las razas criollas colombianas significa construir una ganadería resiliente, capaz de mantener la productividad con una menor dependencia de insumos y una mejor adaptación a los desafíos ambientales que enfrentamos hoy y los que están por venir".
El tesoro genético, en suma, ya existe. El reto es que Colombia aprenda a reconocerlo.



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