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columna

¡Álvaro!

por: José Félix Lafaurie Rivera- 31 de Diciembre 1969

En la historia universal, la referencia a “Leonardo”, a secas, nos lleva al portento de Vinci, en los extramuros de Florencia, al hombre del renacimiento, al polímata…, al sabio. En nuestra historia, una alusión a “Álvaro”, a secas, nos remite sin atajos al mártir del 2 de noviembre de 1995; Álvaro Gómez Hurtado, uno de esos seres “enciclopédicos”, excepcionales, que brotan de tiempo en tiempo para iluminar la penumbra de la cotidianeidad humana.

La recordación de otros “Álvaros” importantes en nuestra historia está atada a su apellido. En literatura, por ejemplo, Cepeda Zamudio nos regaló “La Casa Grande” y Mutis nos contó las aventuras de Maqroll. Álvaro, por el contrario, y con el perdón de su familia, parece no necesitar de sus apellidos convencionales. Él mismo, su nombre, es expresión del ser integral, del saber profundo y de la cultura, mas no como adorno sino como esencia.

En ese mundo excepcional, diverso y al mismo tiempo profundo, Álvaro tiene otros “apellidos”, que el presidente Duque reseñó en una conmovedora evocación “a capela” en el homenaje del centenario de su nacimiento: Álvaro el político, Álvaro el periodista, Álvaro el diplomático, Álvaro el artista, Álvaro el profesor, Álvaro el ideólogo, Álvaro el humanista integral.

Mauricio, su hijo, completó el retrato con la sentida reseña de Álvaro el padre, hombre de familia, tolerante, ajeno al autoritarismo, sereno ante la adversidad y sin espacio para la amargura; maestro de periodismo y de vida; “la persona más liberal y abierta que he conocido”.

El país siempre se ha preguntado sobre el “apellido” que nunca ostentó, el de Álvaro presidente, pero Juan Esteban Constaín respondió con una afirmación contundente: “Su legado no es que no haya sido presidente, sino que es, para mí, el pensador político más importante del siglo XX en Colombia”. No hay duda. De hecho, el vigor ideológico y político del partido conservador bebió en la fuente de Álvaro el doctrinante.

Quiero sumar mis propios recuerdos. Con el retorno de la democracia en 1958, Álvaro, que había sido representante hasta el cierre del Congreso en 1953, llegó al Senado con mi padre; él por Cundinamarca, mi padre por Magdalena. Años más tarde, ya en mi juventud, mi vida se fue acercando a la suya y empezó a ser moldeada por su talante.

En 1989, Álvaro, el maestro y mentor, me convocó a la coordinación política del Movimiento de Salvación Nacional y, luego, me confió la dirección de la revista Síntesis Económica, fundada con su hermano Enrique en 1975, en una época en que las estadísticas eran aún precarias y una rareza el análisis económico. Otro apellido: Álvaro, el adelantado a su tiempo, el abogado y humanista que, de contera, dominaba el tema económico. Allí permanecí hasta aquel fatídico 2 de noviembre y, tiempo después, por decisión de su familia, desapareció la revista pionera del periodismo económico en Colombia.

Para quienes pudimos disfrutar de su charla, reflexiva, seseante y muy expresiva; y compartimos, además, ideología y avatares políticos, su ausencia sigue doliendo. De ahí la importancia de la solicitud pública del presidente a la Corte Suprema, para que su asesinato sea declarado de lesa humanidad.

Las palabras del presidente Duque fueron un gran homenaje, que selló la consagración de su presencia permanente en la Casa de Nariño, con el óleo que presidirá la Sala de Juntas del despacho presidencial, en adelante “Sala Álvaro Gómez Hurtado”.

Comparto con Constaín: su pensamiento político, el más importante del siglo XX en Colombia, es trascendente y hace parte del patrimonio inmaterial del país. Su magnicidio no puede quedar impune.

@jflafaurie.