Las inundaciones en Córdoba y Sucre dejaron miles de hectáreas bajo el agua y a cientos de productores enfrentando pérdidas y deudas. La recuperación del campo necesitará algo más que solidaridad.
En el campo sabemos que el agua es vida. Pero también que, cuando se desborda, puede arrasar con todo.
Sin embargo, quienes vivimos de la tierra sabemos algo más: muchas veces la verdadera tragedia comienza cuando el agua se retira. Es entonces cuando aparecen los potreros destruidos, los animales muertos, los cultivos perdidos y la angustia de cientos de familias que deben empezar de nuevo.
Eso es precisamente lo que hoy viven muchos productores rurales en los departamentos de Córdoba y Sucre, donde las lluvias intensas y el desbordamiento de ríos y ciénagas dejaron miles de hectáreas bajo el agua, viviendas afectadas y fincas enteras golpeadas por una emergencia que en pocos días borró el esfuerzo de años.
Para quienes trabajamos en el campo, estas tragedias no son solo cifras. Son productores que en medio de la noche tuvieron que sacar su ganado hacia terrenos más altos; familias que vieron desaparecer sus pasturas y cultivos; comunidades enteras tratando de salvar lo poco que quedó.
Pero en medio de la dificultad también apareció algo que caracteriza a los colombianos: la solidaridad.
Desde distintas regiones del país comenzaron a llegar ayudas, donaciones y mensajes de apoyo para las comunidades afectadas. Y, como ha ocurrido muchas ocasiones en nuestra historia rural, el sector ganadero volvió a responder.
Desde Fundagán activamos nuestra red de aliados para acompañar a las familias afectadas. Logramos gestionar más de 16 toneladas de ayudas para Córdoba: leche, arroz, pañales, mercados, ropa y kits de aseo.
Lo hicimos convencidos de algo que quienes vivimos en el campo sabemos muy bien: el campo colombiano es una gran familia, y cuando uno de sus miembros atraviesa momentos difíciles, los demás aparecen para tender la mano.
Pero cuando el nivel del agua empieza a bajar comienza un desafío aún mayor: la recuperación.
Miles de hectáreas de pasturas quedaron destruidas o gravemente afectadas. Recuperar esos potreros no es inmediato: se necesitan recursos, trabajo y tiempo. Para muchos pequeños y medianos productores, volver a tener sus fincas productivas puede tardar meses o incluso años.
A esa preocupación se suma otra que hoy inquieta profundamente a muchas familias rurales: las deudas.
Muchos productores afectados tienen créditos vigentes con el sistema financiero. Pero cuando una finca queda inundada y la producción se detiene, surge una pregunta que el país debe atender con responsabilidad: ¿cómo podrá cumplir con sus obligaciones quien perdió su capacidad productiva por un desastre natural?
Este es el momento en que Colombia debe demostrar que entiende la realidad del campo.
Se necesitan medidas que permitan la recuperación de las zonas afectadas: programas de restablecimiento de pasturas, apoyo productivo y mecanismos que alivien la situación financiera de los productores, como reestructuración de deudas y periodos de gracia.
Instituciones de fomento rural como Finagro, junto con el sistema financiero y el Gobierno nacional, tienen hoy la oportunidad de acompañar decididamente la recuperación de estas regiones.
No se trata de pedir privilegios. Se trata de reconocer que cuando un desastre natural golpea con esta magnitud al campo colombiano, se requieren respuestas extraordinarias para evitar que cientos de productores queden atrapados en una crisis de la que sea imposible recuperarse.
El productor rural colombiano siempre ha demostrado una enorme resiliencia. Después de cada invierno, de cada sequía o de cada crisis, el campesino vuelve a sembrar, vuelve a levantar su finca y vuelve a producir alimentos para el país.
Pero esa resiliencia también necesita del acompañamiento del Estado y del sistema financiero.
Las inundaciones en Córdoba y Sucre nos recuerdan la fragilidad de muchas regiones rurales frente al clima. Pero también algo que siempre aparece cuando el país enfrenta una tragedia: la solidaridad de los colombianos.
Ahora esa solidaridad debe convertirse en decisiones que permitan que los productores afectados vuelvan a levantarse.
Porque el campo colombiano puede resistir la lluvia, puede superar las inundaciones y puede volver a empezar.
Lo que no puede hacer es reconstruirse solo.
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