Cuando se habla de competitividad en el sector agropecuario, la conversación termina siempre en el mismo lugar: necesitamos producir más. Más litros de leche por vaca, más kilogramos de carne por hectárea, más rendimiento por cultivo. Todo eso es necesario. Pero la discusión está incompleta. La verdadera competitividad no depende únicamente de cuánto producimos. Depende, sobre todo, de cuánto nos cuesta producir.
Esa diferencia parece sutil, pero lo cambia todo. Un ganadero puede mejorar la genética de su hato, renovar pasturas, incorporar tecnología y aumentar sus rendimientos. Sin embargo, si producir en Colombia continúa siendo estructuralmente más costoso que en los países con los que competimos, buena parte de ese esfuerzo se diluye antes de llegar al mercado.
Para entender el problema es necesario separar dos tipos de costos.
Los primeros son los costos visibles: fertilizantes, medicamentos veterinarios, semillas, concentrados, mano de obra, energía y combustibles. Son los que aparecen cada mes en la contabilidad de cualquier empresa agropecuaria y sobre los que el productor tiene algún margen de control.
Los segundos son los costos invisibles, y muchas veces son los que más pesan sobre la rentabilidad. No aparecen en la factura, pero sí en la utilidad. Son las horas perdidas por una vía rural deteriorada, la energía cara que encarece el procesamiento, la ausencia de electricidad confiable en la finca, la extorsión que se paga en silencio y los bloqueos que inmovilizan la producción. Son costos que el productor no genera, pero que termina pagando.
Y esos costos son enormes. Según la Encuesta Nacional Logística 2024 del DNP, los costos logísticos representan el 15,6 % de los ingresos de las empresas colombianas, casi el doble del referente de los países más desarrollados, cercano al 8 %. Detrás de esa brecha está, en gran parte, una red vial rural en estado crítico: Colombia tiene 142.284 kilómetros de vías terciarias, según el INVIAS y el Ministerio de Transporte, pero solo el 6 % se encuentra en buenas condiciones. Cada kilómetro deteriorado es un costo que el productor paga dos veces: en tiempo y en dinero.
La energía suma por partida doble. En la fase industrial, la energía representa el 14 % de los costos de un frigorífico de carne de res y el 12 % en una planta transformadora de leche, según Fedegán. Y en las fincas, la cobertura eléctrica rural llegó al 75,92 % en 2024 —según la UPME—, lo que significa que más de 1,3 millones de viviendas rurales aún carecen de servicio confiable. Sin electricidad no hay refrigeración de leche, no hay riego tecnificado, no hay agroindustria rural.
Los combustibles agravan el cuadro. La gasolina mueve motobombas, guadañas, plantas eléctricas, cuatrimotos y motores fuera de borda que conectan fincas ribereñas con los centros de acopio. El ACPM mueve tractores, camiones y maquinaria agrícola. Cada alza en su precio se incorpora silenciosamente al costo de producir alimentos. La respuesta no puede limitarse a pedir combustibles más baratos; debe avanzar hacia la electrificación rural confiable, los sistemas solares, los biodigestores y el acceso a equipos más eficientes.
A todo lo anterior se suma la inseguridad. Las extorsiones en Colombia aumentaron un 21 % en 2024, según el Consejo Gremial Nacional. Cada extorsión es un impuesto ilegal a la producción. En 2025, 413 bloqueos viales le costaron a la economía más de $1,4 billones, según Colfecar. La seguridad rural no es únicamente una política de orden público; es una condición indispensable para competir.
La asociatividad ofrece una de las respuestas más concretas y accesibles. Donde los productores se organizan, realizan compras conjuntas de fertilizantes, medicamentos y maquinaria, y comparten centros de acopio y comercialización, los costos bajan y el poder de negociación sube. La competitividad no siempre nace dentro del portón de una finca. Muchas veces comienza cuando varias fincas deciden operar como una sola región. Precisamente, durante la próxima Gira Técnica Ganadera del Magdalena Medio visitaremos predios donde la energía solar abastece sistemas de riego y el estiércol se convierte en insumo para la fertilización, reduciendo la dependencia de fertilizantes químicos. Son ejemplos concretos de que la innovación puede ser una ventaja competitiva real.
Los países que hoy lideran las exportaciones agropecuarias tomaron decisiones distintas con resultados contundentes. Brasil creó en 1973 la Empresa Brasileña de Investigación Agropecuaria (EMBRAPA) y convirtió la ciencia en una palanca de reducción de costos. Hoy, por cada real invertido en EMBRAPA, la sociedad brasileña recibe R$ 27,12 de retorno, según la propia entidad. Un estudio independiente del National Bureau of Economic Research (NBER) de Estados Unidos concluyó que la inversión pública en EMBRAPA aumentó en 110 % la productividad agrícola nacional, con una relación beneficio-costo de 17 a 1. Paraguay, por su parte, convirtió la energía de Itaipú en una ventaja competitiva estructural: su energía industrial cuesta USD 41 por MWh, frente a USD 117 en Brasil y USD 222 en Colombia. Esa diferencia no es casualidad; es el resultado de una política de Estado.
Ninguno de esos países llegó allí por azar. Ambos comprendieron que producir más era importante, pero que producir con menores costos estructurales era estratégico.
Esto exige una responsabilidad compartida. El productor debe seguir innovando y administrando con eficiencia. Los gremios deben fortalecer la transferencia de conocimiento y la asociatividad. La banca debe facilitar la financiación para la modernización tecnológica. Y el Estado debe concentrarse en eliminar los costos invisibles que hoy le restan competitividad al campo: construir las vías, garantizar la energía, proveer la seguridad y generar el entorno que le permita al productor dedicar sus recursos a producir, en lugar de gastarlos resolviendo las deficiencias del sistema.
Competir sí cuesta. Pero gran parte de lo que nos cuesta no es el precio de producir bien. Es el precio de producir en un entorno que aún no está a la altura del campo que tenemos. Y eso, a diferencia de la genética o la tecnología, es una decisión que puede tomarse hoy.
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