CONtexto Ganadero - Una lectura rural de la realidad colombiana
Silverio Herrera

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En Colombia los milagros sí existen

por: Silverio Jose Herrera- 31 de Diciembre 1969


Colombia llega a una de las elecciones presidenciales más decisivas de su historia reciente. En menos de tres días, el país escogerá al sucesor del presidente Gustavo Petro, un mandatario que llegó al poder prometiendo un cambio histórico, pero cuyo gobierno terminó convertido, para millones de colombianos, en una profunda decepción política, institucional y moral.

No se puede negar que Petro hizo historia al convertirse en el primer presidente de izquierda de Colombia. Ese hecho, por sí solo, representó una transformación en el mapa político nacional. Muchos ciudadanos votaron con esperanza, cansados de los errores de los gobiernos tradicionales, de la desigualdad, de la corrupción y de una clase dirigente desconectada de las regiones. Sin embargo, una cosa es ganar una elección y otra muy distinta es saber gobernar un país tan complejo como Colombia.

El gran problema del gobierno Petro fue precisamente ese: nunca entendió la dimensión de la Presidencia de la República. Gobernar no es hacer campaña permanente, ni dividir al país entre amigos y enemigos, ni convertir cada discurso en una confrontación ideológica. Colombia necesitaba un jefe de Estado; terminó teniendo un líder político atrapado en la retórica de oposición incluso después de haber llegado al poder.

El país que hoy reciben los candidatos presidenciales es una nación golpeada por la inseguridad, la incertidumbre económica y la pérdida de confianza institucional. Mientras el presidente hablaba de “paz total”, los grupos armados ilegales se fortalecían en amplias zonas del territorio nacional. El narcotráfico volvió a expandirse con fuerza, los cultivos ilícitos crecieron de manera alarmante y muchas regiones quedaron prácticamente bajo control de estructuras criminales.

La sensación de inseguridad se disparó en ciudades y carreteras. Secuestros, extorsiones, asesinatos selectivos y ataques contra la Fuerza Pública regresaron al lenguaje cotidiano de los colombianos. La autoridad del Estado comenzó a debilitarse justamente cuando más firmeza necesitaba el país.

A esto se sumaron los escándalos de corrupción que marcaron el gobierno desde sus primeros meses. El caso de Nicolás Petro estremeció al país al abrir interrogantes sobre la financiación de la campaña presidencial. Posteriormente llegaron las polémicas alrededor de Armando Benedetti y Laura Sarabia, que dejaron al descubierto luchas internas, acusaciones explosivas y presuntas irregularidades que golpearon gravemente la imagen del gobierno.

Paradójicamente, muchos de quienes llegaron prometiendo acabar con las viejas prácticas terminaron reproduciéndolas. La izquierda colombiana, que durante décadas construyó su discurso sobre la superioridad ética frente a los partidos tradicionales, también probó las mieles del poder y terminó seducida por el color verde del dinero y las cuotas burocráticas. Esa es quizá una de las mayores frustraciones de este periodo presidencial.

Pero el balance no solamente debe medirse desde los escándalos. También existe un desgaste evidente en la economía y en la confianza inversionista. La incertidumbre generada por reformas improvisadas, los constantes choques con el sector empresarial y el ambiente de confrontación permanente afectaron la estabilidad del país. Muchos colombianos sienten hoy miedo frente al futuro, y cuando un país pierde la confianza, pierde también buena parte de su capacidad de avanzar.

No obstante, esta elección no debe convertirse en una batalla de odios ni de venganzas políticas. Colombia necesita sensatez. Necesita recuperar la autoridad, fortalecer las instituciones, combatir la corrupción venga de donde venga y reconstruir la confianza ciudadana. El país no puede seguir dividido entre extremos irreconciliables mientras los verdaderos problemas continúan creciendo.

Hoy la responsabilidad histórica recae sobre los ciudadanos. Ya no se trata únicamente del presente, sino del futuro de nuestros hijos y nietos. Las nuevas generaciones merecen una Colombia donde el mérito vuelva a tener valor, donde el emprendimiento no sea castigado y donde la ley vuelva a imponerse sobre el crimen.

Y es precisamente en medio de este panorama donde muchos colombianos han comenzado a hablar de milagros. Porque cuando una nación siente que ha tocado fondo, aparece también la esperanza de corregir el rumbo. En mi caso personal, no escondo mi afinidad hacia Abelardo de la Espriella y su propuesta de “Patria Milagro”, una idea que conecta con el sentimiento de millones de ciudadanos cansados del caos, la improvisación y el desgobierno.

El verdadero milagro que necesita Colombia no será obra de un solo hombre, sino de una ciudadanía capaz de votar con criterio, memoria y amor patrio. Porque sí, en Colombia los milagros existen… pero solamente ocurren cuando un pueblo decide salvarse a sí mismo.