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columna

La estrategia de Claudia López contra la inseguridad es equivocada

por: Carlos Alonso Lucio- 31 de Diciembre 1969

Lo que nos atormenta en Bogotá no una “percepción” errada de la inseguridad sino una oleada real de atracos, asaltos, homicidios de la delincuencia envalentonada

Lo que nos atormenta en Bogotá no una “percepción” errada de la inseguridad sino una oleada real de atracos, asaltos, homicidios de la delincuencia envalentonada

Como bien lo afirmó Pedro Medellín en su columna de El Tiempo, no estamos parados frente a una crisis más de inseguridad. Estamos frente a un verdadero colapso del sistema de seguridad de Bogotá.

Sus consecuencias, ni para qué mencionarlas.

Todos sentimos la inseguridad en nuestras cotidianidades más inmediatas, y no porque la “percibamos” sino porque la vivimos, porque hemos tenido que padecerla en carne propia. Cada vez que asaltan a un familiar, a un amigo, a un vecino o a un conciudadano que va en una bicicleta, en un transmilenio o está en su casa viendo televisión, eso también es tener que sufrirla en carne propia.

Aquí encuentro el primer error frente al problema.

En una entrevista con 6AM Hoy por Hoy, la alcaldesa expuso tres aspectos de su estrategia que denotan una escasa comprensión de lo que está ocurriendo.

Su primera tesis consiste en desvirtuar que se diga que los hurtos en restaurantes están “disparados” porque, según ella, tan solo tres fueron asaltados últimamente.

Claro, uno entiende que sus palabras no encierran una literalidad precisa sino la intención ingenua de querer aplacar la desesperación colectiva insinuando que todo se debe a una cierta exageración por parte de los medios de comunicación respecto de la presentación de la inseguridad en la ciudad, de la cual se ha derivado, según ella, esa “percepción” un tanto histérica.

A mí viene preocupándome, cada vez más, la insistencia en ese embuste de hacernos creer que los problemas no radican en la realidad sino en la percepción que tenemos de la realidad. Desde hace algunos años hemos tenido que aguantarnos esa escuelita posmoderna de tecnócratas, supuestamente expertos en seguridad ciudadana, que se han dedicado a engrupir a alcaldes ignorantes, a generales holgazanes y a ciudadanos incautos con el cuentico de que lo realmente importante es la “percepción” que la gente tenga de las cosas.

Aquí radica un primero y grave error que la señora alcaldesa debiera reconsiderar, por la sencilla razón de que lo que nos atormenta en Bogotá no es una “percepción” errada de la inseguridad sino una oleada real y desbordada de atracos, asaltos, homicidios y extorsiones contra el conjunto de la población por parte de una delincuencia envalentonada que se tomó las calles aprovechándose de que, no importa cuánto hagan, no les pasa nada.

Mientras no se rectifique este primer aspecto, que lo único que pide es la aceptación elemental de la realidad, será muy difícil ponerle freno al desmadre. Si los gobernantes siguen con el cuentico de que el problema no radica en que la gente no tenga con qué cubrir sus necesidades sino en la sensación de insatisfacción que la desespera, que el problema no está en la corrupción que se roba la plata sino en la percepción de desprestigio de la clase política, que el problema no consiste en que los delincuentes estén atracando y matando a la gente sino en la “percepción” de inseguridad en las encuestas, estos gobernantes no pararán de intentar resolver el problema entre los micrófonos de periodistas, los asesores de imagen y las toneladas de pauta publicitaria para consentir a los medios de comunicación.

Pues resulta que no.

Esta vez el colapso del sistema de seguridad es tan descomunal y la victimización real de los bogotanos tan insoportable que las acostumbradas estrategias de marketing y cosmetología no darán abasto y los responsables se verán obligados a aterrizar en políticas de seguridad basadas en la realidad o tendrán que renunciar y dejar el espacio para que llegue alguien que sea capaz de hacerlo.

La segunda apuesta estratégica que la alcaldesa nos contó en su entrevista apunta a aumentar una vigilancia “disuasiva”, una especie de patrullaje preventivo. Nos cuenta que le solicitó al gobierno nacional 1.000 soldados y que solo ha recibido 360.

Con todo respeto, otra medida cosmética y para la taquilla.

Poner a recorrer calles para arriba y para abajo a 360 o a 1.000 soldaditos, en grupitos de 5 o de 10, impedidos para portar sus armas, con órdenes de no detener a nadie ni tan siquiera en casos de flagrancia, frente a una delincuencia tan numerosa, violenta y empoderada, en una ciudad del tamaño de Bogotá, parece un chiste. 360 0 1.000 nuevos soldados patrulleros en Bogotá hacen la misma diferencia que echarle un vaso de agua a una represa en momentos de sequía.

Es tan elemental como entender que a una delincuencia tan desbordada y dispuesta a matar y a agarrarse a tiros con cualquiera no se la “disuade” con pañitos de agua tibia.

Intentar “disuadir” a los delincuentes de hoy con patrulleritos desarmados y demás fueguitos fatuos —disuasorios— es otro error estratégico. Hoy no se trata de “disuadir” a los delincuentes sino de combatirlos y derrotarlos con la decisión contundente que merece la causa de defender a los ciudadanos, a nuestras familias, de las bandas que los están robando y matando.

Así de claro.

El tercer planteamiento de su estrategia nos habla de “desarmar a la ciudadanía”, sobre todo de armas blancas y armas traumáticas.

La verdad, no entendí nada.

Uno podría intentar entender algo si estuviéramos hablando de política, de política electoral, de política electoral en Estados Unidos. Pero eso no tiene ninguna pertinencia si estamos hablando de estrategia y, menos, si estamos hablando de estrategia contra los asaltantes de la Bogotá de hoy.

Lo primero que hay que puntualizar es que las armas que están asaltando en Bogotá no son las de la ciudadanía sino las de los delincuentes. Luego lo procedente no es desarmar a la ciudadanía sino a los delincuentes.

Pero hay otra consideración que me parece pertinente recomendarle a la señora alcaldesa y a sus expertos: y es que la ciudadanía de Bogotá no está armada. Todo lo contrario. Lo que está es desarmada frente a unos delincuentes armados que la roban y la matan porque los gobernantes y los policías armados que debieran defendernos de los delincuentes armados, no lo hacen.

Esto, claro está, salvo que los expertos posmodernos en seguridad ciudadana hayan decidido elevar a la categoría de arma blanca los cuchillos para pelar papas que suelen utilizarse en las cocinas bogotanas. Si es así, presento excusas de antemano.

En fin, la estrategia expuesta por la alcaldesa López nos deja una percepción, esta vez sí, coincidente con la realidad.

Todo parece indicar que ni la alcaldesa, ni sus expertos, ni los generales de la policía, están preparados para enfrentar el desbordamiento terrible de la delincuencia que nos invade día tras día.