CONtexto Ganadero - Una lectura rural de la realidad colombiana
Julián Ramírez

columna

La tiranía del “Teusaquiyorker”: cuando la moral de boutique suplanta la democracia

por: Julián Ramírez- 31 de Diciembre 1969


Vivimos una época paradójica. Mientras celebramos la diversidad y el pluralismo como banderas del progreso, asistimos impotentes al surgimiento de un nuevo autoritarismo, más sutil pero no menos peligroso que sus predecesores. Se trata de la tiranía del "teusaquiyorker" - esa élite ilustrada que, desde la comodidad de sus burbujas urbanas, pretende legislar no solo nuestra conducta, sino incluso nuestros gustos y tradiciones más arraigadas.

Resulta sintomático de nuestra decadencia discursiva esta urgencia por transformar aversiones personales en mandatos colectivos. Observando el panorama político actual, una ausencia se hace particularmente reveladora: la del estadista con suficiente elegancia intelectual y valor cívico para defender la tauromaquia no como mero espectáculo, sino como expresión cultural compleja y, fundamentalmente, como derecho de quienes LIBREMENTE eligen preservarla. O, en su defecto, aquel que se niegue con dignidad a estigmatizar el gusto ajeno.

El político contemporáneo sufre de una convicción narcisista: cree que sus fobias y filias deben erigirse en ley para toda la sociedad. Es la lógica del déspota ilustrado revisitada: "Yo detesto esto, luego debe ser extirpado para vuestro propio bien". Esta infantilización del debate público se manifiesta en consignas simplistas: "mi repulsión hacia los toros justifica su prohibición"; "mi simpatía por las sustancias psicoactivas exige su legalización".

Así se esfuma la delgada línea entre la convicción democrática y el capricho autoritario. Esta ceguera voluntaria es el estandarte de lo que podríamos definir, con precisión sociológica, como la clase "teusaquiyorker".

Teusaquiyorker: Neologismo que sintetiza la idiosincrasia del bogotano de Teusaquillo o Chapinero con las aspiraciones neoyorquinas. Designa a una élite urbana, hiperconectada retóricamente con el globalismo, pero profundamente desconectada de la geografía humana de su propio país.

Habita una burbuja donde las consignas reemplazan a la cultura y el "virtue signaling" suplanta al conocimiento tangible. Cree conocer la Colombia profunda por haberla visto en un documental de Netflix, mientras desconoce que, más allá de la Sabana, late un país donde las tradiciones equinas, taurinas y campesinas no son folklore para turistas, sino el cemento social de comunidades enteras.

El teusaquiyorker promedio tiene doctorado en estudios de género de universidades extranjeras, pero ignora la complejidad del campesinado colombiano. Domina tres idiomas, pero no comprende el lenguaje simbólico de la cultura taurina. Se escandaliza por la muerte ritualizada de un toro, pero consume alegremente aguacates de cultivos que desplazan comunidades enteras.

Mientras esta clase impone su código moral provincial, en Iberoamérica se discuten, con una frialdad pasmosa, fronteras éticas que redefinen la institución social más elemental: la familia.

El Debate sobre la Despenalización del Incesto en Costa Rica representa un ejemplo paradigmático. Impulsado desde sectores académicos y activistas, se plantea la necesidad de despenalizar las relaciones sexuales consentidas entre adultos con parentesco consanguíneo. Los argumentos esgrimen autonomía personal y libre desarrollo de la personalidad, desafiando tabúes milenarios y poniendo en jaque principios de protección familiar y salud genética que han sustentado el derecho de familia occidental durante siglos.

Más impactante aún resulta el caso de la "Unión Poliafectiva" registrada en São Paulo, Brasil. Sin ley expresa que la ampare, pero mediante interpretaciones expansivas del concepto de familia, notarías brasileñas han reconocido uniones estables entre tres personas, otorgándoles derechos patrimoniales y de pensión análogos al matrimonio. Este caso, pionero en la región, fractura el principio de bilateralidad que estructura el matrimonio, introduciendo de facto el poliamor en el derecho civil y generando un terremoto jurídico sobre filiación, herencia y disolución.

Frente a estos debates de profundidad abismal -que reconfiguran la antropología misma de nuestras sociedades-, la obsesión prohibicionista del teusaquiyorker contra la tauromaquia revela su verdadera naturaleza: no es coherencia moral, sino moda. No es progreso, sino provincialismo disfrazado de vanguardia.

Prefieren perseguir una corrida de toros en Zipaquirá que lidiar con las complejidades de un mundo donde los fundamentos de la sociedad se desdibujan. Es más fácil prohibir lo que no les gusta que entender lo que realmente está sucediendo. Mientras discuten acaloradamente sobre los derechos de los toros, ignoran debates fundamentales sobre la naturaleza de la familia, la vida y la sociedad.

Es un ejercicio de lucidez política distinguir entre la fachada discursiva y el motor real de las batallas culturales. Pretender que la confrontación sobre la tauromaquia se libra en el terreno de la ética, la estética o el bienestar animal es un error de diagnóstico fundamental.

El argumento ético se desvanece ante la más elemental coherencia: quien se escandaliza por la muerte ritualizada de un toro en la plaza, pero celebra la producción industrial de carne donde un animal vive una vida de sufrimiento en una jaula, no defiende un principio ético -practica un cinismo selectivo.

El argumento estético es, por definición, subjetivo e impropio para la ley. Legislar sobre lo "bello" o "grotesco" es la pretensión del déspota, no del estadista. Lo que para unos es barbarie, para otros es arte sublime, y el Estado liberal no tiene autoridad para dirimir ese juicio de valor.

El argumento animalista, en su extremo más puro, choca con la realidad antropológica de la humanidad como especie que interactúa con, y utiliza, a otras especies. Se convierte en un sentimentalismo urbano que, una vez más, ignora la complejidad de la relación campo-animal en contextos que no son los de una mascota en un apartamento de estrato 6.

El núcleo duro de esta controversia no es ético, estético ni animalista. Es profundamente político. Representa la batalla por la hegemonía cultural entre dos proyectos de país antagónicos: uno, urbano, globalizado y homogenizante, que busca imponer su código moral como único legítimo; y otro, provincial y arraigado, que resiste a ver su identidad declarada ilegítima por decreto de una minoría ilustrada.

Discutir sobre el dolor del toro es un callejón sin salida; es una trampa dialéctica cuidadosamente preparada. El verdadero debate es sobre el poder: quién tiene la autoridad para definir qué tradiciones merecen persistir y cuáles deben ser erradicadas. Y en ese terreno, la retórica del "virtue signaling" se revela como lo que siempre fue: un arma de guerra cultural que no busca convencer, sino anular y silenciar.

He aquí la oportunidad histórica que los observadores agudos perciben: más allá de la polémica específica sobre los toros, un político con visión nacional -y no meramente regional- podría capitalizar electoralmente esta brecha cultural si tuviera el carácter necesario.

Mientras la clase "teusaquiyorker" sigue enfrascada en sus guerras culturales de boutique, existe una Colombia real, vasta y mayoritariamente silenciosa, que se siente menospreciada y legislada en contra por una élite que no la comprende ni la respeta.

Un líder con la talla moral y el coraje político para plantarse y declarar: "defiendo la LIBERTAD de los colombianos para conservar sus tradiciones legítimas", no estaría defendiendo un espectáculo particular, sino un principio democrático fundamental: el derecho a la diferencia cultural, la libertad de elección y el respeto por las minorías -incluidas aquellas que no comparten los gustos de la “élite” capitalina.

Es decir, ese líder, de emerger, no solo encontraría una base electoral ferviente y agradecida -la de los corrales, las plazas de mercado, los municipios ganaderos y las fincas-, sino que estaría enviando un mensaje poderosísimo: hay un país más allá de las burbujas urbanas, y su voz será escuchada en la plaza pública.

Sería una apuesta arriesgada, sin duda, pero de una autenticidad brutal en un mar de discursos calculados y vacíos. En un panorama de candidatos grises e intercambiables, aquel que tenga el carácter para abrazar sin complejos esta bandera de LIBERTAD y arraigo cultural podría descubrir una veta electoral de riqueza inagotable.

No se trata, en el fondo, de defender toros. Se trata de defender a la gente común contra la nueva tiranía de los ilustrados. De proteger el derecho de las comunidades a decidir sobre sus tradiciones. De recordar que la democracia no es solo el gobierno de la mayoría, sino también el respeto por las minorías -incluidas aquellas que aman lo que la “élite” desprecia.

En última instancia, el debate sobre la tauromaquia nos interpela sobre qué tipo de sociedad queremos ser: ¿una donde una minoría ilustrada impone su moral a todos? ¿O una donde conviven pacíficamente diferentes visiones del bien, la belleza y la tradición? La respuesta a esta pregunta definirá el futuro de nuestra democracia cultural.

Julián Ramírez.

Politólogo, internacionalista y geo-estratega