Julia Inés Lema Vélez, zootecnista, Magister en Cambios Globales y Riesgo de Desastres
En el artículo anterior hablamos de por qué toda explotación pecuaria debería contar con un plan de contingencia. Las normas de bienestar animal del Ministerio de Agricultura lo exigen y la reciente Ley 2474 de 2025 fortaleció aún más la responsabilidad que tienen los propietarios y tenedores frente a la protección de los animales durante situaciones de emergencia y desastre.
Sin embargo, después de leer ese artículo, seguramente muchos productores se hicieron la misma pregunta: ¿por dónde empiezo?
La buena noticia es que no hay que inventar nada. Colombia ya cuenta con una metodología para construir planes de contingencia y gestión del riesgo: el Decreto 2157 de 2017. Aunque fue concebido para orientar a entidades públicas y privadas en la gestión de sus riesgos, sus principios pueden aplicarse perfectamente a cualquier finca ganadera, sin importar su tamaño.
Lo primero que propone esta metodología es dejar de pensar únicamente en la emergencia y comenzar a pensar en los riesgos.
Parece lo mismo, pero no lo es.
Una emergencia ocurre cuando un evento supera nuestra capacidad de respuesta. El riesgo, en cambio, puede identificarse con anticipación y, en muchos casos, reducirse antes de que ocurra el problema.
Por eso, el primer ejercicio que debería hacer cualquier productor es recorrer su finca con una mirada diferente. No para revisar el ganado o los potreros, sino para preguntarse qué situaciones podrían afectar seriamente la producción y el bienestar de los animales.
¿La finca ha sufrido sequías prolongadas? ¿Existe riesgo de incendios forestales? ¿Hay zonas inundables? ¿Los corrales están ubicados cerca de una quebrada? ¿Qué pasaría si se interrumpe el suministro de agua durante varios días? ¿Existe un respaldo para alimentar el ganado si las pasturas dejan de producir?
Responder estas preguntas permite identificar las amenazas propias de cada predio. Y ese es un aspecto fundamental: no existen dos fincas iguales, por lo que tampoco deberían existir dos planes de contingencia iguales.
El siguiente paso consiste en reconocer las vulnerabilidades. En gestión del riesgo siempre decimos que una amenaza no necesariamente se convierte en desastre; lo hace cuando encuentra condiciones que aumentan sus efectos.
En una explotación pecuaria esas vulnerabilidades pueden ser muchas. Depender de una sola fuente de agua, no contar con reservas de alimento, tener instalaciones deterioradas, desconocer rutas de evacuación o no saber quién debe tomar decisiones durante una emergencia son situaciones que incrementan considerablemente el riesgo.
La mayoría de las pérdidas que deja un desastre no ocurren únicamente por el evento natural. Ocurren porque el sistema no estaba preparado para responder.
Después viene una de las etapas más importantes: reducir el riesgo.
Aquí es donde la gestión del riesgo deja de ser un concepto y se convierte en acciones concretas. Construir reservorios, proteger nacimientos de agua, almacenar heno o ensilaje, establecer bancos de proteína, implementar sistemas silvopastoriles, realizar mantenimiento preventivo de la infraestructura o capacitar al personal son decisiones que fortalecen la resiliencia de la finca mucho antes de que aparezca la emergencia.
Sin embargo, incluso con todas las medidas de prevención, ningún sistema está completamente libre de enfrentar un evento adverso. Por eso el plan también debe definir cómo responder.
¿Quién coordina la atención de los animales? ¿Quién llama al médico veterinario? ¿Dónde están los medicamentos y equipos? ¿Qué hacer si es necesario movilizar el ganado? ¿Quién mantiene comunicación con las autoridades? Estas decisiones no deberían tomarse cuando ya existe una emergencia; deberían estar previstas desde mucho antes.
Hay un último componente que pocas veces se incluye y que resulta determinante: la recuperación.
Muchas personas creen que el trabajo termina cuando pasa la inundación o cuando finalmente llegan las lluvias después de una sequía. En realidad, es allí donde comienza otro reto igual de importante: recuperar la capacidad productiva de la finca.
Evaluar los daños, restablecer el suministro de agua, rehabilitar potreros, verificar el estado sanitario de los animales y reorganizar la producción hacen parte de la gestión del riesgo. Un buen plan no solo ayuda a responder; también permite recuperarse más rápido y con menores pérdidas.
La gestión del riesgo no consiste en llenar formatos ni en cumplir un requisito para una auditoría. Consiste en conocer mejor la finca, entender sus riesgos y tomar decisiones antes de que las emergencias obliguen a hacerlo.
Ese es, precisamente, el mayor valor del Decreto 2157 de 2017. Nos recuerda que la mejor respuesta ante un desastre siempre será la preparación.
Y cuando esa preparación se integra con los Manuales de Bienestar Animal y con la Ley 2474 de 2025, deja de ser únicamente una obligación normativa para convertirse en una verdadera estrategia de sostenibilidad.
Porque un buen plan de contingencia no comienza escribiendo un documento. Comienza el día en que el productor recorre su finca y se pregunta: ¿Qué podría salir mal y qué puedo hacer hoy para evitar que mañana se convierta en un desastre?
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