CONtexto Ganadero - Una lectura rural de la realidad colombiana
Silverio Herrera

columna

“Proteja mi vida, presidente”: Angie Rodríguez

por: Silverio Jose Herrera- 31 de Diciembre 1969


En Colombia, la corrupción no solo se denuncia: se susurra, se teme y, en muchos casos, se paga con silencio. Pero cuando una exfuncionaria de alto nivel rompe ese silencio y, además, lanza una súplica pública por su vida, el país entero debería detenerse. Eso fue exactamente lo que ocurrió con Angie Rodríguez, quien al cierre de una entrevista radial lanzó una frase que retumba con fuerza inquietante: “Presidente, proteja mi vida y la de mi familia”.

No es una frase cualquiera. No es un recurso retórico. Es, en esencia, una declaración de miedo. De temor real. De alguien que, tras haber estado en el corazón mismo del poder (en el Departamento Administrativo de la Presidencia, Dapre), hoy siente que su integridad está en riesgo. Y cuando alguien con ese nivel de conocimiento y cercanía al gobierno se siente así, el país no puede mirar hacia otro lado.

Rodríguez no solo habló de su seguridad personal. Fue más allá. Hizo un llamado directo a los organismos de control para que protejan “el dinero de los mojaneros”, una expresión que no es menor. Está señalando, con claridad, que hay recursos públicos en riesgo, que hay posibles manejos indebidos, que hay (una vez más) un fantasma de corrupción rondando las estructuras del poder.

Y sin embargo, el silencio. Un silencio que incomoda. Un silencio que pesa. El presidente Gustavo Petro no ha respondido públicamente a esta súplica. Tampoco lo han hecho, con la contundencia que el caso amerita, otros altos funcionarios del gobierno. Y es ahí donde surge la pregunta inevitable, incómoda pero necesaria: ¿acaso el que calla otorga?

Porque aquí no estamos ante un simple cruce de declaraciones políticas. Estamos ante una denuncia con implicaciones profundas, acompañada de un pedido explícito de protección. En cualquier democracia que funcione, esto activaría de inmediato protocolos de seguridad, investigaciones urgentes, pronunciamientos claros. Aquí, en cambio, lo que se percibe es una preocupante pasividad.

Y hay un punto adicional que no puede pasarse por alto: ante este rosario de posibles conductas irregulares que se desprenden de las declaraciones, se espera (por lo menos) una reacción inmediata de la Fiscalía General de la Nación. No como gesto político, sino como deber legal. La apertura de una investigación de oficio no es una opción decorativa, es una obligación cuando emergen indicios de posibles tipos penales. La inacción, en este contexto, no solo genera dudas: compromete la credibilidad de las instituciones.

No se puede normalizar que una exdirectora del DAPRE tenga que acudir a los micrófonos para pedir protección. No se puede aceptar que el miedo se convierta en parte del costo de hablar. Y no se puede tolerar que, frente a señalamientos de posible corrupción, la respuesta institucional sea el mutismo.

Este caso, además, tiene un componente humano que no debe perderse de vista. Estamos hablando de una mujer que se declara angustiada, que siente amenazada su vida y la de su familia. Más allá de las diferencias políticas, más allá de las interpretaciones, hay un deber básico del Estado: proteger a sus ciudadanos, y más aún a quienes denuncian posibles irregularidades.

Pero también hay un deber político. El gobierno que llegó con la bandera del cambio, de la transparencia, de la lucha contra la corrupción, no puede permitirse este tipo de sombras. Porque cada silencio, cada evasiva, cada demora en actuar, erosiona esa promesa. Y la erosiona rápidamente.

Si las declaraciones de Angie Rodríguez son infundadas, el gobierno tiene la obligación de aclararlo con hechos, no con silencio. Y si tienen algún grado de veracidad, la responsabilidad es aún mayor: investigar, sancionar y corregir. No hay punto medio cuando está en juego la integridad del Estado.

Colombia no puede seguir siendo un país donde denunciar sea un acto de valentía que pone en riesgo la vida. No puede seguir siendo un lugar donde la corrupción se diluye entre titulares y luego desaparece sin consecuencias. Y no puede aceptar que el poder se blinde con el silencio.

Lo que está ocurriendo es grave. Muy grave. Porque cuando alguien que conoce el sistema desde adentro pide protección pública, lo que está diciendo (sin rodeos) es que algo no está bien. Y cuando ese llamado no recibe respuesta inmediata, lo que se pone en duda no es solo un gobierno, sino todo un sistema.

El país merece respuestas. Pero, sobre todo, merece garantías. Garantías de que quien habla no será silenciado. Garantías de que el dinero público será protegido. Y garantías de que el poder no se ejercerá desde la sombra ni se defenderá con el silencio.

Porque en una democracia real, el silencio nunca puede ser la respuesta.