CONtexto Ganadero - Una lectura rural de la realidad colombiana
El Antojo: la finca donde medir cada decisión convirtió un capricho en un referente bufalino

Foto: Cortesía

Carlos Alberto Orejarena, zootecnista y ganadero de tercera generación, adquirir un terreno significó regresar a la tierra de sus abuelos y de su padre.

cronica

El Antojo: la finca donde medir cada decisión convirtió un capricho en un referente bufalino

por: Luis Humberto Caballero- 31 de Diciembre 1969

Lo que comenzó como una apuesta personal en una tierra de baja productividad terminó transformándose en una experiencia reconocida de la cultura bufalina santandereana, cuya producción pasó de 1.000 a 2.200 litros por búfala en lactancias ajustadas a 250 días. Detrás de su crecimiento hay una combinación de genética, información, eficiencia productiva y valor agregado que permitió duplicar la producción por búfala.

Lo que comenzó como una apuesta personal en una tierra de baja productividad terminó transformándose en una experiencia reconocida de la cultura bufalina santandereana, cuya producción pasó de 1.000 a 2.200 litros por búfala en lactancias ajustadas a 250 días. Detrás de su crecimiento hay una combinación de genética, información, eficiencia productiva y valor agregado que permitió duplicar la producción por búfala.


Hace 30 años, el predio donde hoy funciona Hacienda El Antojo era una finca con pocas perspectivas productivas. En Guapotá, Santander, apenas sobrevivía un pequeño corte de caña dulce sobre una tierra que parecía ofrecer más desafíos que oportunidades.

Para Carlos Alberto Orejarena, zootecnista y ganadero de tercera generación, adquirir un terreno significó regresar a la tierra de sus abuelos y de su padre, tradicionalmente vinculados a la producción de ganado cebú.

Lo llamó El Antojo porque ninguna otra palabra describía mejor una decisión tomada por convicción. Con el tiempo, aquel antojo terminaría marcando el rumbo de toda una empresa ganadera.


El segundo antojo cambió la historia


Los primeros años estuvieron enfocados en la producción lechera con hembras F1. Sin embargo, los resultados no fueron los esperados.

Los suelos ácidos, la dependencia de concentrados, las dificultades reproductivas y los bajos márgenes económicos terminaron limitando el crecimiento del proyecto.

La respuesta apareció lejos de la finca. Durante una década en Venezuela y posteriormente en Brasil, Orejarena conoció el potencial productivo de los búfalos.

Un colega le habló de pajillas de raza Mediterránea y despertó una nueva inquietud. Aquel fue el segundo antojo.

A su regreso a Colombia ya tenía una búfala y una ternera. Posteriormente adquirió nuevos animales en bufaleras reconocidas de Santander e incorporó inseminación artificial con semen sexado, una tecnología ampliamente utilizada en Brasil.

“Es más fácil preñar una búfala que una vaca”, aseguró.


La finca comenzó a responder


La transformación inició desde el suelo. Orejarena relata que realizó análisis fisicoquímicos para conocer las condiciones reales del terreno y diseñar programas de fertilización ajustados a sus necesidades.

Luego dividió potreros, como es la constante técnica de la ganadería sostenible que promueve FEDEGAN, e implementó el pastoreo rotacional con lo que mejoró el aprovechamiento de forraje, la recuperación de pasturas y la capacidad de carga animal. (Cap 119 - 🐃 Nutrición y praderas 🌿 #manualpracticoganadero)

También estableció bancos de forraje con Cuba 22 y Clon 51 e incorporó botón de oro (Tithonia diversifolia), fortaleciendo la oferta alimenticia y reduciendo la dependencia de suplementos externos.

Cada ajuste buscaba aumentar la productividad sin elevar innecesariamente los costos.


Números detrás del crecimiento


En El Antojo cada animal tiene historia propia. Producción, reproducción, comportamiento y desempeño quedan registrados para respaldar las decisiones sobre selección y descarte dentro del hato.

La filosofía es sencilla: conservar los animales que aportan resultados y retirar aquellos que no cumplen los objetivos productivos.

Y Los avances fueron evidentes. “La producción pasó de 1.000 a 2.200 litros por búfala en lactancias ajustadas entre 250 y 300 días”, destacó Orejarena.

La longevidad es otro de los indicadores que resalta. Recuerda a ‘La Campeona’, una búfala que produjo 16 crías durante 21 años y que fue vendida preñada a los 22 años.

También menciona a ‘La Bruja’, que con 18 años acumula 14 crías.

La calidad genética de los bucerros Mediterráneos también le ha permitido comercializar animales a bufaleras del Magdalena Medio santandereano.


Cuando producir más no era suficiente


Pero el aumento de la producción trajo consigo un nuevo desafío: el bajo precio de la leche.

La oportunidad surgió cuando una vecina le propuso elaborar cuajadas y quesos.

A partir de entonces comenzó un proceso de transformación de lácteos que permitió agregar valor a la producción y diversificar los ingresos de la finca.

Con apoyo del SENA y del Tecnig@n Santander desarrolló productos con registro sanitario del INVIMA, entre ellos cuajada, yogur y ricota.

Además, obtuvo certificaciones de predio libre de brucelosis y tuberculosis y actualmente avanza en el proceso de certificación de Buenas Prácticas Ganaderas.

La incorporación del ordeño mecánico complementó esa evolución, mejorando la eficiencia operativa, la inocuidad y las condiciones laborales de los trabajadores.


Sostenibilidad construida desde la necesidad


Las acciones ambientales surgieron como respuesta a desafíos concretos relacionados con la fertilidad de los suelos, la variabilidad climática y los costos de producción.

Actualmente la finca utiliza energía solar para el ordeño mecánico y el funcionamiento de la bomba estercolera destinada al fertirriego.

También aprovecha biogás para procesos de pasteurización y produce Biol para fertilizar cultivos de botón de oro y la huerta familiar.

A ello se suma la siembra de cerca de 3.000 árboles -entre otros guadua traída del Quindio hace 20 años- destinados a proporcionar sombra a los animales y mejorar las condiciones ambientales del predio.

Hoy, El Antojo mantiene sus puertas abiertas para estudiantes y productores interesados en conocer una experiencia que demuestra que la rentabilidad ganadera no siempre nace de grandes inversiones, sino de entender el entorno, aprovechar la información disponible y construir soluciones ajustadas a la realidad de cada finca.