La convivencia entre fauna silvestre y ganado se convirtió en un frente decisivo para frenar enfermedades transfronterizas que amenazan la producción, el comercio y la seguridad alimentaria, la prevención ya no es teórica, ocurre en cada bebedero y cada cerca.
La convivencia entre fauna silvestre y ganado se convirtió en un frente decisivo para frenar enfermedades transfronterizas que amenazan la producción, el comercio y la seguridad alimentaria. La prevención ya no es teórica: ocurre en cada bebedero y en cada cerca.
Al amanecer, antes de que el ganado se mueva, ya pasó algo decisivo por el predio. Huellas de animales silvestres cerca del agua, rastros que no figuran en los registros productivos, pero que hoy pesan tanto como una guía sanitaria. En ese cruce cotidiano entre lo silvestre y lo doméstico se juega buena parte del riesgo sanitario global. Allí circulan patógenos capaces de saltar especies y fronteras, como la peste porcina africana, la influenza aviar o la fiebre aftosa, enfermedades documentadas por la FAO y la Organización Mundial de Sanidad Animal (OMSA) como amenazas persistentes para la ganadería mundial.
La llamada interfaz fauna silvestre–ganado no es un concepto abstracto: son espacios concretos donde coinciden agua, alimento y refugio, variables que atraen tanto a animales domésticos como a especies silvestres. En estos escenarios influyen el clima, los sistemas productivos, el tipo de patógeno y la forma como se transmite, factores que se combinan y cambian con rapidez, creando rutas complejas de contagio difíciles de detectar cuando ya hay un brote en curso. (Lea en CONtexto ganadero: Las enfermedades animales que amenazan el comercio mundial de carne)
Por eso, la gestión del riesgo empieza antes de la emergencia. Mapear estas interfaces permite anticipar cómo podría propagarse una enfermedad y tomar decisiones ajustadas a cada explotación. La evidencia técnica recopilada por la OMSA señala que no existen recetas universales: lo que funciona en una región puede ser inviable en otra, de ahí la importancia de planes de acción específicos, construidos desde el terreno y no desde el escritorio.
Estas estrategias priorizan intervenciones concretas: mejoras en cercas, reubicación de bebederos y comederos, manejo de residuos y reducción de atractivos para la fauna silvestre. Cuando las limitaciones técnicas o legales impiden actuar, se plantean alternativas realistas que mantienen el objetivo sanitario sin generar impactos ambientales o sociales indeseados. También se establecen medidas generales de bioseguridad que elevan el estándar de toda la explotación y acciones dirigidas a zonas críticas claramente identificadas.
La bioseguridad, insisten los organismos internacionales, debe entenderse como una inversión. Prevenir resulta considerablemente menos costoso que enfrentar sacrificios sanitarios, pérdida de mercados y restricciones comerciales, una lección aprendida en brotes recientes documentados por la FAO.
Reducir el riesgo en la interacción entre fauna silvestre y ganado requiere decisiones sustentadas en información técnica comprobada. En ese contexto, las guías de la OMSA entregan criterios operativos para prevenir brotes, proteger la sanidad animal y resguardar la producción rural y el comercio agropecuario.
/)
/)