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Granjas lecheras de Estados Unidos se han reducido en los últimos 50 años

Foto: CONtexto

El cierre de granjas lecheras familiares en Estados Unidos refleja décadas de costos crecientes, precios estancados y una concentración industrial que expulsa a los pequeños productores.

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De 700 mil a 25 mil granjas: la historia que revela por qué las familias lecheras en EE. UU. están desapareciendo

por: Pedro Fonseca- 31 de Diciembre 1969

Estados Unidos produce hoy más leche que nunca, pero el número de granjas lecheras no ha parado de caer durante décadas, borrando del mapa un modelo de vida que definió al campo norteamericano durante generaciones. La historia de los Watson, la última familia lechera de Butter Ridge, devela una crisis estructural que las cifras del Gobierno confirman.

Estados Unidos produce hoy más leche que nunca, pero el número de granjas lecheras no ha parado de caer durante décadas, borrando del mapa un modelo de vida que definió al campo norteamericano durante generaciones. La historia de los Watson, la última familia lechera de Butter Ridge, devela una crisis estructural que las cifras del Gobierno confirman.


A pesar de que la producción de leche en Estados Unidos no para de crecer, las granjas que la producen llevan décadas desapareciendo a un ritmo que no da señales de frenarse.

Según el Departamento de Agricultura del país (USDA), el número de hatos lecheros con licencia cayó un 63% entre 2004 y 2024, pasando de 66.825 a apenas 24.811. Si se mira más atrás, el panorama es todavía más contundente: en los años setenta había cerca de 700.000 granjas lecheras en el país. Hoy quedan menos de 25.000.


Más leche, menos granjas: la paradoja


Lo que hace singular esta crisis es su aparente contradicción. La producción total de leche en EE.UU. creció un 32 % entre 2004 y 2024, alcanzando los 225.900 millones de libras anuales. La productividad por vaca también subió un 28 % en ese mismo período. Es decir, el país ordeña más que nunca, pero lo hace con menos granjas, más grandes, más tecnificadas y concentradas en pocas manos.

El USDA documenta cómo entre 2002 y 2022 el número de granjas con más de 1.000 vacas creció un 60%, mientras las pequeñas y medianas no dejaron de cerrar. Las grandes operaciones industriales adoptaron sistemas computarizados de ordeño y alimentación, ordeñan a sus vacas tres veces al día en lugar de dos y usan tecnologías de reproducción avanzadas. Su costo para producir 100 libras de leche es de apenas 19 dólares. El de una granja pequeña, más de 42 dólares por las mismas 100 libras.


Los Watson: el rostro detrás de la estadística


Brad Watson, de 41 años, representa esa estadística con nombre y apellido. Durante generaciones, su familia crió vacas Jersey en Butter Ridge, una finca de 326 acres en el norte de Pensilvania. Esta primavera, subastaron todo, como reveló una crónica de The New York Times.

Los números nunca cerraron. El precio de la leche llevaba décadas estancado, presionado por la sobreproducción y el dominio de grandes corporaciones sobre el mercado. Los costos de operar una finca familiar, en cambio, se habían multiplicado hasta un 500 %. Los aranceles de la administración Trump redujeron sus mercados de exportación. La guerra en Irán disparó el combustible y los fertilizantes un 70 %. Brad perdía varios cientos de dólares al día.

"Ganaría más recogiendo latas en la carretera. Ya no puedo más", le escribió a su padre la mañana en que encontró a una de sus mejores vacas muerta en el establo, estrangulada durante la noche.

Su padre Brian, que llevaba 45 años ordeñando, lo resumió con una resignación aprendida a golpes: "Toda la vida me dijeron que mejoraría. La verdad es que nunca mejora".


Viabilidad que nunca existió del todo


Los propios datos del USDA confirman que la rentabilidad en este sector ha sido siempre frágil. Entre 2000 y 2024, la granja lechera promedio en EE.UU. cubrió sus costos económicos totales, incluyendo mano de obra no remunerada y valor de la tierra, en apenas 4 de esos 25 años. No es que el negocio se haya roto: es que nunca estuvo del todo sano.

Lo que sí existió, y se está perdiendo, es algo que las hojas de cálculo no capturan: el tejido de comunidades rurales construido alrededor de esas granjas, la identidad de familias que midieron su historia en cosechas y partos de vacas, el paisaje vivo de un campo que ahora se convierte, finca por finca, en terreno de caza o tierra abandonada.

Cuando la subasta de Butter Ridge terminó y los camiones se alejaron con las vacas, el granero quedó vacío. Solo Boyd, el hijo de 14 años de Brad, seguía adentro, cuidando a Parachute, la única ternera que se salvó de la venta. Una pequeña excepción en medio de una tendencia que, por ahora, nadie parece poder detener.