Ante el Congreso recibió la banda presidencial en un coliseo de Cali; horas después, sin la presencia de Gustavo Petro, pronunció su primer discurso de gobierno frente a las Fuerzas Militares. Es la primera vez que una posesión presidencial ocurre fuera de Bogotá.
Abelardo de la Espriella recibió la banda presidencial ante el Congreso en la Arena USC de Cali, pero pronunció su primer discurso como jefe de Estado desde el Batallón Pichincha, mientras los invitados permanecían en el teatro.
Entre símbolos religiosos, poder civil y autoridad militar, la capital del Valle se convirtió por un día en el centro político y diplomático del país.
La Plaza de Bolívar amaneció vacía y sin ceremonia. Por primera vez en la historia republicana, un presidente tomó posesión fuera de Bogotá y ante un Congreso que, en lugar de esperarlo bajo las columnas del Capitolio Nacional, tuvo que trasladar sus curules hasta Cali.
Más que un cambio logístico, esta fue una declaración política del nuevo presidente.
Hubo antecedentes excepcionales, pero ninguno idéntico. Tomás Cipriano de Mosquera llegó al poder en 1861 como vencedor de una guerra civil, sin transmisión democrática. Laureano Gómez se posesionó en 1950 ante la Corte Suprema porque el Congreso estaba clausurado, pero lo hizo en Bogotá.
Abelardo de la Espriella es el primero de nuestros presidentes en sacar de la capital una investidura constitucional y obligar al establecimiento a mirar el país desde otra coordenada. El mapa del poder apareció invertido.
Ciudad búnker
Cali, una de las ciudades más golpeadas por la violencia urbana, el narcotráfico y la expansión de los grupos armados en el suroccidente, amaneció convertida en un búnker institucional.
Más de 11.000 integrantes de la Fuerza Pública fueron desplegados en la ciudad y sus alrededores. Hubo controles terrestres, vigilancia aérea, sistemas antidrones y anillos de seguridad extendidos hasta los corredores que comunican al Valle con el Cauca.
El espacio aéreo fue restringido para aeronaves no tripuladas y la red hospitalaria permaneció bajo alerta amarilla.
Días antes, las autoridades habían interceptado un bus cargado con más de 400 kilos de explosivos, presuntamente preparado por disidencias de las FARC para alterar la jornada.
La Alcaldía de Cali ofreció una recompensa de hasta 600 millones de pesos por información que permitiera anticipar atentados.
La paradoja era imposible de ignorar: la ciudad elegida para inaugurar un gobierno de derecha había respaldado mayoritariamente a Iván Cepeda. En Puerto Resistencia, epicentro del estallido social de 2021, estudiantes, sindicatos y organizaciones sociales protestaron contra el nuevo mandatario.
Mientras dentro de la Arena USC se hablaba de recuperar el orden, afuera comenzaba a organizarse la oposición.
La silla vacía
Entre las ausencias, ninguna pesó tanto como la de Gustavo Petro. El presidente saliente se negó a asistir, entregar personalmente el mando y estrechar la mano de su sucesor.
Durante semanas sostuvo, sin presentar pruebas concluyentes, que la victoria de De la Espriella había sido producto de un fraude. Su ausencia quebró una de las imágenes más poderosas de la tradición republicana: la del gobernante que reconoce el veredicto de las urnas.
No hubo fotografía de transición.
Petro dejó la Casa de Nariño, pero no abandonó la confrontación. Anunció oposición en las calles, mientras Iván Cepeda prometió encabezar una "resistencia organizada" desde el Congreso. La izquierda comenzó el nuevo periodo como la bancada más numerosa.
También hubo ausencias decididas desde el otro extremo. Juan Manuel Santos y Ernesto Samper quedaron fuera de la lista de invitados, mientras César Gaviria, Andrés Pastrana, Álvaro Uribe e Iván Duque sí fueron convocados.
Capital diplomática
Durante unas horas, Cali desplazó a Bogotá como centro de la diplomacia continental. El rey Felipe VI de España; los presidentes Javier Milei, José Antonio Kast, Daniel Noboa y Santiago Peña; el fiscal general interino de Estados Unidos, Todd Blanche, y el presidente de la FIFA, Gianni Infantino, estuvieron entre los asistentes.
Pero entre mandatarios y delegados también apareció don Luis Felipe Yagüé Cotazo, el vendedor de panela de Florencia que había perdido un cliente por confesar que votó por De la Espriella.
El presidente electo conoció su historia y lo invitó personalmente. Su presencia dejó una imagen elocuente: el ciudadano anónimo también tenía una silla en aquella ceremonia.
Fe y protocolo
La Arena USC no tenía las columnas blancas del Capitolio ni el cielo abierto de la Plaza de Bolívar. Tenía graderías, luces, alfombra roja y una tarima construida para convertir el relevo institucional en una ceremonia cargada de símbolos.
La cantante Maía interpretó el Himno Nacional. Abelardo de la Espriella prestó juramento ante el presidente del Congreso, Honorio Henríquez, y recibió la banda presidencial confeccionada por Luis Abel Delgado, el "sastre de los presidentes".
No hubo entrega de banda por parte de Petro. La República resolvió su ausencia mediante la continuidad de sus instituciones.
En su discurso, Henríquez recordó a Miguel Uribe Turbay. Al pronunciar su nombre, la Arena entera se puso de pie y respondió con un aplauso prolongado.
Después, las luces del recinto se apagaron y un único haz iluminó la imagen de la Virgen de Fátima. La política daba paso a la fe.
Representantes de la Iglesia católica, de comunidades cristianas evangélicas y el gran rabino David Michan unieron sus voces para orar por el nuevo Gobierno. El acto ecuménico, de casi 40 minutos, reafirmó la agenda de valores del presidente y abrió el debate sobre los límites del Estado laico.
Terminada la ceremonia religiosa, De la Espriella inició su discurso desde el Batallón Pichincha, mientras los invitados permanecían en la Arena USC.
Así terminó acercándose a su propósito inicial: recibió la banda ante el Congreso en un recinto civil, pero pronunció las primeras palabras de su Gobierno desde una guarnición militar. La Constitución quedó en la Arena; el mensaje de autoridad, en el batallón.
El primer discurso
En una intervención de cerca de dos horas, De la Espriella prometió ser "presidente de todos los colombianos", pero dejó claro que actuaría desde el primer día.
Anunció un Bloque de Defensa contra la extorsión y el homicidio, fijó un plazo para el sometimiento de los grupos armados y ratificó el cierre de 14 embajadas, el restablecimiento de relaciones con Israel y la ruptura con Cuba. Seguridad, austeridad estatal y reactivación económica quedaron trazadas como las primeras prioridades.
Cuando terminó de hablar, la división de escenarios había adquirido pleno sentido. En la Arena quedaron el Congreso, los invitados y el ceremonial republicano.
En el Batallón Pichincha, el presidente y su promesa de recuperar la autoridad. No logró posesionarse en una guarnición militar, como pretendía, pero convirtió el batallón en el lugar desde el cual comenzó políticamente su mandato.
Así terminó una jornada que tuvo de todo: una ciudad blindada, una silla vacía, mandatarios extranjeros, un vendedor de panela en primera fila, el recuerdo de Miguel Uribe, la Virgen de Fátima y un discurso pronunciado desde un cuartel.
De la Espriella no solo cambió el escenario de una posesión. Durante un día trasladó el centro de gravedad de la República al suroccidente y obligó al poder a mirar el país desde otra coordenada.
La banda quedó en la Arena. La voz del nuevo Gobierno salió del batallón. Y Colombia comenzó, entre la fe, la autoridad y la expectativa, una nueva
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