Colombia está de luto. En la tarde del sábado 10 de enero se confirmó la muerte de Yeison Jiménez, uno de los máximos exponentes de la música popular del país, quien perdió la vida en un accidente aéreo. La noticia, confirmada por la Gobernación de Boyacá , sacudió no solo al mundo artístico, sino también al sector rural, donde el cantautor había sembrado una huella profunda y silenciosa.
Más allá de los escenarios multitudinarios, los discos de oro y las letras que conectaron con millones de colombianos, Yeison Jiménez fue un hombre de campo. Nacido en Manzanares, Caldas, nunca renegó de sus orígenes ni de la vida rural que lo formó. Por el contrario, cuando el éxito tocó a su puerta, decidió volver a la tierra, invertir en ella y dignificarla. (Lea en CONtexto ganadero: Yeison Jiménez: Más allá de la fama musical, el compromiso con la ganadería sostenible)
Hijo de padres ganaderos, creció entre cafetales, animales y jornadas largas de trabajo. Esa infancia campesina marcó su visión del mundo. A los 24 años, cuando su nombre ya sonaba con fuerza en la música popular, tomó una decisión poco común en el espectáculo: destinó gran parte de sus ingresos a construir una ganadería lechera en su municipio natal. Con el tiempo, cerca del 50 % de sus inversiones estuvieron ligadas al sector agropecuario.
Su apuesta no fue improvisada. Estudió, viajó y aprendió de modelos productivos en países como Argentina, Brasil, México y Estados Unidos. De esa experiencia nació su convicción por una ganadería semi-regenerativa, autosostenible, con uso de energías limpias, sin químicos y con profundo respeto por el suelo, el agua y el bienestar animal. “Es muy distinto tener vacas a hacer una ganadería buena y sostenible”, decía con la misma claridad con la que cantaba verdades en sus canciones.
Los resultados hablaron por él: mejora de la fertilidad, aumento de la carga animal por hectárea, recuperación acelerada de los suelos y una baja tasa de mortalidad. Para Jiménez, esto era una “ganadería de oro”, donde ganaban todos: el medio ambiente, los animales, las familias rurales y el país.
Su sueño iba más allá de su propia finca. Trabajaba en un instructivo para compartir conocimiento con otros productores, convencido de que la información correcta podía transformar el campo colombiano. Su meta era clara: llegar a 5.000 vientres y consolidar una boutique de carne limpia, producida solo con agua, sal y pasto, como símbolo de una nueva forma de hacer ganadería.
Hoy, su partida deja un vacío inmenso. Se va el artista que llenó plazas y corazones, pero también el ganadero que creyó en el agro colombiano cuando muchos miran hacia otro lado. Su legado no solo suena en canciones: queda sembrado en la tierra, en los potreros que recuperó, en los productores que inspiró y en la idea firme de que el campo también puede ser sinónimo de futuro, innovación y dignidad.
A su familia, amigos, seguidores y a la Colombia rural que lo sintió como propio, quedan las condolencias más sinceras. Yeison Jiménez se despide, pero su voz —y su amor por el campo— seguirán vivos en cada acorde y en cada hectárea que ayudó a transformar.
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