En Pivijay, Magdalena, una finca familiar pasó de la ganadería tradicional a consolidar un proyecto bufalino que combina rentabilidad, bienestar animal y relevo generacional. Karina Pérez García, su propietaria, le contó a CONtexto ganadero cómo una apuesta que se dio, casi por casualidad, terminó convirtiéndose en una marca con proyección.
En Pivijay, Magdalena, la familia de Karina Pérez García encontró en los búfalos una forma distinta de mirar el campo. Lo que empezó hace ocho años como una recomendación cercana terminó transformando el rumbo de una empresa familiar que venía de la ganadería bovina y que hoy trabaja exclusivamente con producción bufalina. (Lea en CONtexto ganadero: El búfalo, la joya productiva que complementa y fortalece la ganadería en Colombia)
Es la historia de Bufalera La Esperanza que no nació de un plan perfecto ni de una gran apuesta calculada. Surgió de lo que se iban enterando por el voz a voz y la sugerencia de un amigo del padre de Karina y por una pregunta sencilla tras recibir varios búfalos de regalo: “¿y si este animal podía rendir más?”.
El tiempo les dio la respuesta. La familia, que suma alrededor de 16 años en la actividad ganadera, encontró en el búfalo una alternativa más rentable, dócil y fértil. Pero el verdadero cambio no estuvo solo en reemplazar una especie por otra, sino en comenzar a pensar la finca como una empresa.
“Fue una cuestión completamente fortuita, de voz a voz. Nos dijeron que tenía mejor rendimiento y, una vez lo tuvimos en la finca, nos dimos cuenta de que sí”, contó Karina Pérez García a CONtexto ganadero.
La Esperanza trabaja actualmente con tres líneas: venta de búfalas preñadas, venta de crías y producción de leche. Esa diversificación les permite sortear los momentos en que la producción láctea baja por la estacionalidad natural de la búfala.
Del negocio a vocación
Esta joven ganadera, de 35 años, estudió marketing y negocios internacionales. Sin embargo, el trabajo diario en La Esperanza le fue mostrando otro camino muy distinto. Hoy hace parte del negocio familiar y cursa primer semestre de medicina veterinaria, una decisión que nació de su cercanía con los animales y con la finca.
Pero su historia no desplaza la de su familia, la completa. En la bufalera, su padre, Giovanny Pérez, sigue al frente del proyecto, pero ella y sus hermanos participan en distintas tareas.
Su madre también hace parte de esa red familiar que aparece especialmente en eventos, visitas y actividades de promoción.
“Mi papá tiene una experiencia enorme y nosotros aprovechamos cada oportunidad para aprender de él, tanto en el manejo de los animales como en las decisiones del negocio”, explicó Karina.
Para ella, ese aprendizaje no es una sucesión apresurada, sino un relevo que se construye con presencia, trabajo y amor por la empresa.
La finca es empresa
Uno de los aprendizajes más importantes ha sido entender que el campo necesita organización.
Para Karina, la ganadería puede ser rural, familiar y emotiva, pero también debe manejarse con visión empresarial. (Lea en CONtexto ganadero: El búfalo toma fuerza en Colombia: cifras y razones del auge)
“Entender los números, planear las inversiones y saber hacia dónde va el negocio es tan importante como cuidar los animales”, afirmó.
Esa mirada se refleja en la infraestructura, el manejo de clientes, el mercadeo, la venta de ganado y las condiciones con las que comercializan la leche.
Su formación en marketing ha servido para fortalecer la marca. La familia entiende que, aunque el búfalo lleva años en Colombia, todavía muchas personas apenas lo están conociendo. Por eso, mostrar la finca también es dar a conocer la especie.
Bienestar animal y preparación.
En La Esperanza, el manejo diario se basa en protocolos. Cuentan con acompañamiento veterinario para vacunación, desparasitación y atención sanitaria. Además, aplican rotación de pasturas y están pendientes de cercas, corrales, bebederos, forraje y sombra.
El clima también obliga a planear. La finca cuenta con reservorio y un lago, y en verano se preparan con alimentos como heno y el manejo del agua disponible.
Para Karina, el confort animal no es un lujo, sino parte de la productividad. “Si al animal le tienes buen bebedero y buena sombra, se mantiene bien”, señaló.
Atreverse a empezar
La familia no comenzó con grandes números. Karina recordó que los primeros búfalos fueron muy pocos, incluso, producto de un regalo hecho a su padre. Por eso evita recomendar una cantidad fija para el que quiera iniciar.
Para ella, lo importante es definir una línea productiva, capacitarse, buscar buenos animales y entender las condiciones de cada finca. “Cada finca es un mundo”, sentenció.
Ocho años después, La Esperanza ha logrado construir una marca reconocida, realizar eventos con Asobufalos y abrir sus puertas para que otros productores conozcan el proceso.
Finalmente, el consejo de Karina refleja la experiencia que ha vivido junto a su familia: “atreverse a iniciar un negocio, buscar todo el conocimiento posible y tratarlo como una empresa”. Y agrega una frase que le da sentido al esfuerzo: “es mucho trabajo, pero también es gratificante, porque desde el campo hacemos patria”.



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