Vacunadores todoterreno, sin importar distancia ni lugar

Por: 
Sergio García
09 de Noviembre 2012
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Diego Ríos, vacunador de miles de bovinos en todo el territorio nacional
Diego Ríos, vacunador de miles de bovinos en todo el territorio nacional

Es domingo por la tarde en Barrancabermeja, el momento en que John Fredis Lobo, vacunador de ganado desde hace un año, se despide de su esposa y de sus dos hijos de tres años y de cuatro meses, a quienes no verá durante una semana. Abraza a su mujer y mira de reojo el morral en el que tiene la ropa que llevará para las jornadas que le esperan en diversas veredas de Santander, donde vacunará vacas, terneros, toros, novillos y búfalos.   
 
Así es cada domingo de John, a quien en el último día de la semana la nostalgia lo atropella, pues durante seis días tendrá que hablar por teléfono con su esposa y escuchar balbucear a su bebé, mientras lo imagina a la distancia.
 
Este veterinario, cuando está en los ciclos de vacunación de la Federación Colombiana de Ganaderos, Fedegán, se ausenta de su casa de lunes a sábado, fecha en la que regresa para pasar la tarde y la noche con su esposa y sus hijos. Al día siguiente, después del mediodía, el vacunador sale de nuevo a encontrarse con el ganado de diversas partes de Santander. De esa manera transcurre la vida de John, quien por un lado lamenta no ver a su familia y por otro lado hace realidad una de sus pasiones: ayudar a los animales.
 
Para John, este esfuerzo que se hace junto con Fedegán “vale la pena porque uno está contribuyendo a la formación de un mejor país. Estamos aportando un granito de arena para que nuestra ganadería sea mejor”, anota John.
 
Al igual que John, muchos vacunadores salen de gira dos veces al año a diversos sitios del país para aplicar la sustancia que mantiene sanos a millones de bovinos y búfalos en Colombia. Son hombres que se dedican a poner vacunas en regiones apartadas, a donde solo se llega después de caminatas de hasta cinco horas o de un viaje en caballo, y en las que es posible encontrarse con guerrilleros o grupos derivados del paramilitarismo, por lo que la vida siempre se pone en riesgo.
 
Grupos al margen de la ley, peligro latente
Los vacunadores, además de ausentarse de sus hogares por largas temporadas, deben ir a zonas del país donde es común ver a hombres que pertenecen a grupos armados al margen de la ley. La guerrilla y las bandas criminales son un peligro con el que deben convivir los veterinarios que se embarcan en la aventura de llegar a cualquier sitio en el que haya una vaca. 
 
Sobre los desafortunados encuentros con guerrilla y paramilitares, Diego Ríos, zootecnista que de 2000 a 2005 vacunó a miles de bovinos del país, cuenta que le tocó ir a sitios como la provincia García Rovira en Santander en donde la guerrilla era muy fuerte en esos años. Diego cuenta que muchas veces la guerrilla lo detuvo y le preguntó de donde venía. La respuesta del arriesgado zootecnista siempre era que iba a vacunar animales y mostraba sus medicinas y jeringas.   
 
“Daba mucho temor quedarse a dormir en fincas de esa zonas, porque uno pensaba que en cualquier momento podía haber un enfrentamiento”, cuenta Ríos con emoción, a quien en algunas oportunidades le tocó dormir en campamentos que se organizaban en colegios de veredas, en los que también descansaban los paramilitares.
 
“Uno de los buenos métodos para estar en el campo es callar lo que usted vea. Yo era sordo a lo que ellos hablaban y no comentaba nunca nada. Era como dice Shakira ciego, sordo y mudo”, anota con risa nerviosa Diego, que además comenta que una de las experiencias más duras que vivió fue pasar al lado de un cadáver. 
 
Hoy en día los encuentros de los vacunadores con hombres peligrosos son menos comunes, pero aún suceden. Sobre esas situaciones, John Fredis Lobo comenta que en las zonas a las que él va es común encontrarse con insurgentes, que ya los reconocen y no los molestan pues saben que son vacunadores.  Según relata John, él nunca ha tenido inconvenientes pues, “ellos conocen cuantos días nos demoramos y por donde nos metemos”.
 
Una travesía de doce horas
La jornada de un vacunador arranca a las 4 de la mañana. Desde El Carmen de Chucurí en Santander, el vacunador Nelson Zafra cuenta que se levanta a esa hora y que se reúne con sus compañeros sobre las 5 A.M. en un punto de la carretera, desde donde empiezan a caminar hacia las veredas en las que se encuentran las fincas con el ganado de la región. Con voz pausada, Nelson narra que los sitios a los que suele ir a vacunar quedan a unas cuatro o cinco horas desde el punto en el que inicia a caminar; sin embargo, cuando tiene suerte, logra conseguir un caballo para hacer su recorrido.
 
“Hay una vereda por acá que se llama ‘La Belleza’ pero que de belleza no tiene nada, queda como a cinco horas caminando y hay mucho barro y es subiendo”, relata Nelson.
 
El barro, las caídas, los golpes, el frío y el calor son el pan diario de este vacunador, quien cuenta que tan pronto llega a las fincas, después de horas de camino, se pone a vacunar a los animales. Y allí comienza otra aventura, pues hay ganaderos que no tienen a sus reses en corrales por lo que hay que atraparlas para vacunarlas.
 
Con humor, Nelson cuenta que cuando toca amarrar las vacas “en el instante en que uno coge la primera el resto se ‘torean’ y entonces hay que perseguirlas”. Este experimentado vacunador cuenta que incluso a veces toca hasta tumbarlas con lazos y palos, lo que se vuelve toda una ‘misión imposible’, pues hay fincas con cuatro o cinco vacas y se “vuelve verraco agarrarlas”.
 
“A veces las vacas lo ven a uno como un extraño y no lo aceptan, se ponen bravas y toca es salir a esconderse y decirle al ganadero que las coja”, cuenta Nelson.
 
Después de lograr agarrar a los fuertes animales, sigue la vacunación, que es un procedimiento que no dura más de cinco segundos. Nelson repite este proceso una y otra vez hasta las cuatro de la tarde cuando regresa a su pueblo, tras una jornada en la que, según dice, a veces no almuerza.
 
Todas estas travesías las viven unas 3.200 personas en el país que se encargan de vacunar al ganado colombiano. Para Nelson, Fedegán debe seguir llevando las vacunas, que tienen un costo de 1.000 pesos cada una, porque son “un gran beneficio que reciben los ganaderos, gracias a la federación”. 
 
Gusto por los animales y espíritu aventurero

Una de las características que tienen John, Diego y Nelson es que los tres vacunan porque les gustan los animales. Todos son hombres que no se ven así mismos en las ciudades y que nacieron curtidos por el campo. Diego sostiene que alguien que desee vacunar ganado debe ser ágil, despierto y tener ganas de recorrer potreros.
 
“Uno sabe si los muchachos tienen o no la actitud para ser vacunadores. Uno se da cuenta porque no se mueven o no tienen el gusto de trabajar con los animales”, relata con contundencia Diego.  
 
Estos tres hombres disfrutan de su trabajo, se divierten atrapando animales, durmiendo en fincas y caminando horas para aplicar una vacuna en cinco segundos.
 
“Yo quisiera tener el tiempo necesario para venirme al campo y vacunar. Hay que vivir la vida y gracias a mi oficio he podido conocer mucha gente y cientos de  lugares, y eso es lo más gratificante”, dice con orgullo Diego.
 
Por su parte, Nelson, dice con convencimiento que un vacunador debe estar convencido de su oficio y más que trabajar por un sueldo, debe pensar que se está prestando “un servicio al ganadero y a Colombia”.
 
Y es que el esfuerzo y el aporte de hombres como John, Diego y Nelson son importantes para la ganadería, pues son personas como ellos quienes han logrado que en Colombia una enfermedad como la fiebre aftosa esté erradicada. Son ellos quienes trabajan para mantener al país libre de esas enfermedes, aunque para ello deban hacer sacrificios como el de John, que cada ocho días da un beso en la frente a sus hijos y se sumerge en el campo.