La salida de una marca histórica vinculada al Grupo Gloria golpea a ganaderos productores de leche, trabajadores, transportadores y proveedores de insumos de la Sabana de Bogotá, donde el impacto pesa mucho más que en las cuentas nacionales. Aunque la decisión fue anunciada por la multinacional como estratégica, el episodio reabre la discusión de qué pasa cuando una actividad deja de ser atractiva para los inversionistas y la informalidad gana terreno.
La salida del grupo Gloria del mercado lácteo en el país, que representa el fin de las marcas Algarra y Lechesan y el cierre de la operación en la planta procesadora de Cogua, encendió una alarma en el sector lácteo colombiano.
Aunque en el volumen nacional de la cadena formal la participación del 1,5 % puede parecer limitada, para el sector en la Sabana de Bogotá el golpe es mucho mayor; ya que centenares de trabajadores quedaron por fuera, cerca de 200 ganaderos perdieron un comprador y el mercado formal recibió un mensaje inquietante en uno de sus momentos más frágiles.
Más allá de la decisión empresarial, lo ocurrido expone la debilidad estructural de una cadena que hoy genera menos confianza, menos rentabilidad y más espacio para la informalidad. (Lea en CONtexto ganadero: Ganaderos critican repentina medida de Lácteos Gloria de suspender acopio)
En el papel, la salida de un jugador puede lucir manejable, pero en el terreno, donde la leche se ordeña todos los días y no admite espera, la dimensión cambia. Ricardo Arenas Ovalle, médico veterinario, ganadero y funcionario coordinador de cadenas de Fedegán, explicó que “puede que se piense que no es mucha leche, pero para los productores que le proveían era el 100 % de su producción y las ventas representaban seguramente el 100 % de sus ingresos”.
Su opinión apunta a una realidad que suele perderse en las cifras agregadas, pues si se mira el volumen frente a los cerca de 7.600 millones de litros que produce el país, parecería un impacto menor, por ello insistió en apartarse de opiniones de quienes minimizan la situación intentando dar partes de tranquilidad innecesarios.
Sin embargo, los alrededor de 48 millones de litros anuales, o más de 130.000 litros diarios que recogía la operación, pesan mucho más en una zona como la Sabana de Bogotá y sobre todo, para el mercado formal que no llega al 50 % del total de la producción nacional.
Ahí está realmente el inconveniente, lo que para el país puede parecer un porcentaje pequeño, para los ganaderos vinculados era su principal, y en muchos casos única, fuente de ingresos. No se trata solo de litros que dejan de recogerse, sino de familias que se quedan sin comprador fijo y deben salir a buscar quién les reciba la leche.
Salida ordenada
Arenas señaló que, durante una conversación telefónica con la directora de comunicaciones y asuntos corporativos del grupo, desde Perú, y con su representante legal en Colombia, la empresa sostuvo que actuó de forma correcta.
Según su información, a los empleados se les negoció la salida, a varios productores se les ayudó a buscar nuevos compradores y a algunos se les cubrirá una o dos quincenas desde el 16 de marzo pasado, sin que se les recoja la leche.
“Todo eso es cierto, lo hicieron decentemente. Rápidamente sí, pero digamos eso sí, que fue de una manera decente”, señaló Arenas Ovalle.
Pero también advirtió que ese buen manejo no elimina el impacto, ya que “la decisión en sí misma sí nos afecta”, insistió. Y afecta en varios frentes a la vez: empleo, flujo de caja de los ganaderos, confianza del mercado, condiciones de negociación para quienes siguen entregando leche e incluso el avance de la informalidad en el sector. En un negocio que vive al día, sin margen para detener la recolección, cualquier cambio abrupto golpea de inmediato.
El problema, además, no termina en los proveedores directos, debido a que la salida de una planta tradicional como la de Cogua genera “mucho ruido” en los demás actores del mercado.
Los competidores reciben presión sobre su capacidad de acopio, los productores enfrentan mayor incertidumbre y el mensaje que queda es que ni siquiera una marca histórica encontró suficiente atractivo para continuar.
Más que cifras
No es una marca cualquiera. Algarra lleva más de 70 años en el país y, como recordó Arenas, fue una de las empresas pioneras en la pasteurización de la leche en Colombia, en una época en la que esa transformación era clave para combatir problemas sanitarios como la tuberculosis en los colombianos. Durante décadas fue insignia del mercado bogotano y un referente del consumo formal.
Por eso su salida tiene una carga simbólica que supera la dimensión comercial, ya que cuando desaparece una empresa con ese recorrido, lo que se resiente no es solo una operación industrial, sino la idea misma de estabilidad de la cadena.
Si una marca de tradición, con nombre reconocido, mercado propio y arraigo regional, deja el negocio, la señal para el resto del mercado es inevitable, la lechería formal ya no resulta suficientemente atractiva.
Con la salida del grupo, también se acaba la marca Lechesan, que era un referente de tradición similar para el mercado santandereano y de Bucaramanga en particular.
Arenas destacó que “pareciera que la cadena sigue siendo muy débil como cadena y muy poco interesante para inversión en todos los eslabones”. Esa frase probablemente contiene la tesis de fondo. No solo hay dificultad en la producción primaria; también la industrialización y la comercialización dan señales de agotamiento.
Por ello, el experto pidió al Gobierno nacional formular políticas de Estado para fortalecer la cadena y a todos los actores a sentarse del mismo lado de la mesa, con una visión integral en lugar de la suma de pequeños intereses particulares de cada eslabón.
Más espacio a la informalidad
Una de las mayores preocupaciones del sector no es únicamente la salida de un comprador, sino el efecto que esa noticia puede producir sobre la formación de precios y el avance del mercado informal. Cuando una empresa de este tamaño se retira, aparecen argumentos para pagar menos y por fuera del mercado formal y la normatividad, basados en esta salida como la desgravación total del TLC con EE. UU., la tasa de cambio, los costos laborales o la supuesta inviabilidad del negocio.
En ese ambiente, los intermediarios y cruderos ganan terreno. La incertidumbre empuja a algunos productores a aceptar peores condiciones, y eso debilita todavía más la cadena formal. (Lea en CONtexto ganadero: Sanción en firme: empresas deberán pagar $21.000 millones por adicionar lactosuero a la leche entera)
Para Arenas, el episodio no debe leerse como una catástrofe, pero sí como una advertencia que exige medidas. “No es un tema gravísimo, pero sí es una gran alarma y una alerta para que el sector se mire como cadena y con la importancia que merece”, afirmó.
Discusión
La empresa, según la versión entregada a Arenas Ovalle por Ana María Ospina, directora de comunicaciones y asuntos corporativos en Perú, presentó la decisión como estratégica y desligada de un problema macroeconómico o político en Colombia.
A su juicio, esa explicación puede ser válida desde el mundo corporativo. Sin embargo, en el sector queda otra pregunta: ¿por qué un negocio con historia, mercado y presencia regional dejó de ser suficientemente atractivo?
Arenas apuntó varias pistas: menor estímulo al consumo, poco espacio de los lácteos en programas públicos como el PAE, pérdida de dinamismo del mercado y una cadena que no logra fortalecerse de manera integral. La leche, insistió, debería ocupar un lugar más claro en la nutrición infantil y en la política pública, pues es fuente de proteínas, grasas, minerales y vitaminas de la mayor calidad.
El cierre de Algarra no anuncia un colapso nacional, pero sí deja claro que el sector ganadero no debería minimizar lo sucedido. En la Sabana de Bogotá, donde ese volumen tenía nombre propio, ruta y destino, la noticia no se mide solo en litros, sino que se mide en confianza perdida. Y cuando la confianza se rompe en la lechería formal, recuperarla cuesta mucho más que una quincena.
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