La travesía de un vacunador en 24 horas

Por: 
Elkin Arango Jaramillo
20 de Mayo 2013
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Ciclo e vacunación en Córdoba
Ángel Luna recorre caminos por los cuales el caballo apenas alcanza a asomar la cabeza y en los que es necesario abrirse paso con las manos. Foto: Fedegán
La actividad desarrollada por un vacunador es realmente titánica. Más aún cuando el área asignada es inundable, carece de infraestructura pecuaria y vías de acceso; como sucede en la zona baja de Ayapel, Córdoba.
 
Es una mañana de habitual, como todas las que hacen parte de los ciclos de vacunación. Vacunadores y ganaderos de la zona aseguran que desde que comenzó esta ambiciosa campaña, en el año 1.997; el invierno ha sido tenue, escasas lluvias han bañado la región y pequeños caudales de agua corren por los caños, donde es necesario levantar el motor de la canoa y continuar la travesía por extensos tramos con la ayuda de largas varas.
 
Ángel luna es vacunador de la zona baja de Ayapel, (región con un gran potencial hídrico, lo que irónicamente cada año se convierte en un dolor de cabeza para sus moradores cuando son atropellados por las crecientes de los ríos Cauca y San Jorge) este guerrero comienza sus labores a las 4:30 am con los primeros cantos de las aves, y cuando el sol todavía no emite sus primeros destellos de luz, este trabajador se prepara para un baño, luego tomar una taza de café y después salir hacia un potrero cercano en busca del caballo.
 
Luego de encontrar al animal en medio de una oscura madrugada, prepara su equipo de trabajo: agujas, jeringa, pistola (las cuales fueron desinfectadas el día anterior en las horas de la noche), tapabocas, guantes, gafas, cava plástica con vacuna y suficiente hielo para la jornada, equipo para desinfección de agujas (un tarro de leche para hervir el agua y uno más pequeño de salchichas perforado, donde introducirá las agujas), sacabocado, pinzas para soltar las agujas, calculadora, talonario de registros, un cuaderno, lapicero, todo alojado en doble bolsa plástica. Botas pantaneras y una camiseta de dotación, por si acaso un aguacero lo sorprende en el camino. Chaleco y una cachucha complementan el equipo de protección ante el sol o la lluvia.
 
Deficiente infraestructura pecuaria
La jornada de trabajo para un vacunador en zonas bajas (inundables y provistas de ciénagas e incontables caños) dista mucho de lo que sucede en zonas altas, que casi siempre están dotadas por lo menos de una aceptable infraestructura pecuaria. En la zona baja de Ayapel no existen corrales en el 90% de los predios y los existentes, en algunos casos, se limitan a un cerco de alambre y trozos de madera.
 
Mientras que en una finca con buenos corrales, un vacunador logra aplicar la dosis a entre 1.200 y 1.500 bovinos, en la zona baja de Ayapel, debido a las condiciones precarias de trabajo solo se logrará hacerlo en 80 o 100 animales o si las condiciones climáticas son favorables podría llegar a 150 animales vacunados en promedio al día.
 
Luego de desayunar, a eso de las 6 am, Ángel Luna (Vacunador de la vereda Cecilia) ultima detalles para comenzar su travesía diaria por humedales, pantanos y caños que en muchas ocasiones superan los 300 metros de longitud.
 
Caminos por los cuales el caballo apenas alcanza a asomar la cabeza y en los que es necesario abrirse paso con las manos, en medio de la espesa maleza. Soportar la ropa húmeda todo el día a lomo de caballo, es apenas uno de tantos inconvenientes a los que se suman las invasiones de mosquitos, sanguijuelas, hormigas bajo la ropa, la húmeda ropa, además del riesgo de una mordedura de serpiente o caimán que deambulan expectantes por el lugar.
 
Comienza la vacunación
Tras una hora y media de recorrido, Ángel llega a la finca donde ya está encerrado el ganado en el corral; una división de alambre que alberga, en este caso, 85 bovinos de todas las edades, entre mansos y bravos. El caballo de Luna (vacunador) es una animal que lo ha acompañado durante 10 años, equivalentes al mismo número de ciclos de vacunación, por lo tanto está entrenado para el oficio al igual que su propietario, porque para vacunar en estos corrales es necesario ser un buen jinete y la acción de vacunar por momentos se convierte en rejoneo, ya que la aplicación de la dosis se hace desde el lomo del caballo.
 
Una jornada de vacunación en este tipo de corrales se asemeja más a una fiesta en corraleja, donde se requieren; amarradores de a pie y a caballo, personal para apartar el ganado vacunado, un identificador del ganado vacunado (como el ganado esta revuelto, es necesario marcar con un trapo amarrado de una vara e impregnado de tinta o pintura al animal inmediatamente se vacuna y así evitar revacunaciones). El trabajo transcurre sin ningún tipo de incidentes, aunque la falta de infraestructura hace muy riesgosa esta labor tanto para operarios como para  animales. Allí son comunes las fracturas de animales al enlazarlos y forzarlos a caer, como también de vaqueros o el mismo vacunador, que son golpeados por los bovinos.
 
(Foto: Fedegán)
 
A la 1 pm se escucha el grito de una señora anunciando que el almuerzo está listo. Pero todos deciden que es mejor terminar toda la tarea, para no perder el ritmo de trabajo, además el vacunador tiene otra finca programada para las horas de la tarde y debe aprovechar el tiempo al máximo.
 
Regreso a casa
A las 7:30 am comenzó la jornada que termino a las 2:30 pm gracias a que estuvo acompañada de un muy buen día soleado, de lo contrario hubiese sido imposible lograrlo. Luego de almorzar, Ángel Luna procede a desinfectar los equipos, elaborar el registro de vacunación y recoger el valor de la vacuna, pero la jornada aún no termina.
 
Luna se dirige a una finca más pequeña donde los dueños lo esperaban con 17 animales para vacunar. Allí efectúa un procedimiento similar y termina su labor a las 6 pm, hora en que comenzó nuevamente el tedioso camino de regreso. La penumbra es su principal compañía, pero el caballo y la experiencia que tiene para desplazarse en esos terrenos, lo hacen llegar a casa sin novedad, casi a las 8:00pm.
 
Desensilla el caballo, desinfecta agujas y jeringas, lava la cava, las botas, come y a las 9:30 pm toma una ducha para descasar e ir a dormir a las 10:00 pm pensando en la dura jornada que lo espera tan sólo seis horas y media más tarde.
 
En casa, dos niños pequeños (4 y 8 años) lo esperan todo el día, el sueño los vence y de nuevo es imposible tener un contacto con su padre. Son 90 días al año (45 dura cada ciclo) en los que poco lo ven, pero saben que al terminar cada ciclo, habrá mucho tiempo para compartir juntos y que el sacrificio se verá compensado con algunos regalos que muy seguramente llegarán.
 
A las 8:00 pm se escuchó desde el terraplén que bordea el caño (El Totumo) el grito de saludo de Nilson Ávila, otro vacunador de la zona que regresaba de su jornada de vacunación y aún le faltaban unos cuantos kilómetros para llegar a casa. Este es apenas un ejemplo que corrobora la extenuante labor de quienes saben a qué horas salen de su hogar, pero no a qué horas regresan.